Cataluña y los ‘flequillos’ independentistas

Ni los guionistas más veteranos de La que se avecina podrían haber imaginado unos acontecimientos tan convulsos, alocados y caóticos como los que nos estamos encontrando en la deriva independentista de nuestra querida Cataluña. Es verdaderamente inconcebible lo que ha estado —y sigue— sucediendo, y aunque estamos saturados de esteladas, flequillos cuatribarrados y bravuconerías soberanas, me he decidido a escribir unas cuantas líneas al respecto.

Voy a hacerlo a bote pronto y sin ahondar en el principal origen del problema: el lavado cerebral que la Generalidad y sus secuaces han venido haciendo por medio de mentiras, manipulaciones y mensajes unidireccionales desde las televisiones y los colegios públicos que, todo sea dicho, pagamos entre todos.

Voy a centrarme en lo reciente. Los últimos acontecimientos ocurridos y la sensación de improvisación, neurosis y huida hacia delante que reflejan. Quizá sea esta una hipótesis equivocada, pero me da en la nariz que los Puigdemont y compañía no pretendían llegar tan, tan lejos. Simplemente, se vieron incapaces de frenar a tiempo su fuga hacia delante con posibilidad real de salir airosos de ella.

Para mí que cometieron un error de cálculo al planear su enfrentamiento con el presidente español, el pacientísimo Mariano, y este terminó quebrándoles, probablemente sin pensarlo, la razón de su estrategia. Pensaban que su órdago al Estado sería abordado por Rajoy mucho antes, frenado en una negociación de la que pretendían sacar una jugosa tajada —como las instituciones catalanas siempre han sabido hacer— para después continuar medrando en sus poltronas como adalides del interés nacional de la senyera y sus gentes. Pero, oh, lo inesperado: Mariano Rajoy no actuó como pensaron. Se limitó a esperar. Aguantó y aguantó mientras los hechos y las amenazas se iban consumando: el no-referéndum, la no-declaración de independencia, su no —o sí, quién lo sabe— suspensión inmediata, la aplicación inevitable del 155 y todo lo que está siguiendo. No imaginaban que su interlocutor iba a tener tantísima paciencia —e inacción— y se vieron obligados a tirar p’alante. A terminar eligiendo entre los grilletes o la camisa de fuerza.

Soberanamente absurdo

Al final, el del flequillo independentista tuvo que escoger entre el susto o la muerte: traicionar todo lo que había prometido, a todos aquellos que lo habían seguido y defendido, desdecirse y padecer el desprecio, el acoso y las secuelas derivadas de una calzoncillada final antiindependentista, convocando elecciones autonómicas como estuvo  a punto de hacer; o saltar al vacío una vez más y poner rumbo de huida hacia Bruselas —para internacionalizar in extremis lo que no habían conseguido hacer hasta ese instante—, con la seguridad de que iba a terminar enchironado en las dependencias (nunca independencias) de una cárcel de ese Estado al que proponía renunciar.

No hay nada que negociar con quien se salta las leyes, sobre todo cuando exige diálogo para cambiarlas pero no dejar de hacerlo. Es evidente. El gerundense creyó que, presionando y enalteciendo a las masas, alguien cedería… y no sería él mismo. Y como nadie lo hizo, se les rompió la rama que sostenía su entelequia y, con ella, nos caemos todos.

Porque la imagen negativa, la lamentable proyección exterior que estamos ofreciendo, la desaceleración económica, el frenazo al turismo, el incremento del paro y las consecuencias sociales de esta Cataluña partida en dos, enfrentada entre sí y con el resto de España, nos los habríamos podido evitar de no ser por sus trápalas.

Sobre rejas y barras

Puigdemont pasará en prisión una temporadita, con Junqueras y su clan; los CUPeros tomarán las calles —ellos sí están en su salsa— y nos enfrentaremos a unas inciertas elecciones que deberán calmar las cosas, pero que difícilmente curarán la brecha emocional abierta entre la gente. Al menos, el estado de Derecho seguirá vigente, la legalidad se mantendrá frente a ese engendro autoritario, unilateral y sin poderes separados que amenazaron con imponer en Cataluña. Un trozo de España que, como tal, no es solo del 50 % de su población independentista. Ni siquiera de la otra mitad de los catalanes proespañoles. Es de todos y cada uno de nosotros. ¿O acaso permitiríamos que un okupa nos quitara, por ejemplo, el salón de nuestra casa alegando que lleva meses durmiendo en el sofá cama que en su día le ofrecimos? Aunque no sea nuestro dormitorio, forma parte inalienable de nuestra vivienda. Por ello, la decisión de “independizarlo” debemos, cuando menos, tomarla entre todos los propietarios y afectados. Nunca unilateralmente y por los cojones de una parte interesada.

Para alargar la humorada, y la agonía, los tontos de mala baba hablan de presos políticos y no de la verdad: políticos presos por saltarse las leyes con total conocimiento y dolo. Son dos idiomas distintos, antagónicos, los que se manejan (y no son el catalán y el castellano), por lo que la mutua comprensión es imposible.

No me extraña que el pobrecito preso de confianza, Rodolfo Cachero, que compartía celda con uno de los Jordis encarcelados (de apellido Sánchez) renunciara a estar con él por la matraca que le daba. El relato catalunyista resulta insoportable, inexplicable y destructivo. Una auténtica condena que nadie se merece. Ni siquiera sus propios creadores.

Menos mal que nos quedan los memes y el sentido del humor para sobrellevarlo. Porque la situación es de carcajada y de berrinche al mismo tiempo. De esquizofrenia absoluta.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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