Ni jóvenes ni viejos

Que los conflictos generacionales son frecuentes y radican en las diferentes maneras de entender el mundo, los valores y las experiencias que han vivido, es evidente.

Que se trata de un fenómeno cíclico de desencuentros que se da en todas las épocas, modificando sus protagonistas, también. Porque los viejos tienen experiencia, sabiduría, conocimientos y serenidad, pero también manías, complejos, inmovilismos y frenos de mano echados. Y, los jóvenes, ganas de cambiar el mundo, savia nueva, ideas frescas y descaro, aunque también lagunas, inexperiencia, precipitación, soberbia y un punto de autismo colectivo. Están todavía verdes —que te quiero verde, que cantaba Manzanita—, mientras los ancianos han dejado ya de estar maduros.

Desencuentro en el centro deportivo

Hace unos días, en el vestuario del pabellón deportivo de Stadium Casablanca, mientras me preparaba para una de mis sesiones semanales de natación, presencié uno de estos desencuentros generacionales de tipo doméstico, aunque significativo como fiel reflejo de la realidad.

Una horda de universitarios —creo que estudiantes del INEF— se estaban cambiando en las taquillas próximas, hablando, vociferando, relacionándose con muchos más decibelios de los necesarios entre carcajadas, exabruptos y algún que otro portazo metálico en las taquillas. A mi lado, un septuagenario al que conozco hace años se cambiaba en silencio para acudir al gimnasio. Los jóvenes molestaban, no voy a negarlo; yo los soportaba con resignación y comprensión, bien humorado. Mi compañero de banco, sin embargo, no pudo hacer lo mismo: reaccionó colérico y echó pestes sobre “esta juventud que no respeta nada ni cree en nada. Maleducada, gamberra, impertinente, egoísta y falta de valores”, fueron sus palabras. Me tocó a mí recibir su soliloquio, exaltado y protestón, descarnado, y a él desenfadarse a continuación —espero— en la elíptica o en la bicicleta estática tras un rato de ejercitación.

Yo terminé de cambiarme sumido en la inacción, reflexionando, entre los jóvenes dando gritos molestos como si fueran los protagonistas de un videoclip descontrolado de raperos y el jubilado masticando en voz alta su mala leche por lo que estaba ocurriendo.

Me sentí totalmente alejado de ambas posiciones. Soy un hombre maduro —cuarenta y siete tacos—, parece lógico que no piense como ellos. Pero lo cierto es que no supe qué hacer con unos ni con otro.

Y, en cierto modo, creo que este es uno de los principales problemas sociales al que nos enfrentamos actualmente: ¿qué hacemos con los jóvenes… y qué hacemos con los viejos? Aparte de soportar sus quejas y berridos, debemos aportarles soluciones. Porque unos son el porvenir y los otros el presente, ya que nuestra sociedad se ha envejecido y cada vez son más y más determinantes en ella.

La verdad es que no tengo nada claro, realmente, que estemos actuando bien con ninguna de las dos generaciones.

Y así nos está yendo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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