El canterano y los carteristas

─Por muy difícil que te haya resultado, es más fácil llegar que mantenerse ─le decía su padre, que no había sido futbolista, pero acrisolaba la experiencia de los reflexivos.

El chico tenía todavía toda su carrera por delante. Era joven e inexperto, con mucho que aprender aún y que curtirse, pero había conseguido el sueño de hacerse un hueco en el equipo profesional de su ciudad y todo parecía sonreírle en la nueva temporada. Era un delantero prometedor, con instinto y buen manejo de pelota, aguerrido aunque con un físico todavía en desarrollo, un depredador del área al que había que enseñarle a mejorar la presión, a aguantar de espaldas la pelota y a colaborar en tareas defensivas cuando era necesario, pero que nunca dejaba de entregarse al cien por cien y siempre mantenía un compromiso incuestionable, no en vano había jugado en ese equipo desde la niñez, pertenecía a esa casa y sentía el escudo mucho más que cualquier otro de sus compañeros. La temporada anterior terminó ascendiendo al primer equipo y jugó con él los últimos diez partidos, anotó seis goles y dio tres asistencias, lo que le valió un contrato profesional y la promesa de ser uno de los delanteros de referencia en la campaña siguiente.

Y así ocurrió. El nuevo entrenador era un tipo curtido, experto, que apreció de inmediato las buenas condiciones del chaval y le animó a perseverar. «Confío en ti», le dijo. Y aunque ficharon a otro ariete, lo alineó de titular en los primeros partidos de la liga y anotó un par de tantos, uno de ellos de espléndida factura. El chico estaba bien, se sentía motivado, importante, valorado. La afición lo consideraba uno de los suyos, lo apoyaba y celebraba su entrega, sus remates y sus goles con más ánimo aún de lo habitual.

Todo parecía irle de cara, pero es más fácil llegar que mantenerse, le había escuchado a su padre una y mil veces. Todo se torció cuando el entrenador recibió la llamada de su representante:

─Tengo a Lanzarinho sin equipo. Voy a ofrecérselo a tu club, habla con el director deportivo y dile que precisas un delantero de sus características. Ya sabes cómo es, diez o quince goles por temporada y muchísima experiencia.

El míster era consciente de que se trataba de una buena opción. Tanto como de que, en realidad, su llegada no aportaba demasiado a su plantilla, que ya tenía bien cubiertas las dos plazas de ariete.

─¿Por qué no dices nada? ─se mosqueó su interlocutor─. Ya sabes cómo es esto: se ha quedado fuera del mercado y necesito volver a colocarlo. Estaba jugando en Italia, pero no se encuentra a gusto, acabamos de rescindir el contrato y no podemos permitirnos que se quede sin jugar hasta diciembre. Está en forma y su experiencia os va a venir muy bien, no tengas dudas.

El entrenador estuvo a punto de objetar que confiaba en su joven pareja de atacantes.

Se mordió la lengua.

Calló.

Racionalizó que, realmente, Lanzarinho era un excelente futbolista. Que la competencia en un equipo siempre es buena y que el canterano podría aprender mucho del recién llegado. ¡Qué demonios!, si alguno se lesiona siempre tendré al otro. Y, como no lo tenía completamente claro, se justificó pensando que podrían ser delanteros compatibles y desatascar los partidos trabados, tan habituales en la categoría en la que competían.

─Mañana hablaré con el director deportivo ─se pronunció al fin─. Pero hace un par de semanas le dije que estaba satisfecho con la plantilla que había configurado.

─No te preocupes, os va a salir barato. Se ha llevado un buen pico con el finiquito y solo queremos un trampolín, hasta final de temporada, para colocarlo en Primera la próxima campaña.

Se cerró el fichaje. El nuevo comenzó a entrenar. El entrenador habló con el chico canterano y le explicó la nueva situación:

─Tener competencia de este tipo te ayudará a crecer ─argumentó─. Aprenderás de él, mejorarás como futbolista. Debes demostrar que eres superior a él, no vas a dejar de contar para mí, jugará el que más aporte.

Y el joven futbolista lo creyó. Pensó que todo seguía dependiendo su fútbol, de su acierto, de su estado de forma. De la forma en que entrenase.

Dos semanas después de su llegada, Lanzarinho jugó de titular. En su primer partido, el nueve de la casa saltó al campo un cuarto de hora y empató el partido. De nada le sirvió: el siguiente encuentro volvió a estar en el banco.

─No me jodas ─le decía el representante a su pupilo─. Si dejas a Lanzarinho en la banqueta no se revalorizará. Sácalo de titular, ya jugará el otro el año próximo.

Y así están ahora las cosas. El de casa partiéndose el pecho y los pulmones en los entrenamientos, apretando los dientes cada vez que salta al campo; y el fichaje de relumbrón acumulando minutos, siendo titular día tras día y aportando un rendimiento similar, solo que más mediático, al de su compañero cada vez más defenestrado.

─Espera tu momento ─le dice su padre al chico cuando llega a casa cada vez más desanimado─. No bajes los brazos y acabarás jugando.

Y en ello está el muchacho. Quién sabe si tendrá que hacer pronto las maletas, como un aprendiz de Morata, para labrarse el futuro.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 165, 27.10.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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