Tragedia en el estadio

El alcalde de Zaragolfa apareció ante los medios con aire demacrado. Su onda chuletona tradicionalmente engominada lucía una aureola asilvestrada, ingobernable: el viento del desastre le había impedido atusarla como de costumbre. Junto a él, el amaneramiento crónico de su concejal de cultura tenía en esta ocasión un matiz de inhabitual vulnerabilidad, completamente alejado del goce mediático que siempre había mostrado en similares ocasiones.

El del flequillo canoso anunció la muerte de un aficionado, llamado Delfín Fausto, y la existencia de treinta y cinco heridos, seis de ellos graves. El finado era un varón de cuarenta y dos años, padre de dos hijos, uno de los cuales también había resultado herido y permanecía hospitalizado. Había acudido a ver el partido como cualquier otro domingo del año, tan conocedor como cualquiera de lo vetusto del estadio municipal de La Gomagueda, pero incapaz de sospechar la crueldad del destino que le aguardaba en aquel partido.

Como de costumbre, ocupó su infausto asiento después de frotar con papel higiénico un excremento seco de ave que llevaba allí, poco más o menos, desde que su club le metió seis al Real Mandril en una eliminatoria de copa. Tras dejarse las yemas de los dedos frotando para intentar limpiarla por completo, asentó sus posaderas y le ofreció a su hijo una bolsa de Chaskis: el niño todavía era pequeño, tenía siete años, y se aburría en los preliminares, hasta que el árbitro señalaba el comienzo del partido y la emoción zaragolfista de su progenitor lo contagiaba.

El partido comenzó muy bien. En el minuto tres, el killer local enganchó una volea en el pico del área pequeña y alojó el esférico en las redes, haciendo inútil la estirada del portero visitante que, para más inri, se golpeó el hombro contra el palo en su intento de evitar el primer tanto. Los cánticos de júbilo inundaron el estadio, alentados por el juego de toque con el que los futbolistas del Real Zaragolfa desarbolaban a sus rivales. Se sucedieron sendas claras ocasiones antes de que el medio centro canterano recibiera el balón en la frontal del área y lanzara un chut maravilloso hacia la escuadra que rompió sus telarañas y supuso el segundo gol de los locales. Los aficionados, incluidos Delfín y su hijo, se levantaron para celebrar el dos a cero y, a continuación, entonaron nuevos cánticos para alentar a los suyos. Desde el Ligallo Fondo Corte los animaron a saltar y, poco a poco, ellos y sus compañeros de zona comenzaron a hacer caso y se levantaron de sus asientos: «¡Que salte, que salte, que salte el Fondo Corte!», coreaban los de arriba, mientras la emoción, la excitación y el optimismo los iban inundando viendo cómo, además de la victoria, sus futbolistas continuaban brindándoles la mayor exhibición de fútbol de toda la temporada. En el palco, los directivos del club, ignorantes también del destino trágico que aguardaba a su parroquia, sonreían como no lo habían hecho en todo el año. El alcalde del flequillo no estaba con ellos: por motivos que no vienen al caso, prefería ocupar su asiento de toda la vida en la grada; eso sí, después de haber pedido a un amigo suyo, fotógrafo de profesión, que le hiciera una instantánea en su localidad para colgarla a continuación en sus redes y canales sociales.

Corría el minuto veinticinco del primer tiempo cuando la vetusta Gomagueda sufrió el colapso mortal. Nadie había advertido la inquietante grieta que llevaba tiempo agrandándose en la cubierta superior del Fondo Corte, junto al marcador. O en realidad sí, lo había hecho el técnico municipal encargado de la supervisión de la seguridad de la instalación. Pero los políticos andaban más pendientes de definir quién tenía que correr con los gastos de esas reparaciones, si ellos o el club, y de poner traba tras traba a la construcción de un nuevo estadio, imprescindible, que de solucionar los problemas estructurales que todos sabían que aquel estadio tenía. El caso es que mientras el alcalde mascaba chicle en su asiento, sobre una almohadilla de alquiler que le había evitado tener que frotar con papel higiénico la suciedad de su localidad, y los dirigentes del club se hinchaban de goce en sus butacas por la exhibición de sus asalariados sobre el césped, la cubierta cedió y una de sus estructuras cayó a peso mortal sobre un aleatorio conjunto de aficionados que, simplemente, trataban de disfrutar de una tarde de fútbol en su ciudad natal. La lluvia de aerolitos se precipitó sobre los desventurados afectados. Un casco de hormigón armado impactó brutalmente en la cabeza de Delfín, que se desmadejó sobre su hijo haciéndolo caer. El chico se partió la tibia y el peroné al recibir el empuje de su padre inconsciente, pero, Dios mediante, el cuerpo protector de su progenitor le impidió recibir algún otro impacto mortal. La conmoción fue total. Los asientos blanquiazules se tiñeron del rojo de la sangre, la vergüenza y el enojo, del negro de la muerte y la inacción, de los cuerpos desplomados de los afectados. El partido se detuvo, primero, y se suspendió, después, mientras las víctimas eran atendidas por los sanitarios y los aficionados de la grada superior y de la zona damnificada huían despavoridos ante el temor de que pudieran producirse nuevos derrumbamientos.

El hijo de Delfín lloraba, dolorido, conmocionado y asustado por igual, cuando un médico comprobaba que su padre no tenía pulso. A su lado, una mujer con el rostro ensangrentado sollozaba sin soltar la mano de su esposo, que había salido completamente ileso. En la butaca contigua, el abuelo que siempre le ofrecía al niño herido caramelos de eucaliptos en el descanso se convulsionaba como si una pistola táser le estuviera aplicando una descarga. Algunos futbolistas, incrédulos aún, lloraban desconsolados ante la tragedia que se había producido tras la portería. Otros, más enteros pero igualmente atribulados, intentaban consolarlos, mientras que el capitán local había vuelto a dar ejemplo trepando hasta la grada para tratar de ayudar a algún herido.

Horas después, el alcalde no tuvo más remedio que atender a los medios para comunicar institucionalmente la gravedad de lo ocurrido. Pero, en esta ocasión, no tenía nada convincente que decir. El manual de populismo y conveniencias que manejaba su partido político no había contemplado cómo afrontar esa tragedia. Quizá, por eso, apareció tan despeinado en todas las fotografías.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 171, 26.1.18

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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