Se despertó la fiera

Al principio, la mansedumbre del león les había sorprendido a todos. Pero con el pasar de las fechas, poco a poco el resto de los animales habían ido perdiéndole el respeto. Las hienas, las primeras, no dudaban en arrebatarle los trozos de comida que él ni siquiera miraba. Después, otros felinos se animaron a seguir su ejemplo y los engullían antes incluso de que se hubieran convertido en la carroña que las de la risa floja degustaban. Progresivamente, todos empezaron a habituarse al descalabro de su rey, a su languidez, su apatía y su abandono, hasta el punto de que solo los más sabios continuaron recordando que lo era.

Los monos se subían a su lomo y le arrancaban pelos largos de su frondosa melena, que con el tiempo se convirtió en rala e insignificante como su raquítica silueta, antaño aterradora e imponente. Ahora apenas conseguía moverse, preso en su letargo, con la expresión hundida y la mirada ausente. Algunos pájaros se atrevían a imitar su, en otra época, impresionante rugido. Los más cachondos se burlaban de él y lo ridiculizaban, mientras las cebras, las jirafas, las gacelas y los antílopes que antes corrían aterrorizados en cuanto el crujido de unas ramas insinuaba su presencia, se reían a carcajada abierta frente a los bigotes mismos del león, que los miraba con vergüenza y apatía, sin arrestos, pero con esa memoria inquebrantable y justiciera de los que han estado arriba y saben que, más tarde o más temprano, terminarán volviendo a estarlo.

Sin embargo, las fuerzas no le daban para ponerse en pie y perseguirlos, al menos de momento.

Los buitres, en el cielo, volaban en círculos sobre su cuerpo yaciente, seguros de que llegaría el día en el que aquella carne escuálida sería su manjar, jadeando y salivando al mismo tiempo mientras difundían el mensaje falso de que aquel pobre león ya estaba muerto, solo era cuestión de tiempo que dejara de existir en esa selva.

Mientras el felino soportaba su agonía, nunca dejó de oír el aliento y el respaldo de sus incondicionales. Aquellos con los que compartía sangre, historia y emociones, desde la distancia, lo alentaban y animaban dejándose el alma, pero cada vez los sentía un poquitín más lejos e iban quedando menos, porque, igual que él, estaban padeciendo sus particulares via crucis y cada uno lo afrontaba como bien podía. Si bien aquella era, junto a su estirpe, su legado y los éxitos pasados, la auténtica fuerza de esa fiera.

─ ♪♪♪♫♫♫ Oh, mama, mama, mama. Oh, mama mama, mama, sé por qué me late el corazón. He visto al…

Oía entre las pesadillas y angustias que vivía. Y en aquellos momentos de máxima debilidad en los que se sentía tentado a arrojar definitivamente la toalla para dejarse llevar hacia esa desaparición que, al menos, dejaría de martirizarlo, los ecos de los suyos se imponían sobre cualquier otro sonido y los sentía en su corazón con más fuerza que nunca:

─ ♪♪♪♫♫♫ ¡Zaragoza nunca se rinde! ♪♪♪♫♫♫

─ ♪♪♪♫♫♫ ¡Alé, Zaragoza, alé, aléeeee! ♪♪♪♫♫♫

─ ♪♪♪♫♫♫ ¡A ganar, a ganar, el Zaragoza va a ganaaaaar! ♪♪♪♫♫♫

Cierto día, un búho blanquillo viejo y sensato se aproximó a aquel león deprimido y le planteó un proyecto. Lo animó a empezar a comer caldos, a levantarse y a dar paseos, cortos al principio, para ponerse en forma con idéntica paciencia que criterio. Lo convenció. Lo alentó. Lo jadeó. Le contó que esos cánticos y apoyos que sentía eran reales, que personificaba un escudo único y que nunca lo dejarían solo, pero que empezar el cambio dependía exclusivamente de él. Tenía que ser fuerte, constante, sobreponerse a la miseria y volver a ser quién era.

Y así trató de hacerlo. Se levantó… y volvió a caerse. Una vez tras otra, mientras los animales que antes se mofaban, se aprovechaban o alentaban su desgracia reaccionaron de maneras diferentes. Los más prudentes y los menos olvidadizos se alejaron de inmediato de la fiera. Otros continuaron a su lado como si nada ocurriera, poniéndole las cosas más difíciles, burlándose y metiendo sus garras en las llagas del herido siempre que podían. En varias ocasiones, el león se levantó y alguno se llevó un susto de muerte. Pero aún no estaba bien, y aunque los perseguía nunca conseguía darles alcance.

Paulatinamente, sin embargo, sus patas se fortalecieron, sus colmillos se afilaron, su torso se endureció, su melena incrementó enormemente su volumen y su corazón se hizo más grande y blanquiazul que nunca.

Al fin se despertó del todo.

Aquel día se elevó sobre su imponente imagen y rugió de un modo que los dejó a todos aterrados. El león zaragocista había vuelto. Decidido. Incomparable. Victorioso. Sus enemigos ya no se atrevían a rondarlo, lo esquivaban, lo temían, lo evitaban. Los buitres fueron los primeros en marcharse, buscando otro cadáver.

Y su afición también rugió, en una comunión perfecta que atemorizó todavía más a los que hasta entonces los habían dado por muertos:

─ ♪♪♪♫♫♫ ¡Zaragoza nunca se rinde! ♪♪♪♫♫♫

─ ♪♪♪♫♫♫ ¡He visto al Zaragoza, oh, mamá, enamorado estoy! ♪♪♪♫♫♫

─ ♪♪♪♫♫♫ ¡…azul y blanco es el color del campeón! ♪♪♪♫♫♫

Revitalizado por aquellos vítores y estímulos de antaño, de hoy y de siempre, se lanzó a correr con inusitada energía detrás del objetivo.

La fiera había vuelta.

Sus presas echaron a correr despavoridas.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 174, 11.3.18

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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