La tirria del arbitrucho

Se apellidaba Figueruelas Blázquez y se consideraba un tipo de éxito. Era moreno, llevaba el pelo corto y se sabía un hombre resultón, atractivo incluso. Había aparcado su profesión de desarrollador de telefonía móvil para centrarse en su pasión, el arbitraje, en la que había protagonizado un meteórico ascenso hasta la segunda división del fútbol español. Aspiraba a llegar a la máxima categoría en poco tiempo, para lo cual cuidaba tanto su estado físico como sus relaciones con las altas jerarquías del Comité Nacional de Árbitros, siempre complicadas y displicentes.

Su esposa era una mujer hermosa, inteligente y sensible de la que estaba completamente enamorado. La idolatraba. Siempre estaba ahí, pendiente de él, reconfortándolo y ofreciéndole presencia, cariño y comprensión cuando los necesitaba. La admiraba. Y la amaba, sobre todo, porque aceptaba sin protestar ni reprocharle nada sus ausencias de los fines de semana en los que se recorría esos perdidos campos de fútbol para arbitrar sus partidos.

Su vida era perfecta hasta aquella noche de domingo en la que, por azar, al agacharse para localizar sus pantuflas, que estaban algo más metidas bajo la cama de lo que era habitual, encontró aquel smartphone desconocido a su vera.

Su primera reacción fue preguntarle a su esposa, aunque tenía claro que aquel móvil no podía ser el suyo. La funda protectora incluía un escudo a color del Real Zaragoza, con su león rampante inconfundible sobre fondo rojo, algo completamente ajeno a su señora, a la que nunca le había interesado el fútbol.

Al oír que ella se acercaba al dormitorio, lo introdujo furtivamente en el bolsillo de su pijama y se acostó con él junto al costado. No pudo pegar ojo en toda la noche, no tanto por la incomodidad de aquel móvil clavándose en su cuerpo sobre la tela sedosa —como si las garras del león amarillo que lucía le rasparan la piel salvajemente—, sino por las cábalas y las suposiciones que lo asaltaban.

Al día siguiente, en cuanto su mujer se fue al trabajo, tiró de oficio y experiencia para colarse en el sistema del teléfono. Invirtió un buen rato de afanes, fracasos e intentos hasta lograr acceder al historial de llamadas de su propietario, en el que figuraban frecuentes contactos bidireccionales con el teléfono de su mujer. La sombra del adulterio, que lo había atormentado durante toda la noche, comenzó a hacerse más y más opaca.

La constatación la obtuvo pronto: las conversaciones de wasap incluían comentarios amorosos, citas furtivas y devaneos sexuales más explícitos que menos. No solo aprovechaban sus ausencias para encontrarse a escondidas en cualquier hotel de la ciudad, sino que habían cruzado el umbral de la decencia al citarse en su casa y refocilar en su propio dormitorio, en esa misma cama en la que él se acostaba cada noche, los fines de semana en los que se iba a arbitrar.

Su mujer tenía una aventura. Él era un cornudo. Y aquel amante hijo de puta era seguidor del Zaragoza, cuyo móvil estaba lleno de símbolos, postcast, mensajes, alertas y sonidos que reflejaban claramente su enorme devoción por aquel equipo de la liga que él pitaba.

Lo llevaron los demonios.

Su vida se desmoronó, se vino abajo. La ruptura fue traumática y solo el arbitraje le permitió abstraerse ocasionalmente del dolor, la ansiedad, los celos y la soledad que lo corroían.

No lograba quitarse la imagen de ese escudo sobre el móvil delator, causándole tanto sufrimiento como humillación. Él, que se creía un triunfador, había sido burlado como un vulgar idiota. No podía perdonarlo. Jamás lo haría. Su orgullo ganador era tan fuerte que no cabía la indulgencia en una afrenta como aquella.

Por eso ahora, cada vez que tiene que pitarle al Zaragoza, salta al césped hirviéndole la sangre, deseoso de venganza, furibundo como un jabalí herido en busca de revancha. Y no duda en perseguir a los blanquillos decisión tras decisión, con desfachatez chulesca, coaccionando, amenazando y expulsando a los jugadores maños como un dictador tullido, resentido, que los acosa permanentemente con su actuación rastrera y partidista. Inopinadamente descarada.

Y cuando está en la Romareda y sus veinte mil almas lo abroncan al unísono, piensa que tal vez se encuentre allí, entre ellas, el tipo con el que se ha ido su mujer hundiéndole la vida. Por eso el furor le hace soplar su silbato una y otra vez, mientras se eriza como un gato amenazado deseoso de vengar la afrenta que le ha arruinado la existencia.

¿Quién puede ser imparcial, equilibrado y justo cuando tiene el corazón hecho pedazos?

Según parece, ni siquiera los profesionales.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 163, 08.10.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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