Gol de plomo

Cuando Andrés Barrer estiró su pierna derecha para interceptar el centro del jugador rival, no imaginaba que iba a costarle la vida. Golpeó el esférico de manera inadecuada, desviando la trayectoria del balón hacia el centro de su portería, despistando al guardameta que no pudo reaccionar a tiempo. Mansamente, el cuero se alojó en el centro de las mallas y, con ello, las posibilidades de clasificación mundialista de su selección se esfumaron para siempre.

El dos permaneció en el suelo, boca arriba, las manos en la cabeza apretándose las sienes en un gesto de desesperación indisimulada. Su hinchada permanecía muda. La rival, eufórica, saltaba en las gradas y agradecía a carcajadas la estúpida jugada que les había regalado un gol determinante.

Así acabó el partido, consumándose aquella derrota inesperada que les costaba el pase.

─La vida no termina aquí ─afirmó, compungido y cabizbajo, cuando los micrófonos de la prensa se acercaron a su voz, quebrada, para ampliar la noticia.

Después regresó a casa. En su país, la conmoción se mantenía. Mientras los cruces del Mundial iban dibujando el destino del futuro campeón, sus paisanos seguían recordando aquella jugada desgraciada y, decepcionados, frustrados, se sumergían en sus vidas miserables de diario sin la compensación de ese triunfo nacional que todos anhelaban.

─Tienes que salir de casa y airearte ─le dijo su madre, afectada, cada vez más preocupada ante las señales de tristeza y arrepentimiento que no abandonaban a su hijo.

─No tengo ganas. ¿Por qué tuvo que pasarme a mí? ¿Por qué intenté cortar aquel centro maldito…?

─Fue una jugada desgraciada, chico ─le replicó su padre─. El fútbol es así. Si no hubieras metido el pie, probablemente un delantero habría remachado el tanto.

─Pero no fue así como ocurrió. No fue condenadamente así como ocurrió.

 

No lejos de allí, un tipo prescindible mascaba tabaco con expresión huraña. Era un fulano indeseable, peligroso, de esos que siempre tienen una justificación plausible para excusar sus miserias. Trapicheaba con gente de buena cartera y mala vida, aspiraba a ser como ellos, por eso se había comprado una pistola en el mercado negro y se esforzaba por mostrar solicitud, disponibilidad y servilismo hacia los capos de su barrio, los mismos atributos que estos dedicaban a sus superiores.

La noche en cuestión salió de fiesta y bebió como un borracho, aunque estaba tan acostumbrado que los efluvios alcohólicos apenas le suavizaron el carácter.

El destino, siempre caprichoso e hijueputa, quiso ponerlo en su camino. Se lo encontró en la barra, a la que acababa de llegar en busca de su enésima copa.

─¿Qué haces aquí, mamahuevos? ¿Celebrando tu cagada?

Pensó en decirle que su novia lo había convencido. Que había insistido tanto y tantas veces que ya no había podido escabullirse. Que no iba a quedarse encerrado en casa para siempre. Que no conseguía quitarse de la cabeza aquel maldito fallo, pero que la vida sigue y ya no podía hacer nada excepto seguir existiendo, y luchando, para volver a la selección y compensar a todo su país por aquel error fatídico.

Pero Andrés Barrer no reaccionó a tiempo. El otro, agigantado por el alcohol y por las dudas de su víctima, quiso impresionar a la muchacha que lo acompañaba y se desató del todo:

Hijueputa cabrón, eres muy malo. Pero no tanto: te pagaron los americanos, apostaste por la eliminación y te has forrado jodiéndonos a todos.

Andrés hubiera rehusado contestar de no ser porque llegó su novia, tan bella y complaciente, y se sintió obligado a cambiar aquella actitud condescendiente por otra más acorde con la valía de su amada.

─¡No me faltes al respeto, malparido gonorrea! Sigue bebiendo a tu aire y déjame tranquilo, que no tienes dos hostias y yo, con media, te destrozo.

El aludido sintió que las cerdas de su bigote ralo se erizaban y, sin darse se cuenta, se vio sosteniendo su pistola en dirección al otro. Disparó seis veces, aturdido, volcando su ira en cada proyectil. Apenas tuvo tiempo de apreciar la cara de incredulidad del futbolista, su rictus moribundo y los gritos de la gente, antes de desaparecer entre la muchedumbre y tratar de encontrar refugio en la humedad de la noche que aguardaba afuera.

Andrés Barrer se derrumbó de inmediato. Su chica intentó reanimarlo, sollozando, gritando como una plañidera auténtica, mientras las luces de la discoteca giraban sobre su cabeza con un ritmo endiablado.

El futbolista murió tendido allí, con la espalda apoyada sobre el suelo, en una posición muy similar a la que mantuvo sobre el césped después del autogol. Solo habían transcurrido unos días desde que ocurrió.

Nunca más pudo ser convocado… ni olvidado.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 168, 9.12.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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