El gran día

Sentía un nudo en el estómago, como si estuviera a punto de tirar el penalti decisivo en una final de la Champions. Su lengua le parecía un trozo de suela de zapato confeccionada en cuero malo, las manos le sudaban, las piernas le temblaban de manera ingobernable y el rostro se le había perlado de densas gotas de humedad salina que procedían de lo más profundo de su nerviosismo. Y eso que no era la primera vez que se asomaba a aquel balcón. Nunca olvidaría el año del ascenso, cuando tras haber conseguido la titularidad en el equipo de su corazón, después de haber sido promocionado desde el filial, todo le salió redondo: máxima conexión con la afición, goles decisivos, selección nacional sub 21 y, la guinda, un regreso a Primera División con buen fútbol y sabor histórico. Tras culminar aquella temporada, todos los integrantes de la plantilla del Real Zaragoza se asomaron al balcón del Consistorio ante millares de personas que hacían ondear sus bufandas y banderas al son de Volveremos, volveremos, volveremos otra vez.

Aquella tarde, después de haber sido recibidos por el alcalde, botó, rió, se emocionó y disfrutó muchísimo de aquel espectáculo que, en otras épocas, habría protagonizado desde abajo, saltando y coreando los himnos y vítores que se sabía de memoria. En uno de los múltiples arranques de adrenalina que experimentó, estuvo a punto de arrebatarle el micro al capitán, pero finalmente no se atrevió a culminar su intento y se mantuvo detrás de sus compañeros, en un segundo plano, discreto y sonriente, con un nudo en el estómago semejante al que ahora le estaba haciendo empezar a marearse.

Respiró profundamente. Una, dos, hasta tres veces. Una amiga suya, estudiante de psicología, le había dicho que era bueno para relajarse. El alcalde, con su peinado impecable de gomina más cara para el bolsillo de los contribuyentes que para el suyo propio, le dedicó una sonrisa comprensiva y le pasó el brazo por detrás, presionándolo a la altura de la cintura en una señal inconfundible que significaba vamos ya, es la hora, la gente nos espera. Y ambos, seguidos por los protagonistas secundarios de aquel acto, aparecieron ante el tumultuoso mar de cabecitas, brazos abiertos y conciudadanos alegres.

Tras ascender a Primera, el chico había completado una temporada excepcional y se había convertido en el jugador revelación del fútbol español. Un equipo de relumbrón negoció su fichaje con el Zaragoza, llegaron a un acuerdo millonario y permaneció cedido con los blanquillos la siguiente temporada. Y en ella estaban, recién estrenada con buenos resultados y un juego fantástico, tanto que Lopetegui lo había convocado para la selección absoluta y había debutado en el partido decisivo de la clasificación con dos asistencias ganadoras.

Y allí se encontraba ahora, subido al balcón consistorial y convertido en pregonero de las fiestas de su amada Zaragoza. Cabía la posibilidad de que el año próximo él ya no estuviera allí, el club que poseía sus derechos decidiría su futuro y, posiblemente, terminaría cedido en algún equipo de postín de las ligas europeas. El chico, lógicamente, estaba emocionado. A su espalda sentía la presencia de su padre, orgulloso, hinchado su pecho como el de una paloma de esas que, cada mañana, revoloteaban por esa misma plaza del Pilar que ahora se le mostraba atestada.

Volvió a tragar saliva. Se sentía muy pequeño. Insignificante, un tipo equivocado en un lugar y un momento inadecuados. Se palpó instintivamente el bolsillo de su pantalón, en el que había guardado el guion con sus anotaciones para aquel discurso. Se tranquilizó al hacerlo: había estado leyendo el libro Cómo enamorar hablando en público, del autor zaragozano Míchel Suñén, y tenía claro que debía mostrarse con naturalidad, sencillez, convencimiento y entusiasmo, para contagiar esas mismas sensaciones a su público.

El alcalde ya había empezado a hablar. Intentó prestarle máxima atención, pero mientras sus ojos vagaban por el océano de almas que llenaba la plaza más simbólica de su ciudad, su imaginación vagaba desde el recuerdo al presente. Se emocionó pensando en su madre, que estaría feliz junto a la Virgen, mirando al hijo al que no pudo criar por culpa de un cáncer despiadado. Sintió ganas de llorar, de retirarse, de salir corriendo en ese instante en el que todavía estaba a tiempo. Pero fue un momento totalmente fugaz: la energía que le transmitían aquellos maños convecinos, el tacto satinado de las tarjetas en las que había manuscrito su guion, el manto siempre protector de la Pilarica y, en un último momento, la sonrisa amable, enamorada y admirada de su novia, situada a la derecha de su padre, le insuflaron el aliento necesario justo en el momento en el que el alcalde gritaba su nombre y la multitud rompía en una ovación atronadora.

─Zaragozanos, zaragozanas… ¡Mañicos todos! ─comenzó su alocución aferrándose al micrófono como si fuera el speaker de La Romareda que tanto le gustaba de pequeño, cuando acudía a ver a los blanquillos con su padre. Surgió el mensaje con continuidad, entrecortado a veces por el sentimiento intenso que lo alimentaba, pero fluido, directo, cercano y absolutamente emocionado del principio al final.

»¡Viva Zaragoza! ¡Viva el Zaragoza! ¡Viva las fiestas del Pilar! ─vociferó el pregonero al terminar su discurso, provocando el éxtasis final y el inicio, un año más, de las mejores fiestas del mundo.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 164, 15.10.17

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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