La estirpe de Descartes

─¿Te han llamado esos cabrones? ─Se interesó Piruleto desde Ibiza, mientras engullía a dos mandíbulas el enésimo bocado de hamburguesa bien regado de cerveza.

─Todo igual, no sale nada. A no ser que te quieras ir a Asia.

─Ni loco. Tengo un contrato, ¿no es cierto? Pues me quedo un año más y a continuar cobrando.

─¿Y qué haremos el próximo? Si te pegas una temporada en blanco, después de la pasada, no van a quererte ni en tu casa ─elevó el tono de voz su interlocutor, mucho más representante que amigo.

─El fútbol da muchas vueltas. Yo allí estoy bien. Tengo una buena casa y un sueldo estupendo. Iguálamelo, no te pido que me lo mejores. Tú iguálamelo. Pero sin irnos de España.

Apoyó el dedo grasiento sobre el botón táctil rojo, cortó la comunicación y se volvió hacia la mujer que le traía un mojito. Ella se le apretó lasciva, buscó su boca a pesar del pepinillo, la lechuga y la carne de vacuno que todavía estaba masticando, y él se la ofreció gustoso, atornillándole los labios mientras sus dedos, últimamente más habilidosos sobre sus curvas bronceadas que dentro del área pequeña, masajeaban sus glúteos.

─No te preocupes, todo va a arreglarse ─le dijo tras la segunda calada al cigarrillo poscoital, mientras su mano derecha, la de los despejes cortos, le acariciaba el hombro.

─Quiero quedarme en España ─le susurró amorosamente, erizándole el vello de su cuerpo por la sensualidad y la determinación que transmitieron sus palabras.

 

Lejos de allí, en un pueblecito aragonés, un futbolista joven y angustiado se entrenaba por su cuenta para no perder la forma. Después de haber cumplido el sueño deportivo de su vida, debutar en el club de sus amores, le habían entregado el finiquito de manera inesperada al concluir la temporada y, ahora, se encontraba sin equipo. Hacía dos semanas que no sabía nada de su representante, un tipo entusiasta ─con más interés que contactos─ que lo había ofrecido a media docena de equipos de su categoría, pero el mercado estaba parado y nadie parecía decidirse, todavía, a proponerle un contrato.

─¿Por qué no me ha llamado?

Su entrenador personal, un tipo cualificado al que había recurrido nada más saber de su despido, no supo qué decirle. Pese a todo, improvisó una respuesta:

─Céntrate en entrenar y deja que él haga su trabajo. Seguro que acabarás teniendo equipo.

─Tal vez tenga que marcharme al extranjero. No importa. Esta es mi profesión y quiero disfrutarla.

 

Piruleto se presentó el primer día de trabajo con cuatro kilos de más y cara enfurruñada. Saludó de soslayo al nuevo entrenador, ese que ni siquiera le había ofrecido la oportunidad de intentar ganarse un puesto, y se acomodó con resignación mal disimulada a su nueva situación. Participaba en los entrenamientos con el resto de porteros, intentaba mantener el ritmo de sus compañeros en los ejercicios físicos, pero su descuidado estado le impedía hacerlo. Pronto empezó a sentir molestias en los isquios… y decidió parar:

─Mi representante se encuentra negociando. No sería bueno que acabara lesionado.

En su misma situación se encontraban otros compañeros. Uno de ellos, Hierro, ni siquiera había iniciado la pretemporada. Tenía permiso para continuar de vacaciones. Por un momento, el guardameta pensó que también él debería haber aceptado esa alternativa. Seguiría en Ibiza, disfrutando, mientras su agente le buscaba una salida. Pero había sido este, precisamente, quien más había insistido para que se incorporara a los entrenamientos.

─¿Para qué? Si no me quieren…

─Para no quedarte fuera del mercado ─se mostró tajante el otro.

Conforme avanzó la pretemporada, la situación de Piruleto y el resto de descartes se fue enquistando más. Sus contratos eran desorbitados para la categoría y, todavía más, para su rendimiento. Pero no estaban dispuestos a renunciar a un solo euro respecto a lo pactado. El club quería negociar, pero no había acuerdo posible porque no tenían, encima de la mesa, propuesta alguna de destino. Cuando el director general anunció el fichaje de un responsable nutricional para la plantilla, el portero descartado se preguntó cómo iba a obligarle a él, que ya estaba de vuelta, a comer con mesura.

─Tenemos una oferta de Segunda B ─le comentó su agente a tres semanas de empezar la liga.

─Ni loco. Mi categoría no la bajo.

─También me han llamado de la India.

─Ni en broma. Allí no hay hamburguesas de vacuno ─bromeó sin gracia.

Desesperado, su representante inició una campaña de lavado de imagen en la que cargó contra el club que pagaba a su pupilo, al que acusó de dañar el prestigio del pobre Piruleto. Como si los fallos imperdonables, los autogoles y los regalos a los delanteros rivales no hubieran sido suyos sino del nuevo director deportivo.

La situación, lógicamente, se agravó.

─No pienso perdonar ni un euro ─insistió el cancerbero días antes del cierre del mercado, cuando su agente le advirtió de que pensaban despedirlo si no encontraba equipo.

In extremis, su excompañero aragonés, el que se entrenaba por su cuenta, encontró acomodo en un club griego con aspiraciones de ascenso. Está preparado para debutar.

Piruleto, por su parte, es titular de una tarjeta de cliente en la hamburguesería local más conocida.

Continúa acumulando kilos. Pero no está preocupado:

─Cobro, luego existo ─le dice a su mujer tras cada cigarrillo.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 160, 27.08.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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