Gabriel el Pescaíto y la piraña

El pequeño Gabriel Cruz murió asfixiado el mismo día de su desaparición. Una piraña humana le arrebató la vida quién sabe si por celos. Con esta noticia toda España hemos llorado y, los que somos padres, nos hemos puesto en la piel de sus progenitores y hemos experimentado rabia, desesperación, dolor y llanto por la desgracia de esta encantadora familia.

Gabriel, dicen sus padres, era un niño bueno, prudente, amable y precavido. Su asesina, dice ella, lo golpeó con la parte roma de un hacha porque discutieron, antes de estrangularlo y enterrarlo al lado de un aljibe. La infancia siempre es inocente. El pequeño Gabriel cometió un error que le costó la vida: ser sincero y reiterar que Ana Julia Quezada, la pareja de su padre, no le gustaba ni un poco. ¿Y cómo iba a gustarle, viendo lo que ha sido capaz de hacerle?

A muchos se les ha llenado la boca hablando de presunción de inocencia —la asesina acaba de confesar hace unas horas— y de respeto a todo el mundo, criminales incluidos. Si bien es cierto que cualquier investigación policial requiere un celo y un cuidado escrupulosísimos, cuesta obviar que la detenida llevaba el cadáver del pequeño en su vehículo y, cuando fue detenida, acababa de recogerlo del lugar en el que estaba enterrado, mientras toda España lo buscábamos… y ella fingía hacer lo mismo.

Así que, blanco —no sé si debo decir blanco, no vayan a acusarme de xenófobo— y en botella, leche. O a lo sumo horchata. Pero en ningún caso café, chocolate ni cubata. Es verdad que en situaciones tan emocionales como esta, el odio se desata y se gritan a menudo impertinencias. Son reacciones intestinas —como los intentos de agresión a la imputada protagonizados por vecinos— injustificables, pero comprensibles. Es necesario controlarlas. Y así se ha hecho.

Ahora bien, los papanatas y los meapanfletos de siempre no han tardado en escupir su moralinas, advertencias y proclamas asegurando que estas reacciones soliviantadas contra la asesina confesa (entonces, presunta) eran fruto de prejuicios: el odio al inmigrante, el machismo y la xenofobia. Vamos, que si en vez de ser mujer, negra —iba a escribir de piel oscura, pero ya estoy harto de eufemismos bienqueda— e inmigrante, el detenido hubiera sido hombre, ario y nacional, los congregados poco menos que lo hubieran jaleado, orgullosos por haber matado al chico. ¿Tan difícil de entender resulta que el Pescaíto se había convertido en el niñito de todos, y que los infanticidas producen rechazo, desprecio y tirria por sus actos, no por sus características de género, raza o nacionalidad? En fin, allá cada uno con sus cadaunadas.

Un estado de Derecho

Confío plenamente en la profesionalidad de nuestros cuerpos de seguridad y en el estado de Derecho en que vivimos. Conozco bien, por una experiencia personal vivida en mi juventud y que ficcioné en mi primera novela: El horizonte desde el malecón, cómo se las gastan los policías, los jueces y los funcionarios del país de origen de esta tipa. Viví la corrupción, la inseguridad y la deshonestidad que, hace no tanto, torpedeaban la Justicia en la República Dominicana. Y aprendí cómo son los calabozos policiales de esa tierra.

Desde luego, me gustaría que una vez constatada su culpabilidad y las circunstancias de este crimen execrable, la susodicha elementa cumpliera su condena allí, cerquita de los suyos. Porque es infinitamente mejor ser inmigrante en una cárcel española que nativa en cualquier cárcel dominicana.

Esto es España. Aquí los derechos de los ciudadanos se respetan siempre. Incluso los de aquellos que no se lo merecen.

Una familia en nuestros corazones

Gabriel, cariño, descansa en paz. Ayuda a tus padres desde arriba. Acompáñalos con tu recuerdo, con tu ejemplo, con tu presencia inolvidable. Vosotros, sus papás, Patricia y Ángel, habéis mostrado una calidad humana incuestionable. Por eso, y por las lamentables circunstancias que os han hecho vivir, solo podemos desearos ánimo, serenidad y determinación para afrontar vuestro camino.

La vida no es justa para casi nadie. Y a veces es tan cruel como Ana Julia. Pero tenemos que vivirla, por nosotros mismos y por el recuerdo de aquellos que nos quieren y nos han querido.

Vuestro Pescaíto, nuestro Pescaíto, está en el cielo. Nadando en ese mar de inmensidad, de inocencia y de cariño que nuestra memoria colectiva no debería olvidar. Todos necesitamos agallas en algunos trances de la vida. Vosotros, familia Cruz Ramírez, estáis siendo un ejemplo. Y vuestro pequeño, una verdadera inspiración.

Y aunque, por desgracia, este dolor desgarrador solo podéis vencerlo solos, estamos con vosotros.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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