Las ‘tiranteces’ fascistas

La muerte de Víctor Laínez en Zaragoza, brutalmente golpeado por lucir unos tirantes con los colores de la bandera española, es uno de esos sucesos que traspasan los umbrales de lo comprensible. Por ello, debería hacernos reflexionar a todos sobre lo que está ocurriendo. No es un fenómeno aislado, la obra insensata de un asesino cabrón que debería pasar entre rejas el resto de su vida.

Es, ante todo y sobre todo, una lamentable consecuencia de los tiempos convulsos que estamos alimentando.

Se trate o no de un fake la cuestión de los tirantes, lo que nos está llegando es que el fulano en cuestión lo mató por odio, intolerancia y pura maldad. Tras acosarlo en el lugar en el que Víctor había quedado con un amigo que no se presentó, aprovechando que se encontraba solo y débil tras haber superado recientemente una enfermedad —según mis fuentes—, lo atacó cobardemente por la espalda cuando Lainez había optado por marcharse del local para evitar males mayores, viendo el tono negro que tomaban los acontecimientos. Ya en la calle, mientras telefoneaba a un amigo para advertirle de su peligrosa situación, sintiendo que algo malo podía llegar a sucederle, no pudo evitar que el odio y la sinrazón, encarnados en este presunto tipejo de aspecto radical, terminara con su vida.

Un fulano, Lanza, cuyo historial criminal ya incluye un antecedente gravísimo: dejó a un policía tetrapléjico y visiblemente incapacitado para la vida cotidiana tras haberle arrojado una piedra a la cabeza. Por ello pasó en la cárcel varios años, según dijo, en compañía de gente excepcional: los otros presos. Pues, ale, majo, allí estás otra vez. Disfrútalo y déjanos tranquilos. Confío en que, tras haber sido condenado y una vez cumplida la condena, sea expulsado de nuestro país y nos veamos libres, para siempre, de esta sanguijuela.

Si todo resulta ser como parece, tan culpable como este pedazo de joputa resultarán sus adláteres, alentadores y aplaudidores, que le urdieron e impulsaron un lavado de cara demencial tras su salida de la cárcel. Los mismos que lo contrataban o se arremolinaban a su alrededor para escucharlo sentar cátedra, convertido en un dudosísimo referente moral y alentado por ciertas masas absolutamente idiotizadas.

Algo completamente inconcebible en otras circunstancias.

El clima de odio actual

No me gusta nada lo que veo. No pretendo ser un agonías, pero percibo en nuestra sociedad una semilla de odio, confrontación y manipulación maniqueista que impide la convivencia pacífica, tolerante y sostenible entre nosotros. Un ambiente tal que puede derivar en guerra abierta, fratricida, no solo ideológica sino también física. Cómo se nota que nuestros abuelos, esos que padecieron la guerra civil en uno, otro o ningún bando, ya casi no están entre nosotros. Y a los que están, no los escuchamos.

Nos están manipulando y nos estamos dejando. Por omisión y dejadez. Algunos políticos, los medios de comunicación y los líderes de opinión están sembrando, voluntariamente o no, el gen del enfrentamiento, la colisión, los bandos y el nosotros o vosotros. Basta repetir una idea una y mil veces, para convertirla en máxima. Así, todos nos estamos radicalizando más y más. Los extremistas se alejan cada vez más de la sensatez y el recto juicio, al tiempo que son más escuchados porque siempre gritan. Los centrados nos vamos desplazando poco a poco hacia uno u otro lado del tablero ideológico. Sin darnos cuenta apenas. Es fruto de los tiempos.

Y, por si fuera poco, la inmediatez, la insensatez, el anonimato y la falsa comunicación que nos ofrecen las redes sociales nos animan a despotricar y difundir, sin reflexión, adoctrinamientos, posiciones, insultos, eslóganes y acosos tan radicales que nunca nos atreveríamos a plantearle a una persona en vivo, pero que en este contexto adquieren visos de normalidad. ¿Cómo se explica, si no, ese twit tan lamentable de una aragonesa que venía a decir algo como esto: “Matan a un nazi y a dos guardia civiles. Todo son buenas noticias en Aragón”? Ya la están investigando, claro, aunque después de su clímax de estulticia se apresuró a borrar tal ocurrencia.

Sin duda, son un canal para el odio. Ya no hay reflexión ni entendimiento posible entre los polos opuestos en que nos estamos convirtiendo. Si no estás con nosotros, estás contra nosotros. Y tu aspecto, sí o sí, refleja lo que eres y el nivel de aceptación y agrado de los otros con respecto a tu persona.

Los tibios, los neutros, los cabales, ya no son bien recibidos. Algo esconden… y tienen que pagarlo.

Así, la apariencia es más importante que la esencia. Lo estético se está imponiendo a lo ético. Y el odio, el instinto y el deseo de aniquilación campan a sus anchas.

Nos estamos dejando manipular. Cada vez nos alteran más y más las ideas ajenas de nuestro iguales, casi siempre porque no las escuchamos. Y, por el contrario, cada vez nos tragamos más adentro las proclamas, los panfletos y los eslóganes de cuantos nos prescriben a través de los medios.

Vivimos en un estado permanente de crispación y ausencia de espíritu crítico que algunos —muchos— alimentan en su beneficio.

Y de este modo, los hijos de puta, los cabrones y los psicópatas —que siempre los ha habido— encuentran el amparo, el respaldo, la justificación y hasta el aplauso de más y más borregos.

Adiós, Víctor, adiós

Me imagino a este pobre hombre, tan parecido a cualquiera, vistiéndose el día de autos en su domicilio antes de acudir a esa cita que le costó la vida. Supongo que cogió los tirantes rojigualdas pensando en otra cosa y se los colocó ignorando que aquella decisión estética iba a costarle la vida. O quizá fue la anterior, la de comprar ese accesorio —símbolo de su país, del nuestro, del de todos los españoles—, la que acabó matándolo. El caso es que lo hizo ejerciendo su libertad de vestir como quería. La misma que permite a su presunto asesino, el tal Rodrigo Lanza, agujerearse las orejas, lucir pañuelos palestinos, raparse parcialmente la cabeza y elegir España como escenario de su vida… y cuadrilátero de su agresividad.

Según parece, asesinó a Víctor Lainez por simple y puro odio. Maldad en estado puro. Porque no era como él y le desagradaba. Porque pensaba de otro modo. Por ánimo de aniquilar las ideas de los otros. Porque llevaba la bandera del país que lo había recibido, el que él, libremente, había elegido para vivir su existencia.

Lo mató para imponernos sus ideas.

Eso se llama fascismo.

Y, por desgracia, cada vez bulle más entre nosotros.

 

[Colofón para los familiares, abogados y simpatizantes de Lanza: Si, tal como argumenta el detenido y dudo yo, Víctor Lainez fue el instigador y causante de este fatal desenlace, cambiará la estética, pero no la esencia de esta reflexión. Más allá de lo que determine la Justicia, el odio, la irreflexión y la confrontación provocaron esta muerte innecesaria].

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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