Monteblanco

Tras esnifar la raya blanca y sentir una explosión de energía en el cerebro, pasó la improvisada bandeja a los demás: los ojos de Carrasca ya no distinguían, había bebido tanto que buscaba en el perico un elixir resurrector; Cazaconejos, impaciente porque lo esperaba en la pista una forastera de nalgas apretadas, animaba a los otros a consumir deprisa, así sienta mejor, decía mientras acercaba sus dedos nerviosos al polvo que anhelaba. El Sera aguardaba con paciencia, su adicción era reciente y la dependencia física, de momento, inapreciable.

Tote salió a la calle con la cartera llena. Miró hacia arriba por costumbre, los civiles nunca bajaban por los pub a aquellas horas; respiró satisfecho y, mientras enfilaba la cuesta de la iglesia, consultó su móvil de última generación. Ningún mensaje. Caminó a buen paso en dirección a casa, aún llegaría a tiempo de acostar a su pequeña.

 

—¡Es una vergüenza! —alzó la voz Ernestina, una mujer rechoncha, montaraz e infatigable cuya lengua se movía más deprisa que sus manos sobre el mostrador. Mientras envolvía el género, pesaba el paquete y calculaba el importe de la venta, la pastelera de Terruño largaba por su boca todo tipo de lindezas. Ella y Eugenio, primogénito de pasteleros y esposo silencioso, habían ganado suficiente para criar a sus hijos con holgura y concederse algún capricho del que presumir—. El hijo de la Chonita lleva un camino muy malo. Claro, como es madre soltera y siempre ha ido a la suya, no lo ha cuidado nunca, se ha criado en la calle. Yo, no es por nada, lo sé de buena tinta, no puedo hablar, tú ya me entiendes, se está… —Hizo un gesto evidente, imitando con el índice una jeringuilla y apoyándolo en el brazo izquierdo, lo cual además de viperino era impreciso, porque si bien Cazaconejos andaba enganchado con la cocaína, nunca se había pinchado.

La Alpargatera asintió con interés, no era mujer parca en palabras, más bien al contrario, pero era el mejor medio para que Ernestina continuara. La pastelera aborrecía el silencio, así que lo llenaba malmetiendo, criticando, encadenando chismes y rumores fundados o infundados. Esta vez, no obstante, no tuvo fortuna: la nieta de Ernestina entró con su pepona y la abuela cambió el tema:

—Soni, cariño, qué guapa estás. Ese vestido tan bonito que lleva —añadió mirando a la clienta— es de Agatha Ruiz de la Prada. Vale un dineral. Mi hija, con el gusto que tiene, se lo compró en la capital el otro día. Está preciosa, mírala qué clase. ¿Quieres una caña de crema, cariño? —La chiquilla asintió con timidez—. Para vestir bien hay que tener gusto… Y dinero. Esas que dicen que en el mercadillo hay ropa buenísima, qué se creen, ¿que somos tontas? Es ropa mala, infectada, sin gusto. ¿Cómo va a estar nadie bien con un vestido robado? ¿A quién quieren engañar? A mí no, desde luego; si llevan esos zarrios es porque no pueden comprar nada mejor.

La mujer del alpargatero recogió su compra, pagó en efectivo y abandonó la pastelería preocupada, no tanto por la droga que invadía el pueblo como porque no encontró a nadie afuera con quien comentarlo.

 

Tote nunca había sido espabilado, popular ni divertido. Era un mozo más del pueblo, insulso, prescindible, hasta que la hija de los pasteleros le tiró los trastos tras desengañarse con Paquillo, que le fue infiel con medio pueblo antes de que la Pastelerita lo sorprendiera bombeando afecto y semen en el monte… de la última reina de las fiestas. Ernestina, su madre, difundió una versión mucho más amable de los hechos, pero la noticia se extendió por toda la comarca. El caso es que a Tote, que no conocía mujer salvo por sus habituales visitas a Ciengustos, un villorrio próximo con iglesia, restaurante y cuatro casas levantadas en torno a un club de alterne, el noviazgo le hizo bien. Se centró en la empresa de su padre, prosperó y se mereció un buen sueldo con el que, dos años más tarde, abrió una cuenta vivienda pensando en el futuro.

—Siéntate a comer —le dijo la Pastelerita sin soltar la sartén con las patatas.

—Estoy cansado, casi no tengo hambre —se justificó él, camino del sofá, donde se repanchingó mientras trataba de encontrar los canales deportivos de su televisor—. ¿Dónde están las niñas?

—La pequeña se ha quedado en casa de mi madre. La otra… ¡se ha ido de fiestas con unos sinvergüenzas! Que no viene a comer, me ha dicho por teléfono hace un rato. Ni ha dormido aquí, siquiera. Tienes que hablar con ella, a mí no me hace caso. Y esas pintas que lleva, siempre de negro, que parece un cuervo, con lo estilosa que es y ese aspecto de salvaje.

Tote bizqueaba. La voz de su mujer, ahogada por la excitación y por un par de tabiques, le llegaba tan lejana que casi no la oía. Se acomodó contra el reposabrazos, cerró los ojos solo un poco, hablaría con la niña, la mayor, su favorita…

—¡Robeeeeertooooooooo!

Se incorporó sobresaltado. Ella no le habló más en toda la tarde.

Poco después, a eso de las tres, recibió en el móvil la llamada. Tote respondió en voz baja, como la prudencia aconsejaba.

—Mañana a las nueve de la noche, en Prao de la Rasa —anunció su interlocutor—. Trae el dinero.

Nada más colgar fue al baño a refrescarse. El espejo le devolvió la envejecida imagen de sí mismo: cada vez conservaba menos pelo, profundos surcos grises empequeñecían sus ya de por sí menudos ojos, le blanqueaba la barba mal rasurada. Contempló las amorfas aletas de su nariz, con vello como alambre intentando abandonarla… y se evadió calculando el beneficio que podría sacar con esa entrega.

 

A las ocho menos cinco, mientras sus padres se reconciliaban con unos cuantos besos, Carolina abrió la puerta blindada, se trastabilló con el paragüero y apareció al fin, con treinta y cinco horas de retraso. Ambos salieron a recibirla. Su aspecto era asqueroso: lívida, sucia y como ausente, el pelo enmarañado, la camiseta salpicada de parduscos lamparones y esa inaceptable mueca de fastidio mientras respondía con monosílabos a sus preguntas.

—No puedo más, ¡estás borracha! —Clamó la madre al tiempo que las tripas de su hija redecoraban el salón con una masa fétida de bilis, cóctel de licores y tacos de jamón mal digeridos. Tote tampoco pudo más. Se abalanzó sobre la cría y le soltó dos hostias, la segunda al aire, pues la primera la lanzó contra el sofá como un fardo de estiércol, esparciendo aún más el revoltijo hediondo que vertía. El padre se arrepintió enseguida. Examinó el cuerpo caído con preocupación. Carolina estaba tan bebida que ya no recordaba. El padre acomodó a su hija en el sofá, mientras su esposa chillaba; después besó el rostro parecido al suyo, cerca de la sien, entre los tiznes de rímel y un salpicón de potada. Quería a aquella hija más que a nadie, a su manera, como le habían enseñado desde niño: sin exteriorizarlo para no mostrarse débil. Recordó su primera borrachera y la somanta que le dio su padre al otro día, la tremenda resaca envuelta en hostias con la que aprendió a no volver a casa en ese estado, a quedarse en la peña o en un coche hasta que la mona se pasaba. Eso fue antes de consumir cocaína.

—Son cosas de jóvenes, todos lo hemos hecho —le dijo a su mujer cuando la encontró llorando encima de la colcha, las pantorrillas asomando bajo el vuelo de la falda, la almohada cubriendo la mitad de su cabeza.

—No puedo con ellas, solo quiere hundirme. ¿Qué pensarán de mí en el pueblo? Que no me hago con ella. No sé educarla. ¿Has visto qué pintas?

—Ha ido de fiestas y se ha pasado con el drinking. Es la primera vez, también nosotros lo hicimos hace tiempo.

—Me está matando, Roberto. Y no le pido tanto.

 

En la tertulia del portal de la pastelería, Ernestina se había acomodado en su hamaca preferida. La acompañaban las vecinas habituales y una forastera que había entrado a comprar pastas y, bulo va, rumor viene, se había incorporado al corro. Soni y otras niñas jugaban en la acera a tú la llevas.

—El pueblo está lleno de droga —afirmó la señora Tomasa con su voz débil, como pidiendo disculpas por intervenir en la tertulia.

—Los jóvenes de ahora son muy vagos —moralizó la pastelera—. No quieren trabajar ni hacer nada, sus padres los dejan, y mira lo que pasa. Hay que saber educarlos, hay que estar encima de ellos día a día, llevarlos rectos, darles ejemplo…. Cada cual tiene lo que se merece.

—Antes o después la tortilla da la vuelta. —Sus refranes siempre interrumpían, pero Dionisia era insustituible en el corrillo porque vivía frente al pub y entretenía el insomnio detrás de las persianas—. Pues ayer tu nieta andaba fina —añadió con retintín impropio en ella, más fruto del husmeo que de la mala intención.

—No digas bobadas —reaccionó la pastelera con aplomo—. La pobrecita lo ha aprobado todo con unas notas que ya las querría para sí el Alguacilito, por muy portento que es. Mi nieta salió a divertirse, pobrecita mía, y como con tantos exámenes estos días no ha comido nada, le sentó mal la cena, los humos, como no está acostumbrada, y se mareó un poquito. Mañana irán al médico. A uno privado de la capital, una eminencia, que para eso tienen el seguro. Es carísimo, pero merece la pena: la salud es lo primero. Y además, como pueden permitírselo, la mirarán de arriba a abajo por si necesita alguna vitamina. Si tú tuvieras uno —escupió la frase, rencorosa— ya te habrían operado las varices. ¡A saber cuándo te llama la Seguridad Social! Siempre dejan para el final a los más viejos…

Dionisia se calló, dolida, y aprovechó la despedida de la forastera para marcharse también. Pasó la noche detrás de la persiana, con la esperanza de volver a ver a la hija de la Pastelerita borracha o mal acompañada.

 

A partir de las ocho y media la oscuridad convertía el monte en un lugar inhóspito, poblado de sonidos sobrecogedores y sombras inquietantes. Tote había ocultado el coche entre unos pinos tras el cementerio, justo antes del desvío. Llevaba una linterna pero no la usaba; no quería exponerse a ser visto por nadie. Avanzó por el pinar hasta Prao de la Rasa, miró a su alrededor sin encontrar a nadie salvo, quizá, alguna ardilla noctívaga saltando entre las copas. Aguardó como un camaleón, invisible en medio de la noche. El monte estaba seco, hacía meses que casi no llovía; temió que todo pudiera arder un día, como estaba pasando en media España. Con estas reflexiones dominó sus ansias de fumar hasta que llegó el contacto, puntual entre las sombras. No hubo saludos; eran hombres de negocios, no chismosas de Terruño.

—¿Has traído el dinero?

—Aquí está. —El lugareño señaló su riñonera; el otro aguardó paciente, contó el fajo y lo introdujo en la cartera, satisfecho.

—Toma lo pactado. Es muy buena, vas a sacarte una pasta.

Después, como hacía en cada entrega para complicar el trabajo de los guardias si era sorprendido, Tote ocultó bajo el calzón las bolsas con la cocaína.

—Vete tú primero —ordenó el proveedor por despedida.

El de Terruño obedeció, sumiso. Caminó hasta el coche, lo puso en marcha sin las luces y circuló despacio hasta la carretera. Una vez allí encendió las cortas y regresó al pueblo. Aparcó cerca de casa, paseó hasta el cobertizo donde sus padres guardaban la leña, abrió el candado con cuidado, cerró la puerta tras de sí y escondió todas las bolsas, menos una, en la oquedad que había al fondo de los leños. Tapó el agujero, abrió la puerta, removió varios maderos como si estuviera decidiendo cuál llevarse y se encaminó hacia casa, más relajado pese a la desagradable sensación que el roce de la droga embolsada causaba en sus testículos.

 

Las bodas en Terruño solían convertirse en fiesta para todos: el salón del Ayuntamiento se llenaba de mesas, ornamentos y trabajadores de la capital; las calles se poblaban de forasteros trajeados y terruños disfrazados de elegancia que ofrecían nuevos temas de opinión a las vecinas, las cuales aguardaban cerca de la iglesia para jalear, y comentar, la llegada de los novios. Por la tarde, durante el banquete, las terrazas de la plaza se ambientaban como nunca: los lugareños disfrutaban observando el deterioro de los invitados, conforme los empachos, la bebida y el cansancio hacían mella en ellos. Si el tiempo era propicio, el baile se celebraba en esa misma plaza y todos se sumaban a la fiesta, de tal modo que no era infrecuente ver danzar el elegante esmoquin del padrino junto a la bata abolisada de una abuela.

Aquella era una boda de alto copete. Las familias de los novios manejaban pasta, la orquesta era vistosa y el catering magnífico. Entre los invitados había hijos de empresarios, estudiantes de derecho, unos cuantos médicos e incluso una opositora a judicatura, panzuda y desgarbada, que lucía un provocativo escote rojo. Nada de eso pasaba inadvertido a la Pastelerita, mucho menos a su madre, acompañadas como estaban por Tote y sus dos hijas.

El hombre estaba tenso. Para él no era domingo, iba a hacer negocios. Pronto recibió en el móvil el mensaje deseado.

—Enseguida vengo.

Se apostó en la fachada trasera del salón, frente a la churrería, y aguardó allí apenas un minuto. Genaro, viejo conocido y eficaz colaborador, llegó seguido de Cazaconejos, el Sera y dos más de su peña.

—Estos chicos quieren —informó Genaro entre susurros.

—Pásanos unos tiritos —medió Cazaconejos en voz alta, tan bocazas como siempre—. ¿Es buena?

—Cojonuda —respondió Tote con desdén—. ¿Cuántos gramos?

—Tres verdes. Aquí tienes.

El traficante miró dos veces a ambos lados antes de coger, disimuladamente, su dinero.

—Enseguida vengo —avisó como un dictador a sus secuaces.

Genaro ordenó a la cuadrilla que volvieran al baile, él los buscaría para hacer la entrega. Cazaconejos protestó por pura inercia; el Sera estaba de bajón, el pedo de cubatas le había caído mal y andaba adormilado; los otros apenas se enteraron de nada. Dejaron en grupo la calleja, se abrieron paso entre los corros de curiosos que escudriñaban el baile desde afuera y sintieron al entrar una desagradable atmósfera de efluvios. Marcharon a la barra e invitaron a Genaro a otro gin tonic.

Su móvil sonó antes de acabarlo.

—Nos vemos en el baño —advirtió a los otros. Después salió, escondió los gramos que Tote le había dado en la calle Monteblanco, volvió al salón y se encerró en el lavabo con los chicos.

Cazaconejos, veinteañero y farrucón, preparó la cocaína con dedos de experto. Esnifó de urgencia, ris ras, visto y no visto, antes de pasar a sus colegas la improvisada bandejita de cartón y el billete enrollado de cinco euros.

El Sera tardó más en tomarla. Mientras la mezcla destrozaba sus neuronas, el exdeportista se agitó, cansado todavía, sin más sensación física que la de haber tomado polvo, pero convencido de que la euforia no tardaría en rescatarlo. Los otros consumieron sus tiros y pasaron el último a Genaro, una comisión que no era obligatoria pero sí recomendable. El intermediario ya había sacado un cigarrillo: lamió la zona superior del papel de arriba a abajo, lo giró contra la cocaína, hizo presión y volteó el conjunto lentamente, cuidando que las motas blancas adheridas al papel permanecieran en su sitio. Saboreó la calada y la cara estupefacta de los otros.

—¿Queréis un poco? Así también está muy buena.

 

—¿Sabes quién se droga? Manuelo, el hijo del alcalde. Me lo ha dicho mi madre. Qué escándalo, cómo está Terruño. Todavía no ha cumplido quince años y ya lo vieron en un coche el otro día. ¿De dónde sacará el dinero? Igual roba a sus padres… —Tote la oía de fondo mientras trataba de escuchar los deportes en la tele. Las niñas estaban en sus cuartos, pronto cenarían; él intentaba relajarse tras una intensa jornada de trabajo, pero se lo impedía el soniquete protestón de la parienta—. Y en cuanto a tu amiguito… ¡menos mal que lo han pillado! Ya te dije yo que no fueras con él, que no era trigo limpio.

Al marido dejó de interesarle el último entrenamiento madridista y marchó con rapidez a la cocina.

—¿Qué dices que ha pasado?

Los civiles han ido a casa del Genaro y han encontrado droga. Se lo han llevado preso esta mañana, me lo ha dicho mi madre, se lo ha contado Dionisia, la que vive frente al pub.

Tote tragó saliva, confundido. Era un amigo, no largaría. Ni siquiera le había pasado cocaína en las últimas semanas. Pero las piernas le temblaron al imaginar que los civiles registraban su escondite. Se sirvió un palmero de vino, su esposa lo miró extrañada, y regresó al salón para bebérselo de un trago. Casi no durmió en toda la noche. No se tranquilizó hasta por la tarde, cuando el alcalde le contó que los civiles habían encontrado éxtasis y marihuana en la despensa de Genaro.

—A ver cómo vuelve ese de la cárcel —se despidió el edil, atusándose las cerdas del bigote que el tiempo, y las desgracias, habían clareado.

De regreso a casa, Tote meditaba si debía deshacerse de la cocaína o dejarla reposar durante un tiempo. Eligió esta opción, más rentable para su bolsillo. En ello andaba cuando sorprendió a su hija en la calleja de Monteblanco, entre orines y escombreras, achuchándose con alguien. Se hizo el loco por instinto, quince años era edad bastante para andar festejando. A mitad de calle lamentó no haber identificado al casanova, estuvo tentado de volverse, pero vio el todoterreno de los guardiaciviles doblando por la iglesia y continuó avanzando sin levantar sospechas.

 

Al cabo de dos meses la vida de Terruño estaba, otra vez, normalizada. Genaro cumplía condena en Zaragoza, se había comido el marrón solo; la Pastelerita se mostraba mucho más amable y zalamera con Tote desde que este la había regalado un monovolumen. La hija mayor no hablaba mucho, iba a su aire, pero al menos no regresaba bebida, quizá tenía novio o había madurado. Soni, la pequeña, apenas daba guerra, igual que los civiles tras la detención. La oferta de cocaína escaseaba, era un buen momento para vender la que guardaba a un mayor precio.

Como no estaba Genaro, el viernes se dejó ver por el pub. No encontró a Cazaconejos, pero el Sera se separó de sus colegas enseguida:

—¿Puedes pasarme?

Tote miró hacia el baño, en donde hicieron el canje. A los diez minutos salió con el dinero en la cartera, disimulando, mientras el Sera se preparaba su consumo sobre la cisterna. El camello se instaló en una zona oscura de la barra; aún era pronto, podían llegar nuevos clientes. Se emocionó al verla entrar, impresionante, con un vestido corto negro que no le conocía. Carolina, la hija de la Pastelerita, se acercó a su padre y le dio un beso. Hablaron sobre nada un par de minutos; él la invitó a un refresco, ella volvió con sus amigas, algunas de las cuales escondían sus cigarros. Tote prefirió marcharse a otro garito, así que no vio al Sera con su hija, manoseándola, besándola y marchándose con ella a un sitio oscuro.

 

—Serafín es un gran chico, de muy buena familia. Uno de sus tíos es íntimo de Barrachina, el constructor, el que hizo el pabellón. Trabaja en el monte, con lo joven que es y ya gana un buen sueldo. Mi nieta se nota que lo quiere. —Desde que Carolina había bajado en los estudios, amén de presumir de tren de vida, Ernestina hablaba siempre del novio de su nieta, el Sera, en su opinión el muchacho más apuesto, trabajador y deportista de Terruño. El noviazgo se había afianzado y, aunque él era mayor y más vivido, su padre tenía dos camiones; su madre, la peluquería, y su hermana se había casado en Barcelona con un director de hipermercado. Ya no recordaba sus críticas al chico en ese mismo corro, por ser amigo de Cazaconejos, futuro delincuente si Dios no lo evitaba, o por frecuentar el club de Ciengustos, donde las malas lenguas lo habían situado varias veces. A la pastelera jamás le había interesado el fútbol, pero ya que el Sera había destacado en juveniles, e incluso tuvo ofertas para irse a jugar fuera, Ernestina aprendió lo suficiente para describirlo ante las otras como un auténtico Messi.

Toda la familia asumió el bajón en los estudios como una consecuencia pasajera de la pubertad. La abuela justificaba a Carolina ante su madre, la Pastelerita, recordándole una y otra vez el curso que perdió por culpa de Paquillo. Tampoco Tote, absorbido como estaba por sus negocios, se planteó causas mayores. La Pastelerita, que en eso sí que era moderna, habló con la chavala y le ofreció condones; la hija los cogió con algo de vergüenza, la misma que no tuvo al dárselos al Sera y ridiculizar juntos los consejos de su madre.

No hacían mala pareja. Él era guapetón, atlético y callado… excepto cuando trasnochaba, lo cual, por otra parte, cada vez pasaba más. En cuanto abandonó la estética siniestra, la hija de la Pastelerita se convirtió en una moza apetecible: menuda, sensual, extrovertida. Nadie cuestionaba aquella relación, ni siquiera cuando los sorprendían poniéndose las botas en la calle Monteblanco o marchándose hacia el monte a horas nada tempestivas. El Sera seguía consumiendo, pero era listo y muy discreto: solo sus proveedores, y los colegas con los que se ponía, sabían que lo hacía. Nadie sospechaba de él, ni siquiera Dionisia, por mucho que lo vigilaba a través de las persianas.

Entre tanto, Tote había incorporado a su negocio los trucos del oficio. Mezclaba la cocaína con otras sustancias de mucho menos coste, lo que le permitía vender más pagando menos. Había elegido un par de colaboradores, Cazaconejos era uno de ellos, así que ya no aparecía nunca en las entregas, dejaba que los otros corrieran ese riesgo. Sin embargo, o bien no imaginó que sus secuaces también cortaban el perico, o bien no quiso hacerlo, el caso es que los terruños que andaban metidos en la mierda empezaron a meterse más y peor mierda. Los pequeños imitaban a los más mayores, había críos con doce años que ya habían probado el polvo blanco; de hecho era difícil resistirse, pues cada vez más los no consumidores eran considerados raros en sus cuadrillas.

 

—¿Qué sientes al tomarla? —Le preguntó Carolina a bocajarro, mientras acariciaba la mandíbula cuadrada del muchacho.

—No quiero hablar de eso —protestó él, agobiado, mirando alrededor para descartar que alguien pudiera haberla oído.

—Eres mi novio, Sera, quiero saberlo. —Se le arrimó, zalamera, poniéndolo cachondo—. ¿Es tan bueno como dicen?

—Pillas un pedo del carajo, eso es todo. Si estás de bajón vuelves a animarte, te dura más la marcha —viendo la expresión embelesada de su novia, el Sera recuperó el tono seco del principio—. ¡No se te ocurra probarla, ¿entiendes?! Acabarías enganchada. Hay que tener muchos huevos para controlarlo, algunos van todo el día histéricos si no se meten nada. Con uno de los dos es suficiente, ¿entiendes? No quiero que la pruebes.

Recibió un morreo que lo dejó sin aliento y supuso que la había convencido. Cuando las lenguas se volvieron una, sintió su miembro erecto, se miraron cómplices y marcharon en busca de un lugar menos concurrido.

 

Durante las fiestas del patrón, la juventud de Terruño dormía en casa de sus padres una sola noche. Antes de acostarse, metían en la lavadora el hediondo uniforme de peñista, pedían más dinero, mal comían cualquier cosa y regresaban a la juerga al otro día más limpios por fuera e igual de sucios por dentro, intoxicados todavía de cansancio, agitación, excesos y guarradas. Carolina no fue una excepción. No bebas cubatas, nena, le dijo la Pastelerita, más permisiva al ser fiestas. Su hija salió cerca de las nueve, había dormido diez horas en tres días, le dolía la cabeza y arrastraba los pies, desanimada. Desde el pregón no había visto al Sera más que en un par de ocasiones, era costumbre en Terruño que las parejas se lo montaran por su cuenta en estas fechas. Se cruzó con su padre en el rellano; él la abrazo brutote, pero tierno, e intercambiaron una sonrisa de esas que sustituyen a una conversación de las de antes.

—¿Vienes del monte? —preguntó al ver dos dedos de barro en las botas de su padre.

—No —mintió él, titubeante.

Carolina ya no lo escuchaba. Cerró la puerta y avanzó deprisa hasta su peña, un tosco habitáculo hecho con maderos de cuyo techo colgaban dos bombillas sucias y varias telarañas. Había tomillo en las paredes, el olor habría sido bueno si nadie hubiera vomitado en el tresillo. Pese a la precariedad y el mal aspecto, la cámara enfriaba y estaba bien provista de refrescos, licores y vino de garrafa. En el improvisado mostrador había un porrón con calimocho y media docena de colillas. Sus amigas le sirvieron un whisky con cola. Bebió tres tragos rápidos para entonarse. Le apetecía ver al Sera, darle un beso o algo más; las otras le dijeron que lo habían visto bailando por la calle con seis o siete amigos. Corrió el porrón y el caldo le supo a medicina. Contuvo un par de arcadas, pero no el escalofrío. En estas llegó él riendo a carcajadas, presumiendo de no haber dormido aún en todas las fiestas.

—¿Qué tal lo llevas, Carolina?

—Un poco cansada. A ver si pillo el ciego y me animo un poco.

—Nos vamos al baile —avisaron sus amigas—. ¿Venís?

—Acabo de llegar —protestó Cazaconejos.

—Me acabo esto y cierro —medió, conciliadora, la hija de la Pastelerita.

—Yo la protejo —apostilló el otro haciendo sonreír a las peñistas, las cuales se fueron tranquilas por dejarla acompañada del mejor amigo de su novio.

Compartieron un silencio pesado hasta que Carolina se atrevió a expresar lo que le rondaba desde que lo vio:

—¿Qué se siente la primera vez?

—¿Aún eres virgen? —respondió él guasón, ganando tiempo.

—Solo de una cosa. —Estalló en una risa amorfa, desproporcionada—. El Sera es mucho Sera, no te equivoques. Quiero decir qué se siente la primera vez… que tomas coca.

—No puede explicarse con palabras —la miró muy serio—. ¿De verdad quieres saberlo?

Ella apuró el cubata y asintió nerviosa. Él pareció dudar, vio la puerta abierta, se levantó a cerrarla y arrastró un sofá contra ella para bloquearla. Después se sentó a su lado. Siempre le había gustado aquella tía, sobre todo desde que Serafín iba con ella. Se recreó admirando sus encantos, no había retorno, estaba decidido aunque después se arrepintiera. Pensó en las comebolsas de la capital, capaces de liarse con cualquiera a cambio de unos tiros. La vida da solo una oportunidad, se convenció tras recorrerla de nuevo con ojos pervertidos: los pechos apretados bajo el suéter, el ombligo desnudo, la goma de la braga asomando por detrás, anticipando el culo respingón que tanto le ponía. Ella bebía otra vez whisky.

—¿De verdad quieres saberlo? —insistió.

La secuencia posterior se sucedió a gran velocidad, como cuando avanzas la película en el DVD viéndola en pantalla. Una tentadora bolsa blanca encima de su muslo. La experiencia de Cazaconejos distribuyéndola en rayas, la música de la verbena tan lejana, la cánula dispuesta, su voz asegurándole que no pasaba nada, las botas embarradas lo mismo que su padre, la curiosidad, el miedo, la magia de lo prohibido. Y el brazo masculino rodeando su cintura.

—Es muy fácil, yo te enseño.

La torpe inhalación primera, la sensación de tiza, de nuevo su insistencia, el segundo tiro, la euforia desmedida, las ganas de bailar, saltar y hacer de todo. Los chistes absurdos y las risas locas. El whisky vacío, sus manos veloces, las ganas de follar, de divertirse. Los brazos de él, peludos, vigorosos; su bulto en la entrepierna cada vez más duro, el beso inesperado, el chapoteo de lenguas alocadas, la excitación salvaje, desmedida; las manos al alto y el suéter saliendo, sus dedos palpándole las tetas, las ganas de reír, de hablar, de ser tomada. Los cuerpos desnudos rodando por la mugre igual que cucarachas. Un botellín roto, de nuevo risas. Las embestidas brutales. El primer orgasmo, el semen de él llenando su vagina; de nuevo otro cubata y carcajadas, las ganas de juerga, otro par de tiros, unos cuantos besos y el recorrido abrazados por el pueblo, sin inhibiciones, pasando de alcahuetas, del Sera y de sus padres. Gritan, saltan, se magrean. El novio que los ve y también va puesto. ¡Qué coño hacéis! La bronca, los insultos, la pelea. Cazaconejos cae al segundo puñetazo; el Sera corre a pisarle la cabeza, pero la hija de la Pastelerita se interpone, varias vecinas han salido en bata. Dionisia observa detrás de sus persianas. El Sera insulta a la chavala, ella se ríe hiperactiva, lo increpa y lo acaricia alternativamente; él está de espaldas al caído, que se incorpora traidor, toma impulso y salta sobre Serafín igual que un cafre. Se estampa su cabeza contra el suelo y el otro lo machaca tres, cuatro, hasta seis veces, dejándolo inconsciente en un charco de sangre. Ella no controla. ¡Vamos a follar!, dice alucinada. A Cazaconejos no le preocupa el daño que ha causado: se encara a las vecinas, las insulta, suelta un par de leches al aire y echa a correr junto a la cría, que lo lleva a la calle Monteblanco. Refocilan hasta que los guardias se presentan escoltados por una horda de vecinos. Cuando esposan a Cazaconejos, que se resiste con violencia, el organismo de la chica estalla y cae fulminada sobre un charco de orines.

La ambulancia llega al mismo tiempo que su abuela, la pastelera Ernestina, a la que Dionisia ha avisado por teléfono. El Tote y la Pastelerita acuden enseguida, en pijama y despeinados, abochornada ella, estupefacto él. Los médicos trabajan rápido para salvar ambas vidas, una en cada calle. El Sera es fuerte, pero su cerebro está tocado por el brutal impacto y no recupera la conciencia. Carolina yace inerte, no responde, y todos los vecinos temen lo peor.

Loco de rabia e impotencia, el Tote se acerca al coche de los guardias y encuentra esposado a Cazaconejos, mirando al infinito.

—¿Qué le has dado? —grita encabronado—. ¿Qué le has dado, mamón, tú qué le has dado?

El detenido, en blanco todavía, reconoce al Tote y le dedica un gesto cómplice, parejo al que le dirigió en Prao de la Rasa después de recibir su mercancía.

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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