Cambio de corazón

Cuando se moría tenía su amor y ahora que ha vuelto a la vida se me ha ido. Toda la existencia es demasiado tiempo para perderlo en un quirófano. Estoy sola en el que fue su hogar y ya solo es mi casa, mirando álbumes pasados con los ojos rojos, queriendo terminar con todo, romperlo todo, empezando por su cara.

Tal vez me tome esas pastillas al acabar de escribir, o quizás no, quiero ganar tiempo para decidirlo. A fin de cuentas él ha tenido otra oportunidad y yo no la tendría. Prefiero estar segura antes de tomarlas.

El mes que viene cumpliríamos veinte años casados. Más siete de noviazgo. No tenemos hijos: la pereza, primero, y la debilidad, después, nos lo impidieron. Nos queríamos como el primer día. Me encantaba acariciarle el pecho, me sentía segura cuando regresaba del trabajo, tan hombre, con su maletín y su corbata, los zapatos volando hacia el pasillo, los pies sobre la mesa, y yo que le llevaba su zumo de naranja —cómo le gustaba la vida natural— y mientras lo bebía me abrazaba a él como a un peluche; aún conservo su olor a profesión, intenso, inconfundible, agradable por ser suyo. Se dejaba mimar, seguro y protector; era el empresario de mi biografía, el gladiador de mi destino.

Algunas de esas tardes no hacíamos el amor. Permanecíamos callados, muy quietos, escuchando nuestra respiración sobre la música de fondo, mientras la penumbra nos envolvía despacio.

Ocasionalmente hablábamos de perpetuarnos. Aún es pronto, me decía. Cuando deja de ser pronto suele ser muy tarde, le contestaba yo medio en broma medio en serio. Era alma de seda en un cuerpo de mármol. Su deporte. Su portátil. Y sobre todo yo. Cómo me quería. Presumía de mí ante sus amigos. Me halagaba en público. Me besaba, siempre me besaba. En cualquier lugar e instante: al venir, al irse, al encontrarme, al no encontrarme. Sus besos me volvían loca. Si se retrasaba, me tranquilizaba hablando sola: ya está aquí, no pases pena, y entraba al baño para retocarme. Siempre me arreglaba para recibirlo: cómo me gusta verte guapa, me decía. Y yo me sentía bien, así, mostrándome perfecta.

 

Me encuentro ahora un poco mejor. Llorar es el remedio para la tristeza. Nunca me he sentido guapa hasta que lo oí susurrado de sus labios. Cuando salíamos todas nos miraban, su envidia me excitaba; al volver nos desnudábamos con prisa y lo hacíamos en el comedor, en el vestíbulo o en cualquier otro espacio de la casa, poseídos por un ansia animal que nos habíamos descubierto el uno al otro. Me encantan tus ojos, afirmaba rozándome los párpados. Y tu boca refrescante. Siempre serás bella, porque tu mirada y tus labios lo son y, eso, los años no pueden cambiarlo. Me pregunto si la pena es más fuerte que el tiempo, porque ahora, delante del espejo, soy solo una sombra opaca de aquella que fui entonces.

Pese a los problemas, éramos felices. Tenía el corazón muy débil: unas semanas al año nuestra existencia daba un giro hospitalario y cambiábamos el sofá por la camilla y el televisor por el electrocardiograma. A veces lo mejor trae un defecto de fábrica, bromeaba para tranquilizarme. Y deja ya de lamentarte, añadía si me emocionaba más de lo preciso, te advertí antes de casarnos.

Me daba un beso, más apagado y húmedo que de costumbre, antes de llevarme al baño. Parecía yo la enferma y él mi acompañante, tanto ánimo tenía. Maquíllate, princesa, tienes que estar guapa.

Nunca llegó a derrumbarse, ni siquiera cuando su dolencia se agravó y el cardiólogo dejó de sonreírnos.

Me arrojaron la noticia en un sórdido pasillo: un fluorescente me iluminaba el rostro con tiznes amarillos, como en un interrogatorio policial. Yo, que no quería abandonar mi país de maravillas, fui esquiva a la realidad hasta que me la arrojaron brutalmente a la cara: su corazón no aguanta más, es necesario un trasplante.

Preguntas y respuestas sobre plazos, donantes, calidad y esperanza de vida. Yo ya no oía nada, solo campanas de muerte, el miedo a perderlo, la incertidumbre, el pánico… y el exprimidor abandonado sobre la encimera.

No me atreví a decírselo. Cuando el doctor se lo comunicó, apenas consiguió disimular sus lágrimas. Jamás lo había visto así. No se atrevía a mirarme. Se me marchaba. Ya no era el mismo hombre, ese que lo dominaba todo, el dios de mis pequeñas cosas, el héroe de las grandes. Lo peor de cada uno suele aparecer en el peor momento. Me exigió que me marchara. Y yo, en mi desesperación, huí haciéndole caso. Lo dejé solo. Salí a llorar hacia el pasillo, pero lo atravesé, entré en el ascensor, crucé la recepción y me marché a la calle. Iba corriendo, no sabía adónde. Terminé en un parquecillo, tumbada sobre el césped húmedo como una adolescente, perdida, traicionada por el destino que siempre me había protegido. Indefensa ante la adversidad.

Y sola. Dolorosamente sola.

 

Al final de la tarde deseé su muerte. En abstracto, sin saber de quién. Alguien que también tendría una vida cotidiana, con mujer e hijos quizás, con un trabajo, y unos sueños, y unas emociones. Con un corazón compatible con el suyo. Tenía que morirse ya, allí donde estuviera. Un accidente mortal. Un imprevisto y adiós a la existencia. Debería tener una familia tan generosa como él. Y el corazón idóneo, intacto para mi amado.

¡Muérete ya!, grité desconsolada. Y mientras un par de chiquillos festejaban mi locura, dejé aquel parque y regresé al hospital.

 

No me dejó entrar.

Mi suegra me dijo que no quería verme. Se mantuvo firme y obstinada. Unos enfermeros tuvieron que calmarme. Me llevaron a una sala próxima, me administraron un tranquilizante y me dejaron sola.

¡Es mi marido!, le dije a la enfermera que entró para controlar mi estado. El doctor vendrá enseguida, me contestó obsequiosamente amable, incómoda en el papel que no había aprendido en la carrera.

Olía a clínica y desesperanza. El fluorescente me envolvía con una falsa luz amarillenta. La soledad me oprimía el corazón, la angustia me impedía respirar.

Y no entendía nada.

 

Tal vez ha dejado de quererme. Tal vez no me ha querido nunca. ¿Por qué se marcha ahora, si no puede abandonar este lugar? ¿Por qué me deja fuera cuando más me necesita?

Le imaginé amantes, aventuras, falsas vidas. Sospeché de todas las mujeres conocidas. Y de las desconocidas. Una de esas perras podría estar con él en ese instante, llorándole por mí, tomándole la mano que solo a mí correspondía.

Entonces entró. Con bata, dientes blancos, voz cortés y gesto amable. ¿Por qué no quiere verme?, sollocé como una niña. Está asustado, intentó tranquilizarme. Necesita tiempo, no quiere que sufra. Cambiará de opinión pronto.

¡Soy su mujer y voy a entrar a verlo!

Dejé que el doctor me convenciera. Quizá no me atrevía a enfrentarme a aquel desplome. Tan enfermo, embutido en un pijama usado, sin estilo, el cabello aplastado por la almohada, esperando un corazón que quizás nunca llegará, contemplando desde la ventana el mismo encuadre de la calle un día tras otro, preguntándose si podrá volver a recorrerla un día, soñando con la vuelta a casa, con la normalidad de las tareas cotidianas. ¿O tal vez con esa zorra que me lo ha quitado?

Me asusta tantísimo no volver a verlo que estoy perdiendo la cabeza.

 

Dios quiso que muriera pronto. Muchos lloraron por él; yo, en cambio, sentí una alegría muy poco cristiana. Fui a la peluquería, me puse mi mejor vestido y bajé a la calle, maquillada. Tomé un taxi hasta el hospital e intenté subir a verlo. Habíamos hablado varias veces por teléfono, parecía triste, necesitaba besarme pero no quería verme, ten paciencia, princesa, saldremos de la mano como triunfadores. Fingía confianza. El tratamiento va muy bien y mi corazón sigue estable. Antes o después me conseguirán uno nuevo y volveremos a casa, me decía antes de colgar.

Su madre no quiso que entrara. Se mostró, no obstante, comprensiva y pude verlo, escondida tras la puerta: estaba en su camastro, inmóvil, como después de un orgasmo, la piel blancuzca, despeinado, los párpados hinchados. Te quiere mucho, susurró mi suegra esbozando una sonrisa, no entiendo por qué no quiere que entres. El médico ha dicho que debe estar tranquilo, no le convienen sobresaltos. Parece que hay un corazón que encaja con su cuerpo, Dios lo quiera. Saldrá adelante…

¿Quién sería aquel donante? ¿Qué estaría haciendo antes de morir? ¿Adónde iba? ¿Qué vida llevaba? ¿Era un buen marido? ¿Quería a su mujer? ¿Tenía buenos sentimientos? Y si no era así, ¿quedarían en su corazón aquellos vicios? ¿Irían incluidos también en el trasplante?

Mi suegra pareció leer mis pensamientos. Nos abrazamos y empezamos a llorar. Nos sentamos sobre los duros asientos de la sala de espera, incómodos y desapacibles como la vida. Allí permanecimos juntas y así, desde entonces, un día tras otro.

 

Acudía al hospital temprano, me sentaba afuera y esperaba el parte de mi suegra. Hablábamos de nuestros sueños, de sus estados de ánimo, de la esperanza que crecía en todos desde la operación, parece que no va a haber rechazo, esta noche no se ha encontrado mal, hoy está muy bien, los médicos dicen que pronto se irá a casa.

Había un crucifijo al fondo del pasillo. Cuando ella volvía con mi esposo, me quedaba allí, imaginando el regreso: nuestro sofá, mis caricias, su zumo de naranja. Algunas veces era como si me hablara. Me decía espera un poco, pronto nos iremos, prepárame ropa buena para cuando sea.

A menudo me asomaba a la rendija de su puerta y lo espiaba en silencio: dormía, leía, pensaba, veía la televisión… Un día me descubrió mirándolo. Sonrió con la dulzura que me enamoró, me lanzó un beso discreto y me hizo indicaciones para que me fuera. Sentí que me amaba, su nuevo corazón seguía siendo el suyo. La convalecencia lo había envejecido, pero mostraba un aire encantador de indefensión y ternura.

 

Ayer, por fin, entré en su habitación. El cardiólogo acababa de anticiparnos la noticia: recibirá el alta en pocos días. Era fantástico. No pensé en nada: eché a correr por los pasillos, dejé atrás a mi suegra, nos vamos a casa, me repetía. Abrí la puerta bruscamente y lo encontré de pie, tambaleante, a medio camino en dirección al baño. Nos detuvimos frente a frente, como pistoleros: él con aire enfermo y angustiado; yo, confusa. Me heló con la mirada. Fueron solo unos segundos, el tiempo suficiente para despertar en él una ira que no le había conocido. ¡Vete!, dijo embrutecido, rasgándose la voz en el frustrado intento de gritarme.

Impedí a tiempo que mis lágrimas brotaran. Di media vuelta y me marché despacio en dirección al crucifijo.

Mi suegra regresaba. ¿No habrás entrado?, me preguntó con despecho. No contesté. Le habrás dado un disgusto, no quería que lo vieras hasta que estuviera bien.

Y echó a correr hacia mi amado.

 

Volví a quedarme sola, avergonzada, perdida, con la alegría inicial convertida en decepción y un descontrolado sentimiento de tormento.

Quizá ese corazón no sea el suyo. Nunca me había gritado. Me imaginé una vida solitaria; recuperado él y enferma yo de angustia, soledad y pena.

 

Es un nuevo día. He estado sin dormir toda la noche.

Fumando. Leyendo. Meditando.

He concluido que no he sido una buena esposa. Tendría que haber estado junto a él todo este tiempo. Ser pareja no consiste en pasarlo bien juntos y mal en solitario. Es compartir los problemas. No basta respetar al otro como es, hay que rectificarlo cuando se equivoca. No es suficiente ser dócil y hacer todo como el otro quiere, hay que imponer otros modos de actuar cuando se confunde.

He  tardado demasiado en comprenderlo. ¡Al diablo las pastillas! Él me quiere, no puede haber cambiado. Su corazón es distinto, pero los afectos no dependen de un órgano concreto. Es un prepotente, siempre ha creído que se comería el mundo solo. Sin embargo, me necesita para no ser engullido.

Se pondrá su mejor ropa, se afeitará, se colocará gomina, sonreirá como antes y me recibirá triunfal —vámonos ya, princesa, he vencido a la muerte—. Y de regreso aquí volverá a ser el que era, y yo su sumisa, esperando su regreso cada día. ¿Está todo bien, mi amor? Aguardando sus caricias, sus besos, nuestro clímax…

Lo habrá hecho todo solo una vez más, y tendré que estarle agradecida.

Se acabó. Iré a su habitación ahora mismo, no me importa cómo me reciba. Quiero estar con él cuando el doctor acuda. Quiero ver su cara al recibir el alta. Nos abrazaremos. Nos daremos besos. Estaremos juntos siempre. Y lo acompañaré a todas las consultas. A las revisiones. A las operaciones futuras, Dios no lo quiera, que el futuro nos depare. Amar es compartirlo todo… y eso es lo que haremos.

Voy a irme ya, se me hace tarde. Tengo que poner las cosas en su sitio.

Aunque, pensándolo mejor, voy a maquillarme antes. Se pondrá contento si me ve bonita.

 

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Otros relatos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s