El clásico monstruo

Los clásicos no descansan. En el silencio de la noche, cuando el haz de mi linterna es el único aliado en una instalación vacía y apagada, ellos me observan, vigilan mis pasos con la imparcialidad del universo. En su interior siempre hay ojos atentos, emociones condenadas a la eternidad, perspectivas cautivas e inquietantes claroscuros. Lo mismo que en mi vida. Las nuevas creaciones son distintas, a fin de cuentas siguen siendo jóvenes; desaparecen en la oscuridad como televisores de plasma en los almacenes de un hipermercado. No me gusta el arte actual, apenas lo entiendo; un macetero, un celofán o una bayeta me producen las mismas sensaciones, la edad cobra estos impuestos. Sí entiendo a los clásicos, me gusta admirarlos, sentir la emoción a pinceladas, interpretar sus historias cercanas a la mía, dramáticas, rotundas… desgarradoras como el diagnóstico de los oncólogos que atendieron a mi esposa.

Ahora estoy solo. No solo en este museo que hace para mí las veces de oficina, posada y purgatorio; estoy solo en mi historia desde que la perdí aun antes de su muerte, cuando el sufrimiento fue tan grande que la morfina la mantuvo muerta en vida, indolente al menos, hasta el estertor definitivo. La acompañé entonces, ese es mi consuelo. Pero la vida no es un telefilme americano que asigna al buen hacer felices desenlaces. Tras el entierro, cuando intenté centrarme en otras cosas para entretener su ausencia, comprendí que nada me quedaba salvo una casa infestada de recuerdos. Dejé mi empleo para estar con ella, gasté nuestro dinero en tratamientos inútiles, mi energía en noches iracundas, plegarias descreídas y cuidados intensivos. Vinieron los amigos a arroparme. Llegaron a hacer guardias en mi casa, turnos de noche para no dejarme solo, sin importarles que yo quería estarlo. Sus esfuerzos me enquistaron los recuerdos, cada vez más dolorosos. Así que me marché. Empecé de cero. Cambié de ciudad, de oficio, de ropero. Ahora duermo por el día, como, transito la existencia. He alquilado un piso con rellanos sucios y vecinos anónimos a los que evito. De noche vigilo, permanezco alerta, hago mi trabajo acompañado de la oscuridad, el silencio, algún que otro crucigrama y mucho miedo, un miedo terrenal, si acaso físico, que aleja de mi mente el terror vívido, irremediable, de quien presenció impotente la agonía de su amada. Durante mis rondas me arrullan las voces del silencio, entrañas entrañables de la soledad y el desconcierto. Ella está conmigo, la siento en cada recorrido, en las lámparas que oscilan, en los corredores nada acogedores, en el hogar vacío cuando vuelvo a casa, mohíno y destemplado.

Y, por supuesto, están los clásicos. Con ellos hablo, lloro, río… y en ellos la contemplo. Porque más que en ninguna otra cosa, mi mujer está presente en esas obras de arte.

 

La noche de autos parecía sacada de un relato de misterio: el viento arañaba las gargantas; no había luna, solo su vacío en un cielo negruzco con bruma londinense y rumores procedentes de no se sabe dónde, que invitaban a pensar en males y torturas. No puedo asegurar que fuera así la noche, pero la sentí de esta manera mientras avanzaba por la galería principal hacia el ascensor, en la primera de mis rondas de rutina, y oí algo parecido a un suspiro ahogado, que hubiera pregonado el desamor en tardes soleadas, pero no en ese lugar ni a tales horas.

Aguardé inmóvil, deseando convencerme de haberlo imaginado. Surgió de nuevo esa respiración cansina, neutral, sin artificio. Un sonar de pasos. Dudé entre avisar a la central o averiguar qué sucedía. Caminé despacio. Oí un nuevo bufido. Había alguien, o algo, en la sala de Contemporáneo. Tragué saliva, recuperando parte de mi temple con la certidumbre del problema. Dejé atrás el ala de Vanguardias y llegué hasta la tercera galería, que acogía las exposiciones temporales. Tapé la linterna para preservar el factor sorpresa y me acerqué en penumbra, decidido a descubrir a lo que fuera, animado de nuevo por una de esas ilusiones vanas que me acompañan hace tiempo: albergué la esperanza de encontrarla allí, radiante como antes de la enfermedad, siempre encantadora. Y, tontería o no, en aquel momento, el más inquietante en tres años de servicio, por vez primera dejé de tener miedo.

Abrí la puerta y me encontré sus ojos, enormes, asustados, clavados en los míos.

 

—Hipertricosis —anunció Mundo Ramírez al reponerse del susto, mucho antes que yo, con una cortesía irreprochable. Su voz sonaba cálida, amable incluso, en nada amenazante. El haz de mi linterna lo cegaba, así que había levantado una de sus manos para protegerse. En ese instante aún era para mí una mancha oscura con ojos gigantescos, blancos como luminarias. Yo también debí de serlo para él. Permanecimos inmóviles el uno frente al otro, emulando a las estatuas que nos rodeaban. Dirigí de nuevo mi linterna hacia ese rostro oscuro: encontré unos labios gruesos, carnosos, y un poso de relajación en su mirada, como si se enfrentara a una situación ya conocida.

—Qué idioma hablas —dije aturullado. Me devolvió una risotada recia y amistosa, a la que siguió una explicación insuficiente.

—Hablo español, soy mexicano —el silabeo lo corroboraba—. Me llamo Mundo Ramírez, obra de arte, para servirle a usted y al mundo.

Era un chiflado. ¿Quién si no se cuela en un museo en plena noche? Giré hacia mi derecha lentamente, para no sobresaltarlo, mientras él volvía a repetir esa palabra indescifrable: hipertricosis.

—¡No se mueva! —Le ordené antes de encender las luces y chillar como no lo había hecho desde niño, cuando mi abuelo me contaba historias de licántropos y balas de plata en las noches estivales de Galicia.

Nunca dejará de avergonzarme aquella incontrolada reacción primera. Mundo aceptó mis disculpas posteriores, estaba acostumbrado, y asumió el esfuerzo de convertir en palabras el terror que reflejaba mi rostro:

—Le parezco un monstruo, un ser maligno y agresivo. Una terrible amenaza, quizá la definitiva. —Intercaló una pausa teatral y prosiguió, pausado, rozando la dulzura—. Pero solo soy distinto, irrepetible, Nunca he sido de otro modo. Mi diferencia asusta, marca distancias; pero le juro que si existiera para ella algún remedio no lo elegiría. Yo soy así.

Su rostro me tenía hipnotizado. Poblado totalmente por pelos negros, densos, largos y apretados, parecía el lomo de un animal salvaje. Sus facciones permanecían ocultas bajo aquel manto lanudo, la máscara congénita que no dejaba al descubierto ni un solo milímetro de piel, apenas ambos ojos, los gruesos labios y un inquietante corro en la nariz, tal vez la punta, enfatizando la naturaleza humana aplastada por la mata, con ello, su desgracia.

No sé en qué momento dejé caer el comunicador haciéndolo pedazos. Cuando Ramírez avanzó hacia mí e intenté usarlo, advertí aterrado que ya no lo tenía. Sentí su mano poderosa sobre mi hombro y pensé que al fin iba a reunirme con mi esposa, aunque, si soy sincero, lamenté profundamente hacerlo de ese modo.

Raimundo y yo bromeamos sobre nuestro encuentro al cabo de dos noches, pero en aquel momento le hubiera descerrajado dos balas de plata sin pensarlo, de haber tenido a mano una pistola y proyectiles.

—Le daré una explicación —dijo, amistoso, tras sugerir con amabilidad que me sentara. Acepté escucharle, pero de pie, junto a la puerta, para poder escapar con rapidez llegado el caso. De entre el matorral velludo emergieron unos dientes de spot publicitario: me tranquilizó comprobar que no incluían colmillos afilados. Y así, de aquella forma, sentado él en la bancada y yo con un pie y medio en el umbral, comenzó Ramírez su relato—. Nací en Zacatecas, una ciudad linda y agradable. Tenía dos hermanos: Ramón y Yuriza, tan… distintos como yo. A él lo asesinaron en la sierra. Los malvados dijeron a la autoridad que fue un error, un accidente, que lo confundieron con un perro salvaje. Eran cazadores influyentes, con poder, dinero y aspecto humano. No como mi hermano, con poco más que pelo. Nadie preguntó por qué ese bípedo andaba por la sierra a cuatro patas. O lo contrario: por qué un perro salvaje había decidido atravesarla sobre sus cuartos traseros. Ni siquiera lo hizo nuestra madre, por miedo a represalias. —Su charla conmovía por el pesar profundo, carente sin embargo de odio o de desprecio—. Yuriza también es especial. No se conoce la causa ni el tratamiento de la hipertricosis congénita generalizada, solo que se transmite a los tataranietos. En la mujer se manifiesta como un ligero manto de pelos menos llamativos que los nuestros, pero más peligroso en una sociedad machista e ignorante como la mexicana. La protegimos todo el tiempo, no siempre pudimos, hasta que el Danny’s Circus llegó en su rescate. Ahora es trapecista, está casada y es feliz con su distinto.

En este punto me miró desafiante, las palabras humanizaban su presencia y transformaban en interés todo mi recelo previo. Cada silencio prolongado, sin embargo, devolvía mi atención al negro aspecto; con él, al miedo.

Me sonrió como si supiera exactamente por dónde discurría mi discernimiento.

—Mi madre se fue a Dallas, nos crió mi abuela. No se lo reprocho, fue su elección y la respeto. La mía fue aceptarme. Quererme. Ser feliz. ¿Lo ve? Tiene ante usted a un hombre excepcional. Inolvidable. —Extendió sus brazos en signo de apertura, mostrando su gran tórax velludo y aquellas manos sorprendentes, menos peludas que el resto.

—Habla de su gente, no de usted. —Me animé a participar recogiendo la invitación de su mirada, que parecía conocerme desde siempre—. ¿Qué hace aquí? ¿Cuál es su historia?

—Este es mi sitio. Soy una obra de arte. Y tiene razón, no hablo de mí; no estoy aquí para hacerlo, estoy para impactar y que me admiren. —Abandonó su asiento, caminó en diagonal hacia el ángulo contrario, saltó el cordón de seguridad, abrió la puerta de una cámara y se metió en una urna transparente de dos metros de altura—. Necesito descansar. Mañana trabajo, vendrán a verme.

Y añadió, supongo que en consideración a mi expresión perpleja:

—Llame a la central, no se preocupe. Pregunte por Max Insto, quizá ya lo conozca.

Se tumbó en el suelo, formó un ovillo con su cuerpo y me dejó planchado, ridículo impotente vestido de uniforme.

No tuve opción: salí, atranqué la puerta y corrí pasillo arriba hacia Control. Telefoneé a la central, pronuncié ambos nombres —Mundo Ramírez, Max Insto— y aguardé con impaciencia una respuesta.

Nadie conocía a Mundo. Igual que para mí, era poco más que un nombre sin rostro. Sí me hablaron del tal Insto, un creador excéntrico y polémico que, tras exponer en el Moma, había conseguido un reconocimiento internacional tal vez inmerecido, pero incuestionable en el mundillo artístico.

—Mañana expone en el Museo —constató mi interlocutor en sus informes— Una muestra itinerante titulada… Dramateur. No pone nada sobre un hombre peludo —titubeó, prudente—. ¿Estás seguro? Igual era una estatua…

Ante lo inexplicable, el prójimo siempre reacciona tratando a los demás igual que a imbéciles. Como cuando anuncié, una y cien veces, que mi mujer iba a morirse y todos me decían que no podía ser. Como si el deseo pudiera deshacer la realidad. Como si la voluntad fuera más fuerte e influyente que el destino.

Sin embargo, lo que es es como es, no como queremos que sea. Piensen si no en Mundo Ramírez, velludo y diferente. Piensen en mí en aquel momento, desconcertado en la sala de control, vigilando por el monitor el cuerpo aletargado del licántropo, decidiendo si era oportuno dejarlo allí encerrado hasta que llegara el director por la mañana.

Es lo que hice.

Mi jefe, hombre discreto con aire despistado, barba lampiña y lentes redondeadas, montó en cólera al oírme:

—¿Cómo que nadie le ha avisado? —gritó moviendo sus extremidades como un pulpo agresivo—. ¿En qué cabeza cabe encerrarlo de ese modo?

Me fui a casa confuso, no tanto por la bronca —el director se disculpó enseguida, después de hablar con Mundo—, como por la constatada presencia de Ramírez en su urna. Pasé el día intranquilo, mal dormido y desganado, ansiando verlo de nuevo en el museo. Lo hice tras fichar al comenzar mi nuevo turno y revisar el informe de incidencias, tan vacío como siempre.

Lo encontré sentado en la bancada. Compuso una sonrisa acogedora y me animó a acercarme. Llevaba una llamativa cinta blanca en la cabeza, al modo de un rockero.

—Siéntese, amigo. Espero no haberle creado problemas con su jefe, le hablé muy bien de usted.

—Cuénteme su historia, por favor —le dije, agradecido—. ¿Por qué está usted aquí?

Me tendió una botella de tequila. Los amigos beben juntos, afirmó antes de servirme en tragos cortos la esencia de su vida.

—Soy poco hablador; introvertido, reflexivo, más bien tímido. No me considero un hombre enfermo. Mi vello empezó a crecer antes de la pubertad, y hoy cubre más del noventa por ciento de mi cuerpo. No me sorprendió, toda la familia lo esperaba. Me han operado tres veces, la última para quitarme la mata que tapaba el interior de mis orejas y me impedía oír.

“Nací hace veintinueve años en Zacatecas, una ciudad de hermosas calles, edificios coloniales y mal llamados hombres-lobo. Cincuenta casos en los últimos tres siglos. Mi madre no quería llevarnos a la escuela; entre mi abuela y mi hermano, al que mataron, lograron convencerla. —Recuperó el aguardiente y dio un trago desdeñoso que dejó cerco en sus bigotes—. Doy miedo a los niños, lástima o vergüenza a los adultos y morbo a algunas hembras. Soy hijo de Dios como cualquiera, no sé de cuál, tampoco importa. He sido pandillero, comediante, luchador y mujeriego. He odiado, sufrido y maldecido, pero jamás lloré, me avergoncé ni tuve miedo. Quizá una vez, cuando cierto policía me sorprendió en la cama con su esposa y desenfundó el arma reglamentaria. No tuvo huevos para disparar, salió corriendo al verme. Por mi armadura de pelo. Respeto su extrañeza, pero sepa que he tenido amigas, amantes y hasta novias, se sienten atraídas por mi aspecto. Será curiosidad, desviación, instinto o feromonas, pero no es tan infrecuente. Si encuentro a la persona idónea, tal vez tenga un hijo. Igual que ha hecho mi hermana.

Oírle producía en mí una proximidad especial, maravillosa, dulce, aderezada por el amargor vital del tequila compartido, más que como amigos como camaradas en este complicado oficio de existir.

—Y ahora, volviendo al principio —no recuerdo en qué momento pasamos al tuteo, quizá después del primer trago—: ¿todavía te preguntas qué estoy haciendo aquí? Soy excepcional. Quiero mostrarme. Impactar, ser admirado. Porque soy arte. No por mi aspecto, es mi naturaleza, sino por mi condición. Mi hermano me dijo cierto día: “Nada ni nadie puede impedirte ser lo que tú quieres”. Por eso estoy aquí, forjando mi leyenda.

Estaba todo dicho. Le correspondí con un abrazo franco, noté la esponjosa humanidad de su contacto, el aliento cálido, los efluvios tequileros iguales que los míos.

—He de hacer la ronda.

Dijo hasta mañana y regresó a su cámara, portentoso. Se acostó para sumirse en un sueño envidiable, libre de reproches, preocupaciones o lamentos.

 

Nuestro tercer encuentro comenzó siendo más lúdico —intercambiamos chistes, jugamos a las cartas, trivializamos—… hasta que le conté mi historia. No le resultó sencillo comprenderme. Desconocía el amor, el de verdad, el amor clásico, ese al que estás predestinado y dura siempre, hasta que muere el amante más longevo de los dos.

—Como si me depilaran por completo. —Acertó a decir al explicarle cómo me sentía sin mi esposa.

Entendió mejor la descripción del dolor, los tratamientos y el miedo. Me consoló cuando mi llanto dijo más que las palabras. Debimos de ofrecer una estampa memorable, abrazados en aquella sala oscura, dos monstruos llorosos liberados en aquel manso silencio.

Aquella noche, mientras lo observaba por el monitor, caí dormido. Disfruté de un sueño plácido, bonito, junto a mi señora. Ni siquiera desperté sobresaltado cuando el director me llamó desde la puerta. Rellené el parte de incidencias y salí a la calle con ganas de vivir. Me regalé un café con bollos en el bar de enfrente e hice tiempo leyendo los diarios antes de volver a mi museo, distinto de día, irrepetible. Subí las escaleras, recorrí la galería principal, dejé atrás el ala de Vanguardias y llegué a su sala. Leí el cartel: “Dramateur. Max Insto”.  Encontré obras que dormían por las noches: esculturas de implantes ortopédicos, collages de deshechos, un altar de lápidas y unas gigantescas cucarachas rojas, de forespán, colgadas desde el techo con alambres. Después vi a Mundo, inmóvil como un mimo callejero en ese recipiente transparente que lo hacía, si cabe, coherente con su entorno. No movió ni un músculo, estaba trabajando. Permanecí admirándolo hasta que los primeros visitantes dejaron sitio a los siguientes, y estos a otros, y estos otros, a su vez, a otros siguientes. Antes de marcharme me sumergí en sus ojos blancos, expresivos, tan humanos, y vi bajo su pelo un rostro hermoso de armónicas facciones, equilibradas proporciones, piel tersa de niño. Sentí su cálida sonrisa, apenas perceptible, el brillo en su mirada y, en ella, a mi mujer, su encanto, su tierna compostura.

Es admirable, pensaba al alejarme, seguro de que Mundo seguía de reojo mi partida.

Aquella tarde trasladaron la exposición a Barcelona.

Pero cada noche encuentro su sombra y su estirpe en el museo, al lado de mi esposa, mirándome en los clásicos.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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