El renacido

Llevaba en el paro toda la temporada. Entrenando en solitario con un preparador personal y convenciéndose cada mañana para seguir haciéndolo, pese a que su cuerpo le pedía colgar las botas para siempre, acompañar a sus hijos al colegio, centrarse en sus contactos y decidir qué hacer con su vida durante las tres siguientes décadas en vez de ejercitarse a diario para mantener un tono físico que, pese a todo, se deterioraba día a día.

Alternaba los momentos de desesperación y flaqueza con visiones optimistas, positivas, que llegaban siempre cuando estaba a punto de tomar la decisión definitiva de abandonar su carrera. Nunca se había encontrado en aquella situación: sin equipo, sin contrato, sin vestuario ni compañeros, excepto el frío, la constancia y su ropa deportiva. El fútbol devora sueños igual que entrenadores. Él estaba en esa edad incierta en la que, en condiciones adecuadas, podía seguir siendo útil sobre el césped, pero, también, en esa misma en que la forma se pierde mucho antes con la inactividad y resulta complicado recuperarla de nuevo.

Las navidades se le presentaron como un extraño paréntesis de esperanza. No solo porque tenía hijos pequeños, soñadores, que le contagiaban su ilusión por la venida del Niño Jesús, las reuniones familiares, las luces intermitentes, los postres, los regalos de Reyes y la magia de estas fechas. Especialmente porque su representante le llamó a mediados de diciembre para informarle de que le habían contactado un par de directores deportivos de la segunda división, los cuales estaban considerando su incorporación en el mercado de invierno. Esa noticia le ayudó a no dejarse llevar por los excesos navideños, y le ofreció coartada incuestionable para rechazar las copas extras de vino que le ofrecía su cuñado, los guisos excesivos de su madre o de su suegra y el picoteo indiscriminado de golosinas, dulces y turrones que sus hijos, sin ser conscientes de ello, estimulaban.

Sin embargo, la desesperación aguarda con descaro detrás de los silencios. Conforme pasaba el tiempo y su agente no recibía más noticias, el jugador volvió a sumirse en una negatividad progresiva que puso en riesgo su equilibrio emocional. Su entrenador le recomendó acudir a un coach que era amigo suyo, incluso le entregó una tarjeta de visita y el futbolista estuvo a punto de llamarlo. Pero la víspera de Reyes su representante le confirmó que el Zaragoza andaba buscando un nuevo delantero y habían avanzado las negociaciones:

—No tienen mucho dinero —le explicó—, están al límite del tope salarial. Pero es un club de relumbrón, con solera. Te pondrás en forma, volveremos al mercado y, si se te da bien el final de temporada, seguramente te pedirán quedarte.

—No tienes que venderme nada —respondió tajante—. Es uno de esos clubes a los que nunca le diría no. Ahora, sin equipo y en el paro, mucho menos.

Firmaron el contrato.

Tras la inactividad, su estado físico le obligó a asumir un proceso personalizado de puesta a punto que asumió con la debida entrega… y un plus de entusiasmo. Volvía a sentirse deportista. Profesional. Parte de un todo. No le resultó difícil integrarse en el vestuario, a pesar de los recelos iniciales que le dirigió uno de los delanteros del equipo, precisamente el que vio su puesto cuestionado. Las ganas acumuladas no le sirvieron para acortar los plazos de su puesta a punto, pero al cabo de un mes se encontró a disposición plena del entrenador. Debutó jugando un cuarto de hora en un partido que perdían, y una acción personal suya inició una buena jugada que terminó con la asistencia del extremo y el remate a puerta vacía del otro ariete local.

Poco a poco empezó a contar más y, aunque no terminó la temporada como titular indiscutible, era un fijo en las convocatorias y siempre salía al campo cuando era necesario, ante los aplausos del público que valoraban su entrega y su agresividad frente a los defensas. Anotó cuatro goles y dio tres asistencias. Un bagaje modesto, pero suficiente, para que la directiva y la afición considerarán su fichaje como acierto. Fue el único jugador que llegó en aquel mercado, y dado que la dinámica de resultados cambió sustancialmente después de su presencia, no fueron pocos los que le atribuyeron una influencia en ello mayor de la real. El equipo reaccionó y él estuvo siempre a la altura de las circunstancias, tanto sobre el césped como fuera, ante los micrófonos, con los compañeros y con los aficionados.

Terminada la temporada, el club le ofreció una renovación por un año más otro. Agradecido, la firmó sin negociar apenas y continuó allí, contrato tras contrato, durante dos años y medio. Después fichó, también en invierno, por un club diferente y prolongó su vida profesional hasta que cumplió los treinta y cinco. No volvió a pasar unas navidades tan difíciles como la que hemos referido.

Después se retiró y, al cabo de un par de años, comenzó a engordarse: tenía tendencia genética al sobrepeso y no pudo evitar dejarse llevar cuando los despachos, las oficinas y las comidas de negocios sustituyeron al césped y a los vestuarios.

Nunca olvidó que su vida profesional se prolongó gracias a aquel contrato blanquillo de última hora que lo sacó del ostracismo. Así es la trayectoria laboral del futbolista, tan expuesta permanentemente a los caprichos del destino… como sustentada por el celo, el sacrificio y el buen hacer individuales.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 170, 13.1.18

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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