El fútbol como necesidad

Andaba profundamente preocupado. Había perdido el puesto de titular y el entrenador acababa de pegarle la chapa diciéndole que no estaba ofreciendo todo lo que el equipo precisaba, que se sentía decepcionado con su manera de jugar y que, de no cambiar mucho las cosas, iba a empezar a quedarse fuera de las convocatorias.

Mientras su mente repasaba una y otra vez aquella desagradable conversación con el tipo del que dependía su sustento, el agua casi hirviendo recorría su piel y el vaho le cegaba la mirada. Soltó un exabrupto de frustración al comprobar que el gel se le había terminado y, mohíno como estaba, prefirió aclararse ya en vez de pedir un poco de jabón prestado. Terminó antes de lo acostumbrado. Y todavía con la sensación de tener caucho y sudor acumulados en cada pliegue de su cuerpo, se enrolló la toalla a la cintura y arrastró sus chanclas en dirección a la bancada, donde los pocos futbolistas que quedaban se abrochaban las chaquetas o se ataban el calzado a punto de salir.

No quería hablar. Avanzó con la mirada baja, con expresión autista. Miró de refilón al pipiolo de veinte años que le estaba quitando el puesto, un hijo de papá con todos los gastos pagados que estudiaba ADE y jugaba al fútbol por 400 euros mensuales que se gastaba en caprichos, fiestas y aplicaciones de última generación. Siempre tenía la misma y detestable sonrisa. Tan despreocupada e inocente.

La tercera división aragonesa es una auténtica jungla habitada por todo tipo de especies de la fauna futbolística: cracks venidos a menos, profesionales veteranos, tipos crónicamente frustrados, críos de pecho con aspiraciones no siempre alcanzables, mercenarios del balón y unos cuantos tipos nada deseables que trapichean ─o algo más─ con las drogas, las apuestas o el bebercio. Alberto llevaba años compitiendo en ella, rubricando contratos por objetivos y esforzándose al máximo entrenamiento tras entrenamiento, partido tras partido, para llevarse un buen sueldo complementario a casa. Se había acostumbrado a incorporar cláusulas por rendimiento que cuantificaban económicamente sus goles, sus asistencias y los minutos jugados, cosa que le había ido muy bien hasta la fecha. Tenía 34 años y, desde luego, su forma física ya no era la de antaño, pero había ganado en experiencia y sabía que podía seguir siendo útil a cualquier equipo de la categoría… a pesar de todo. Y ese todo incluía ahora unas circunstancias personales ciertamente complicadas.

─Es como si tuvieras la cabeza en otro sitio ─le había dicho el míster al pie del terreno de juego, el hijoputa, creyéndose una especie de dios omniconsciente capaz de percibirlo todo y siendo, en realidad, otro pelagatos como él, con una vida miserable, ridícula y vacía que solo conseguía llenar alineando futbolistas en equipos prescindibles─. Si has perdido la ilusión, solo tienes dos opciones: recuperarla o dejar el fútbol. Tú sabrás lo que prefieres.

Mientras se lo enfundaba, apreció que las abrasiones de la entrepierna de su pantalón vaquero clareaban en exceso, anunciando una inminente rotura que le obligaría a comprarse otro, quizá en una metáfora de lo que era su vida. Para colmo, el capitán había comunicado a la plantilla que la directiva tenía problemas con el patrocinador principal y que, quién sabe, tal vez volvieran a sufrir retrasos en el cobro de las próximas nóminas.

─Hasta luego, Alberto ─se despidió el volante izquierdo, un tipo de la comarca que trabajaba en el taller mecánico de su tío y que esnifaba farlopa cuando salía de fiesta, siempre controlando, aseguraba, hasta que un problema inesperado en su existencia convirtiera aquel coqueteo en una dependencia destructiva que arruinaría su vida.

─Que vaya bien, chaval ─le contestó cortés y cariñoso Alberto, porque a pesar de ello le caía bien el chico.

Solo en el vestuario, con la tenue luz y el silencio como compañía, interrumpido apenas por el trajinar del utillero, que siempre era el último en marcharse ─pues era también el encargado de cerrar y abrir el campo cada día─, deslizó sus dedos hacia la cartera alojada en el bolsillo interior de su bolsa deportiva. Contempló con pesadumbre la foto de su hijo, de cinco años, y mientras un nudo asfixiante le bloqueaba la garganta, deseó con todas sus fuerzas despertarse de aquella pesadilla en la que, en tan solo algunos meses, se había convertido su existencia. Cerró los ojos y fantaseó con que después del entreno, como antaño, regresaba a casa, donde le esperaba su familia. Antes de cenar revisaba los deberes de su hijo y, después, le contaba un cuento en su habitación hasta que se dormía. A continuación se abrazaba a su mujer en el sofá, acaramelados, y a veces hacían el amor hasta la madrugada. No le importaba, por aquel entonces, tener tanto sueño cuando el despertador sonaba a la hora programada para ir a trabajar.

Abrió otra vez los ojos y se encontró de bruces con la realidad: llevaba demasiado tiempo sin trabajo, tanto que el paro se le había terminado. Así que no solo tenía que malvivir con el salario de tercera división que tenía firmado, sino que además sus goles y sus asistencias, inalcanzables desde el banquillo o la grada, ya no contribuían a incrementar generosamente su caché. Y como su mujer había interpretado a su manera lo de contigo pan y cebolla, y le había plantado la maleta en la puerta de su domicilio cuando las cosas terminaron de torcerse, tenía que pasarle una pensión alimenticia para ese chiquitín al que tanto amaba y al que veía ahora solamente algunos fines de semana, en casa de sus padres, a la que se había visto obligado a regresar para dormir a cubierto.

Así que cuando salió del vestuario y el utillero le dirigió esa sonrisa desigual, salpicada de caries y portillos, precediendo a otra de sus frases lapidarias: «Ánimo, Alberto, que tú has sido el mejor. No desesperes», el futbolista tuvo claro que su entrenador no estaba equivocado. ¿Cómo no iba a haber perdido la ilusión por el fútbol? Pero lo necesitaba. Si no conseguía recuperar el puesto pronto, marcar goles, dar asistencias y cobrar suculentos premios por ellos cada principio de mes, no sabía qué sería de su vida.

Necesitaba el fútbol más que nunca. Por desgracia.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 172, 11.2.18

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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