Grítame que no te escucho

Vivimos sobrecargados de información, datos, noticias, opiniones, valoraciones, chismes, rumores, mensajes, contenidos de wasap y memes que somos incapaces de asimilar adecuadamente. El progreso, siempre maravilloso e imparable, nos ha colocado en un nuevo escenario que exige unos niveles de comprensión y sentido crítico incomparables.

Internet, esa herramienta valiosísima e insustituible para la población actual, cuyas ventajas y posibilidades son innumerables, es también un magma de contenidos indiscriminados que entremezcla verdades objetivas con verdades a medias, opiniones personales con o sin criterio —ya sean meditadas, malintencionadas o vomitadas—, insinceridades y mentiras plenas que debemos aprender a distinguir, interpretar y administrar.

Los servicios secretos de las potencias mundiales tienen claro que estos contenidos y este canal de comunicación —internet y sus redes— son esenciales para manipular a las masas, dirigir la opinión pública e impulsar cambios, revoluciones e involuciones en los países y mercados del mundo. Los rusos pudieron haber alterado las elecciones norteamericanas y contribuyeron a la inesperada victoria de Donald Trump frente a Hillary Clinton. Más recientemente, todo indica que han tenido mucho que ver en la mediática presencia del independentismo catalán en las Redes mundiales.

Lo que nos faltaba. Somos más vulnerables que nunca. Porque nunca hasta ahora habíamos sido tan crédulos, ávidos y dependientes de la información que nos envuelve. Podemos encontrar cualquier dato en tres segundos; pero tardaríamos semanas o meses en comprobar su validez. Por eso, tendemos a sustituir calidad crítica por otros parámetros cuantitativos: si aparece en muchos sitios, si lo repiten mucho, si ocupa un lugar preferente en los buscadores, será porque es verdad.

Y esta equivocada actitud se está extendiendo a la comunicación interpersonal face to face, cada vez más depauperada y arrinconada por la online. Tendemos a escuchar poquísimo: nos cuesta concentrarnos en las voces ajenas y, desde luego, somos progresivamente menos capaces para mantener conversaciones sanas, en las que emisor y receptor intercambian sus roles comunicativos con naturalidad, sinceramente, en beneficio de todos y de la verdad. Comunicar es poner lo propio en común. Pero lo propio no son los memes o chistacos que hemos recibido en nuestros grupos del WhatsApp, sino los contenidos que hemos interiorizado, los que nos diferencian de los demás, aportan una mirada original, sesuda, reflexionada e inteligente, que alimenta y contribuye a mejorar el espíritu crítico de nuestros interlocutores.

Todo lo contrario de lo que ocurre en los coloquios radiotelevisivos, donde prima el principio opuesto: “¡Grítame que no te escucho!”.

Como si decir las cosas a menudo, o más alto que nadie, diera la razón.

No es verdad. Pero llevamos camino de que termine siéndolo…

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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