La sombra de un cangrejo

Pese al dramatismo, era una forma absurda de morir. Cuando el socorrista se separó del cuerpo de su esposa, se abalanzó sobre él desesperado y lo agitó intentando despertarla.

Entonces el silencio era ya mortal, incluso la turba de curiosos permanecía callada. Un voluntario de Cruz Roja le acarició la espalda. El cangrejo abandonó la bolsa en que había sido confinado, la que ella sostenía aún entre sus dedos difuntos. Mantenía los ojos exageradamente abiertos, sorprendidos para siempre por el cruel destino: la piel bronceada, el cabello revuelto medio ensangrentado, los pechos desnudos por el toples, dándole al cadáver un aire incongruente. Y más allá, junto a la sombrilla, su hamaca vacía.

Volvió a mirarla. Tenía una expresión horrible, impropia en vacaciones: la boca torcida, un hilo de sangre contorneando sus labios entreabiertos, las gafas de sol volcadas junto a la cabeza abierta sobre la roca asesina.

Alguien la cubrió con una sábana. Otra persona recogió el salobre, húmedo, olvidado, como una extraña admiración de la tragedia acontecida. Por un instante imaginó que no había ocurrido; pero un segundo objeto, esta vez sobre las aguas, lo devolvió a la realidad. La chancleta con la que había resbalado navegaba sobre el mar, mientras la sangre oscurecía la roca criminal y el cangrejo huía marcha atrás.

“Ya eres mío, cangrejo. Esta noche… ¡a la cazuela!”, acababa de decir antes de perder el equilibrio y golpearse trágicamente la cabeza.

Al marido se le plegaron las piernas al evocar su final, y hubiera caído de no haber sido sostenido por el socorrista. Cuando volvió en sí, sus ojos enfocaron una gran cruz roja sobre una tela blanca oscilante.

La pesadilla continuó exactamente igual después de despertarse.

 

Le hablaba cada noche.

Tras veinte años conviviendo, no conseguía acostumbrarse a su ausencia. En ocasiones la veía reflejada en un espejo, sonriendo con misterio. Otras veces la sentía a su costado, como una brisa fría a punto de tocarle. Casi siempre la encontraba por la calle y no descubría su equivocación hasta que la abordaba.

Jubilado, con la familia lejos y poco más que el trágico recuerdo, se aferraba a la imposible ilusión de su reencuentro. Cuando estaba triste —por lo demás, todos los días— tenía la costumbre de calzarse las últimas zapatillas que ella le había regalado, las mismas que llevaba la tarde del suceso: rojas, de cáñamo y con unos estrafalarios cordones amarillos que le parecieron horrorosos la primera vez. Tenían la puntera agujereada por el uso y habían quedado totalmente anticuadas, pero se sentía bien con ellas, como si llevándolas cumpliera un tributo a la memoria de su esposa.

Tardó dos años en volver al fatídico lugar. Intentaba dar un paseo por el puerto, pero sus piernas lo llevaron hasta la roca asesina, que conservaba sus aristas afiladas y los cercos delatores.

Atardecía. El mar estaba en calma. Una madre jugaba con su hijo, un par de adolescentes perseguían crustáceos saltando entre las rocas, con la misma determinación que lo hizo su difunta. El sol no calentaba, pero producía reflejos luminosos sobre las débiles olas. Iba ya a marcharse cuando sus ojos revivieron el pasado: algo familiar flotaba frente al espigón.

Avanzó hasta el borde y la vio con nitidez. Era idéntica a la suya: la suela de goma, las flores naranjas y el cordón dorado que solía encajar meticulosamente entre el primer y el segundo dedo de su pie.

Se giró sobresaltado. Se habían ido todos. Lo rodeó una densa bruma, húmeda y gris como el vacío; y un rumor lejano, como del mar quejándose, le heló la sangre. Nervioso, recordó su cadáver sobre el frío suelo. Sobre esa misma roca.

La chancleta se aproximó tanto que le hubiera resultado fácil alargar la mano y recogerla, pero no lo hizo. Sintió un extraño frío y se alejó deprisa, dejándola flotando a la deriva.

 

El siguiente martes, al atardecer, se sentó en un banco del paseo. “Ojalá pudiera verte un día, solo uno, para preguntarte cómo estás”, se lamentó con voz suficientemente alta como para ganarse la mirada compasiva del peatón más próximo.

Miró hacia el malecón de forma rutinaria: desde luego no esperaba verla calzándose las chanclas; pero reconoció una silueta familiar moviéndose en la noche. Atravesó la playa con rápidas zancadas, llenando de arena el bajo de sus pantalones.

Cuando alcanzó el espigón la impresión se convirtió en certeza. La vio de espaldas, mirando el mar desde su tumbona, como si no hubiera ocurrido nada aquel trágico día. Sintió miedo, ganas de marcharse; pero también una alegría desbocada, rejuvenecedora, que le impulsó a acercarse sin importarle lo que pudiera ocurrirle.

El sonido de sus pasos debió de asustarla, porque la presencia se arrojó a la mar. Decaído, el viudo se sentó en la hamaca. Una ola gigante le mojó los pies. Permaneció allí toda la noche, buscando entre las sombras la chancleta flotante, arrepintiéndose de no haberla cogido el primer día, cuando la tuvo tan cerca.

Por la mañana abandonó el lugar, y la hamaca, totalmente rendido.

 

No conseguía vencer su fijación: necesitaba verla. Aquella tarde regresó en busca de la silla, pero ningún rastro quedaba ya de ella. ¿Quién la habrá cogido?, se enojó. Y entonces el mar devino bravo y el viento sopló con fuerza en todo el litoral.

La madrugada del siguiente martes, cuando la ansiedad empezaba a dominarle, creyó verla frente al mar. Será algún pescador, se tranquilizó mientras sus piernas avanzaban hacia la silueta que andaba entre las rocas.

Densas nubes grises ocultaban la luna. El mar gemía, las olas golpeaban la piedra formando garras de espuma y silbos como hogueras.

“¡Va a lanzarse al agua!”, piensa sin percibir todo el miedo que siente. Y corre a protegerla.

Oye una voz familiar. La sombra, que ha alcanzado el final del espigón, permanece inmóvil frente al mar, con los brazos extendidos.

—¡Espérame, cariño! —grita con las vísceras.

Le responde el mar con un rugido, y un brazo de agua está a punto de tumbarlo. Al volver en sí encuentra a sus pies una sombrilla, plegada y en no muy buen estado.

—¡Es la nuestra! —se emociona al examinarla y recordar cuánto disfrutaron debajo de ese chisme.

 

Regresó a su apartamentos y se acostó en la cama que ambos habían compartido los últimos veranos. Apoyó la sombrilla en el armario y concilió el sueño con dificultad, mirando su silueta.

Y aunque la sombrilla lo acompañó en sus pesadillas durante toda la noche, por la mañana, cuando despertó, no pudo encontrarla.

 

Pese a la intempestiva llamada telefónica y a sus detalladas explicaciones, su hijo no creyó el relato.

—¿Por qué no sales de allí y  te vienes unos días con nosotros? Mamá no va a volver, acéptalo. También yo la echo de menos, pero te estás obsesionando…

Rechazó la invitación.

Acudió al espigón noche tras noche sin encontrar otra cosa que mar, brisa y estrellas. Se sentaba en la roca ensangrentada y aguardaba entumecido hasta el amanecer; después volvía a casa, preguntándose qué se sentiría lanzándose al océano.

El primer martes del nuevo mes oscureció en un negrura extraordinaria. La soledad del mirador le permitió escuchar la voz con claridad. Enajenado, avanzó hasta el malecón a toda prisa. No había nadie. Excepto la locura de un mar arrebatado por el temporal.

Pasan uno, dos, tres… diez, veinte, treinta minutos. Nada. Da una cabezada y se asusta al despertar. En la distancia, una débil luz intermitente llama su atención. Las olas han cobrado altura. Tiene el pantalón mojado, la nalga entumecida. Tose un par de veces. Y entonces oye la voz chillona y afectada que sale de la roca:

—Ya eres mío, cangrejo. Esta noche… ¡a la cazuela!

Busca alrededor, sobresaltado. Nada, ni siquiera estrellas en el cielo. No aparecen la chancleta, la sombrilla ni la hamaca, pero la burla vuelve a repetirse.

Cuando por fin reacciona, corre torpemente hacia la playa, se trastabilla y una de sus alpargatas, roja y con ridículos cordones amarillos, vuela hacia las olas. Le cuesta levantarse, el golpe ha sido recio y sus extremidades apenas le obedecen. El cangrejo avanza amenazante hacia sus ojos. Cuando está tan próximo que puede oír sus pinzas, el instinto de conservación le impulsa a levantarse y huye tan veloz como su cojera le permite.

 

Los siguientes fueron días de linimentos y vergüenza. La culpa del cobarde se apoderó de su existencia, hasta que le invadió un coraje enrabietado y orgulloso que lo llevó hasta el malecón seguro de encontrarla.

Alardeaba el Cantábrico: enormes lenguas de agua chocaban contra el rompeolas con brutalidad. Era noche tormentosa, de esas que las almas eligen para aparecerse.

Ya en el malecón, vio la hamaca junto a la sombrilla. Se aproximó, reclinó el asiento y se acomodó para disfrutar de la tempestad. Le tranquilizó volver a verla, zarandeada por el vendaval. Esta vez se jugó la vida para rescatarla y, con más fortuna que pericia, consiguió su propósito. Olía a red de pescador. Cerró los ojos, se concentró en el tacto familiar de la alpargata, recordó cuánto bromearon sobre aquellos cordones amarillos, tocó el agujero en la puntera roja, desgastada… y tuvo la certeza de que no iba a ser una noche como las anteriores.

Se recostó en la roca ensangrentada, acomodó su cabeza sobre la zapatilla mojada e intentó conciliar el sueño concentrándose en los bramidos del mar encabritado.

 

Nunca se supo más de él.

Nadie le echó en falta. Excepto su hijo.

Los pescadores difundieron el rumor de que, ciertas noches, en el malecón, dos siluetas fantasmales solían pasear cogidas por el talle.

Otra leyenda marina, afirmaban los mismos que preferían no visitar el lugar de madrugada.

 

Es martes por la noche y el hijo llora por sus padres.

Ha sido terrible regresar al apartamento y revolver sus cosas.

El mar está calmado. Quien sea ha olvidado una hamaca sobre el espigón. “Aquí murió mamá”, constata mientras toma asiento frente al mar y las olas comienzan a agitarse.

—¿Por qué saltaste, padre?

En ese instante aparece ante sus ojos y cree reconocerla. La alpargata flota a la deriva. Es roja, de cáñamo, tiene unos feos cordones amarillos y un agujero en la puntera.

—No puede ser la suya —se extraña antes de inclinarse sobre el mar para alcanzarla.

A sus espaldas, un cangrejo avanza marcha atrás entre las rocas, como dispuesto a empujarlo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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