La llamaban Raquelotas

Siempre llevaba una pelota bajo el brazo. Cuando salía a la plaza, los chicos que no la conocían la miraban primero con expresión incrédula, pero enseguida accedían a jugar con ella ─con aquel balón de cuero tan chulo del que no se separaba─ y montaban un partidillo improvisado en el que la chavala, de inmediato, se convertía en la protagonista. Raquel tenía once años y constitución robusta. Poseía piernas recias, media estatura y muchísimo carácter, tanto que no rehuía los contactos con sus adversarios, ni siquiera cuando alguno de los brutos le atizaba un empentón que la mandaba al piso, con el consiguiente ─y enésimo─ escorchón de grava. Después, mientras la curaba, su abuela volvía a reprocharle que siempre jugara con los chicos:

─El fútbol es cosa de hombres, como el Soberano ─le decía su yaya mientras, con delicadeza, aplicaba el agua oxigenada en carne viva y le soplaba para paliar el escozor.

Lo peor venía cuando llegaban sus padres. Al enterarse, mamá se enfadaba con papá y le decía que de él era la culpa, por haberla llevado a los partidos desde tan pequeña y por haberle regalado aquel balón tan caro, réplica del que utilizaban los profesionales, del que ella no se separaba.

─La llaman Raquelotas ─le dijo pensando que su hija no podía oírlos, pero siempre lo hacía, escondida en el rellano, al lado de la puerta, haciendo oreja porque sabía que la discusión era por ella─. Es un chicazo y no va a dejar de serlo nunca. ¿Has visto qué piernas lleva? Tú tienes la culpa. Tú y tu obsesión por el maldito fútbol. ¿No podíamos haberla apuntado a gimnasia rítmica, a patinaje o a cualquier otro deporte femenino? No, tenía que darle patadas a un balón contigo. Pues mira ahora en qué la has convertido.

Su padre se mantenía en silencio, apechugando con la bronca y deseando que acabara para poder abrazar a su pequeña una vez más. La dulce Raquel. La dura Raquel. La pionera Raquel. Porque en los setenta, el fútbol femenino no se concebía, mucho menos en aquel pueblo monegrino, tan pequeño, en el que veraneaban en la casa familiar.

 

Casi cuarenta años después, en las instalaciones deportivas de ese mismo pueblo y con motivo de las fiestas patronales, el Ayuntamiento ha organizado el tradicional partido de solteros contra casados, que este año cuenta con más público que nunca. El concejal de deportes, un viudo patizambo con más voluntad que formación, ha sido el elegido ─con evidente socarronería─ para arbitrar el encuentro. Junto a él se encuentra ella, la persona más célebre que el pequeño municipio ha dado nunca. Es una mujer guapa, atlética, con el pelo largo recogido en una cola, las piernas ágiles y un pie izquierdo que ya lo quisieran para sí el noventa por ciento de los futbolistas de regional del entorno. Tiene veinte años y lleva colgada sobre el pecho la medalla de oro del último mundial femenino en el que participó con la selección española, en el cual se proclamó pichichi y campeona del mundo. El pueblo la ovaciona, entusiasmado, cuando hace el saque de honor y tiene los arrestos de clavarla en parábola, por la escuadra, en la portería situada junto al bar.

 

─¡¡¡Raquelotas, marimacho!!! ¡¡¡Que siempre vas con las pelotas en la mano!!!

La muchacha estaba acostumbrada a aquellos improperios. No se puede decir que no la lastimaran, pero la experiencia le había enseñado a impermeabilizar sus emociones para poder seguir jugando al fútbol. Y había descubierto que los retos balompédicos eran su mejor arma para cerrar bocas:

─Jugamos un tres para tres y os damos dos goles de ventaja. ─Reaccionó─. Si os ganamos, me pides perdón y acudes esta noche al baile con uno de mis vestidos puesto.

─De qué vas, Raquelotas…

─Vale, chaval, si no te atreves…

─No necesitamos la ventaja para ponerte en tu sitio. Pero si perdéis, me das un beso en la boca…

Y así fue como aquel adolescente, forastero y fanfarrón, hizo el ridículo más humillante de su vida. No porque acudiera al baile vestido de princesa, que no consintió en ello. Sino porque, años después, cuando Raquel accedió a darle el beso que él le demandaba en el sofá de una peña, le recordó su deuda y fue su condición ineludible para concedérselo.

Se casaron al cumplir los veinticuatro. Y tuvieron una única hija.

 

En la grada, emocionada por la ovación que Bárbara había recibido, Raquel se sintió la mujer más satisfecha del mundo. También ella aplaudía, lo mismo que su esposo. Se había convertido en una fémina elegante, atractiva y admirada, que lo mismo se ponía un chándal deportivo con una sudadera para salir a correr que un vestido boho chic con sandalias y las uñas de los pies esmaltadas. Ya nadie la llamaba Raquelotas. Era consejera de Igualdad en la capital y madre de una campeona.

Cuando acabó el cómico partido, acudió con su familia al bar de la plaza y observó, desde la barra, cómo la chiquillería jugaba divertidamente al fútbol sin distinciones de género. Su hija sonreía a su costado, tomándose un Aquarius. Y, junto a ella, el abuelo. El hombre al que aquella campeona debía la pasión por el balompié que mamá le había transmitido.

─Tu madre se pasaba el día en esa plaza ─le explicó el yayo a Bárbara, cogiéndola del talle─. Siempre jugando al fútbol con los chicos. A tu abuela, que en paz descanse, la ponía mala…

─Me llamaban Raquelotas ─los interrumpió la referida, antes de acabarse el carajillo de coñac (no tenían Soberano) de un solo trago.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 173, 25.2.18

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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