La cita

Todo estaba igual. Los recuerdos se agolparon en su ser con aire cálido, emotivo, haciéndole recordar tantas y tantas horas pasadas en aquel espacio. Se fijó en la pared decorada con los recortes de sus apariciones en la prensa, con sus carteles, sus fotografías y aquella camiseta enmarcada con el número quince, firmada, que había cedido con afecto una semana después de haberla utilizado. Acuciado por una imperiosa necesidad fisiológica, dejó a su peque junto a su mujer y se acercó a los baños, donde el pasado volvió a recibirlo con una sonrisa evocadora.

Se aproximó a los urinarios, idénticos aún a aquellos tan antiguos de los cines de antaño, donde de pequeño había disfrutado de tantas tardes cinéfilas, pasión que siempre había compartido con el fútbol. Tras aliviar su necesidad se desplazó hasta el lavabo para enjuagarse las manos mientras su reflejo barbado, tan cambiado después de un par de décadas, volvió a evocarle aquel rostro infantil con el que se presentó en la Ciudad Deportiva la primera vez, cuando jugar en el Zaragoza era una ilusión hecha realidad y ser profesional una posibilidad no concebida.

Su pequeña se asomó a los baños y él la recogió con las manos todavía húmedas. Afuera estaba su mujer, guapísima, estilosa, con su melena morena y lisa cayéndole sobre los hombros, el little black dress que le sentaba tan bien y ese collar llamativo que él le había regalado por su reciente aniversario. También llevaba unas sandalias planas preciosas, de dedo, con incrustaciones de pedrería de Swarovski y una pedicura impecable. Ella le sonrió, feliz, al ver que llevaba a su hija entre los brazos. Estaba exultante de alegría desde que habían regresado. Una situación que, desde luego, no dejaba de resultarle paradójica, pues si bien era cierto que habían vuelto a instalarse en Zaragoza los tres, junto a los familiares respectivos a los que tanto tiempo habían extrañado, no lo era menos que era consecuencia de una pésima noticia: estaba sin equipo. Ni siquiera el cierre del mercado había aliviado aquella situación inesperada, y ahora era uno de esos jugadores confinados al mercado del outlet, en paro, cuyos representantes no arrojan la toalla, pero a los que ciertamente resulta ya muy complicado colocar en ningún club.

─¿Qué tal estás, campeón? ─le dijo alguien desde una de las mesas, un hombre que veía en la televisión un partido del mundial de baloncesto en el que España estaba machacando a su oponente─. ¿Te quedas por aquí? ¿Vas a volver al Zaragoza?

Sonrió con afecto, un tanto apurado, y reprimió las ganas de contestarle que ojalá pudiera haber sido posible, pero que los caminos del destino son inescrutables y que, de momento, pese a los rumores, no había existido esa posibilidad.

─¿Lo de siempre, angelito? ─Se le acercó el camarero.

─Eso es, ¡cómo lo sabes! Ponme también un café solo descafeinado con hielo. Y una cerveza para mi mujer. Y un Chupa Chups para la niña.

Aquella era su casa. Su hogar. El punto de encuentro inevitable antes y después de los entrenamientos. Pasó parte de su infancia, su adolescencia y su juventud entrenando en aquellos campos, luciendo el blanquiazul de sus indumentarias con orgullo. Barruntando una posibilidad cada vez más real de llegar a vestir aquella elástica que adoraba. Y consiguiéndolo, por fin, en una temporada inolvidable.

Fue entonces cuando la pared frontal de aquel local comenzó a tornarse en un pequeño santuario en el que sus gestores expresaban su cariño, su admiración y su satisfacción por los logros del chaval. Se convirtió en profesional. Subió al primer equipo. Se consolidó. Y cuando lo mejor de su carrera deportiva comenzaba a vislumbrarse, su honestidad le impidió llevarse bien con aquellos que estaban dirigiendo el club en su propio beneficio, directo hacia la ruina, y tuvo que buscarse el porvenir, las alubias y los goles lejos de la Romareda, emigrando hasta la capital de España antes de convertirse en un jugador muy bien pagado, mucho más de lo que nunca había imaginado, en un club catarí.

Tenía el futuro asegurado, siempre que actuará con sensatez y adoptara juiciosas decisiones. Pero todavía se encontraba en forma y había confiado en encontrar un nuevo equipo para seguir jugando. Sus ganas de vivir aventuras vitales en exóticos países se habían quedado enterradas en el desierto de Catar. Los jeques eran como eran, y aquella sociedad opulenta, dual e incoherente era muy diferente a lo que él siempre había considerado un buen hogar para su hija. Por un momento llegó a considerar la posibilidad de convertirse en un segundo Cani, pero aquello fue poco más que alguna superficial toma de contacto y multitud de rumores. Lo cierto es que aquel sábado posterior al cierre del mercado, a las cinco y media de la tarde, no tenía equipo ni contrato, así que habían decidido subir en familia a la Ciudad Deportiva para charlar con su gente, sus amigos, en su entorno, y ver algún partido de esos chicos que eran ahora como él fue y que, años antes, lo colocaban en sus álbumes de cromos con profunda admiración.

─Aquí tienes: un par de magdalenas y el café con hielo ─le dijo el camarero, luciendo su sonrisa más auténtica─. La cerveza y el chupachús.

Se sentaron los tres en una mesa próxima. En cuanto se enteró de su presencia, la encargada acudió hasta donde estaban y se fundieron en un profundo abrazo. Charlaron, como siempre, a corazón abierto. Se emocionaron de nuevo.

«Se está muy bien en casa», volvió a repetirse mientras salía detrás de su pequeña en dirección al parque infantil que había justo enfrente, junto a la piscina pequeña.

Y mientras la empujaba en el columpio, con los divertidos balbuceos de su niña como banda sonora de la película de su pasado futbolístico, rememoró sus años de blanquillo y pensó que, si era el caso, no estaba tan mal la retirada cuando viene acompañada del cariño de tu gente.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 161, 10.09.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

 

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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