La fábula del león deprimido

El búho terapeuta se sobresaltó al ver al león entrar en su consulta. Tenía un aspecto deplorable. La antes imponente melena en su cabeza se había convertido en una mata rala de pelos crespos y muy débiles, sus uñas largas y afiladas de antaño se mostraban comidas como las de una quinceañera, sus colmillos se habían quebrado y sus ojos transmitían una debilidad inexplicable.

─Buenos días, majestad. Es un honor recibirlo en este dispensario.

El aludido asintió en silencio, con la cabeza baja, avanzando torpemente en dirección al diván.

─Túmbese ─pidió el búho, cuyos enormes ojos estabas más abiertos aún que en una noche oscura─. Entiendo que viene a hacer terapia… ─dijo mientras tomaba su cuaderno, el bolígrafo de tinta líquida, y se concentraba en su nuevo paciente, aguardando sus palabras. Transcurrieron un par de minutos. El pajarraco sonrió, esforzándose en crear el clima de confianza necesario para que el rey de la selva se abriera.

─¿Qué le preocupa, majestad? ─insistió, temiendo recibir un rugido paralizante de los que antes frecuentaba.

─Míreme, doctor. ¿Qué me ocurre? Yo era el heredero más prometedor de mi estirpe. Todos confiaban en mí. Estaban convencidos de que iba a acabar con todo lo negativo que le está ocurriendo a mi trono. Tenían puestas en mí grandes esperanzas. Confiaban en que sería capaz de devolver mi reino al esplendor que nunca debimos perder.

El felino carraspeó, dócilmente, antes de dirigir su pata derecha hacia sus dientes y mordisquear con fruición las pocas uñas que aún conservaba. El búho lo miró, callado, con expresión de apoyo.

─Soy un Rampante. ¿Sabe lo que eso significa? Mi estirpe siempre ha sido fiera, respetada, admirada por todos. Hemos logrado conquistas increíbles, vencido en mil batallas, levantado copas de la selva e incluso una recopa.

─Pero…

─Las cosas no nos están yendo nada bien últimamente. Todo empezó con mi abuelo. Lo engañaron. Vinieron unos cazadores, gente poderosa y con muchísima labia, tanto que parecían políticos, y le presentaron a un fulano horrible. Cuando sucedió nadie sabíamos cómo era.

─¿Qué pasó?

─Se llamaba Agapito. El cazador, no mi abuelo. Nos prometió victorias, oro, títulos y gloria. Y aquel rey león Rampante se marchó con él una temporada. Mi padre se quedó al frente de la selva, mientras mi abuelo marchaba. ─Con disimulo, aprovechó el pelaje de su pata para limpiarse una lágrima. El búho le tendió un kleenex y le animó a seguir─. Cuando regresó, parecía otro. Llevaba las uñas pintadas, una ortodoncia en los dientes y la melena rizada, con una permanente a lo afro de la que se ocupaba todo el tiempo. Ya no era enérgico, imponente ni decidido, solo un animal irreconocible al que sus súbditos y sus enemigos de la selva, poco a poco, le perdieron el respeto. Mi padre trató de hablar con él, discutieron, se enfrentaron… En otras circunstancias habrían luchado sobre la sabana para determinar quién iba a ser el nuevo líder.

»Entonces, regresaron Agapito y el resto de los cazadores. Drogaron a mi padre, lo enjaularon, se lo llevaron nadie sabe adónde. No hemos vuelto a verlo desde aquel día terrible. Mi abuelo continuó reinando, si es que puede aplicársele ese calificativo a lo que nos hizo. Lo cambió todo: puso alfombras persas en la jungla, introdujo animales mansos y permitió que aquellos tipos se llevaran todo aquello que quisieron. Dejaron nuestra selva como un auténtico solar. Irreconocible. Y como nuestro rey león era un inválido, manso e incapaz, empezamos a perder categoría y el respeto colectivo.

El banquete de uñas prosiguió con las mismas ansias con las que, en otros tiempos, se habría zampado un cervatillo.

─Gracias a Dios, mi abuelo y el cazador Agapito ya no están. Los han echado. Llegó gente muy buena, honesta, preparada, decidida a recuperar la estirpe de los Rampantes y firmemente convencida de que volveríamos a ser un hábitat de primera. Como no podía ser de otra manera, fui elegido nuevo rey. Todo empezó bien, se lo aseguro. Estábamos convencidos de que recuperaríamos el esplendor perdido. Nuestros cuidadores han puesto mucho empeño, dinero y vocación en conseguirlo. Al principio todo indicaba que yo iba ser un rey loable, como lo fueron mis ancestros y, sin duda, lo habría sido mi padre. Lo echo tantísimo de menos. Me gustaría ser como él, pero me siento débil, angustiado, incapaz. Es tanta la responsabilidad que tengo… Devolver al león Rampante zaragocista a donde se merece. Quizás he tomado malas decisiones, las cosas no van como esperábamos.

─¿Y qué opinan sus súbditos?

─Son maravillosos, se están portando bien. Mantienen su confianza, aunque, con los últimos reveses, han empezado a desmoralizarse. ¿Puede usted ayudarme, doctor Búho?

El terapeuta respiró profundamente. Conocía el caso, él también estaba al tanto de lo que sucedía en esa jungla. Sabía que no resultaría fácil. Dejó el bloc en la mesa auxiliar y se levantó hacia aquel león atribulado:

─Todo saldrá bien, león Rampante ─aseguró con voz profunda─. Hoy es el primero del resto de tus días. Volveremos otra vez.

Pero ni el sanador ni nadie tiene la menor idea de cuánto puede prolongarse esta terapia.

Moraleja: Paciencia, maños. No nos queda otra.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 167, 25.11.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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