La pinza en el testículo

La vida de Tancredo no cambió a causa de una operación de cirugía estética, con la que en su fuero interno siempre había fantaseado, ni por una de esas luchas épicas con las que llenaba sus solitarios fines de semana. Porque Tancredo era un hombre muy leído, mal leído acaso, portador de esa cultura de bolsillo que da haber devorado durante toda una vida los libros de novela histórica más vendidos en América.

A mí me caía bien Tancredo. Era un pusilánime, eso es cierto, quizás por ello apenas se metía en mi trabajo, ni en el de mis compañeros, y su empresa progresaba lentamente. Tancredo es uno de esos hombres de los que nadie imagina nunca que pueda llegar lejos. Y lleva treinta años al frente del negocio que él mismo creó. Dicen que los coches compensan las carencias genitales de sus dueños: viendo su Mercedes nuevo, Tancredo debe de tenerla muy pequeña, en consonancia con el resto de su cuerpo. Porque es muy bajo, bajísimo para ser gerente, y eso, en mi opinión, lo ha marcado mucho. No hay ninguna máxima empresarial que afirme que un directivo de éxito ha de tener cierta estatura; de hecho él ha triunfado, pero sigue siendo un hombre cargado de complejos. Lo delatan la laxitud de su presencia, las órdenes mansas que implora y la debilidad que acompaña a sus acciones, la de un huérfano de espíritu en plena tempestad desaforada.

La naturaleza, desde luego, no fue con él muy generosa: su rostro es blando y quejumbroso, su sonrisa débil, de dientes regulares y pequeños como los de un delfín travieso; el cabello crespo cada vez más ralo, impropio en la coronilla de un hombre influyente. Ya casi no baja por la tienda, y si lo hace ella lo acompaña, terrible, encaramada a sus tacones de aguja, más bien de bruja, hediendo a cataplasma de perfume, pintalabios y soberbia, envuelta en pieles muertas o camuflada bajo logomarcas desproporcionadas. Su presencia produce un desprecio visceral, casi instintivo, igual que el que siente ante el pelotón de ejecución un inocente. La vida de Tancredo, y la de todos nosotros, cambió el día que esa mujer entró en escena.

Aunque pronto será su segundo aniversario, recuerdo que era una mañana rutinaria, con poco público y exceso de inventario. Un artículo aquí, un marcaje allá, esas cajas fuera del pasillo…

—López. —Al escuchar mi apellido dejé la carga en una balda y giré ciento ochenta grados. Ella me observaba, mezquina, como una araña al insecto atrapado por la tela. Yo aún desconocía su calaña, así que sonreí solícito, creyéndola una clienta aventajada, antes de mirar hacia Tancredo—. Le presento a Deborah Vilches. Adjunta a Dirección, con plenos poderes para todo.

Mi expresión debió de parecer inadecuada, estúpida tal vez. Me encogí de hombros, sonreí e improvisé un protocolario ‘Bienvenida’ que no le gustó nada. Arrugó la nariz ligeramente, con un gesto detestable, antes de espetar ‘ Vuelva al trabajo’ dándose la vuelta. Tancredo esquivó la confusión de mi mirada y se marchó tras ella como un perrito pequinés junto a su dueña.

—Qué tiparraca —me intentó animar Patricia, la dependienta jefe.

No encontré palabras. Me evadí organizando los lineales con más rigor del necesario, hasta que el rugir de tripas primero, y las saetas del reloj después, anunciaron la hora de comer.

 

Nada volvió a ser igual desde aquel día. Tancredo se volvió distante, frío. Vagaba por la tienda como un Hamlet errante. Llegaba puntual, siempre el primero, para anotar cualquier retraso o incidencia. Mejoró su aspecto. Sustituyó los niquis raídos y los jerséis gruesos por trajes italianos, discretas corbatas y pasadores de plata. Poco pudo hacer con el peinado, pero sus zapatos relucían como señales de alarma: no soy el mismo, advertían a cuantos bajaban la mirada en su presencia. Tancredo ya no hablaba nunca. La asesora caminaba un paso por delante, marcando el camino como un león su territorio. El hombrecillo observaba silencioso cada escena: ella era el zorro, nosotros las gallinas, y asentía tras cualquier comentario de su colaboradora que, todo sea dicho, pronto se ganó mi primer apodo: la Jefaza.

Delicatessen —sentenció la Bicho acuchillándome con las pupilas—. No vendemos comestibles, grábeselo bien, señor López. Usted vende de-li-cias. —Y lo silabeó con mala leche, haciéndome sentir un parvulario.

Mi reacción inicial fue inteligente: adoptar la actitud de un funcionario. Cumplí estrictamente los horarios, me hice fuerte en mi sección y evité su presencia, la de ambos, que nada bueno podía acarrearme. Llegué a forzar, incluso, alguna baja: después de tantos años mi espalda me aportaba amparo suficiente.

Pero tampoco me ayudaba estar en casa, pues mi lealtad hacia él me impedía abandonarlo de ese modo.

—Se lo está tirando —dijo Mariló la charcutera, ahora técnica de ibéricos, buscándome la lengua.

—Tengo un cliente —disimulé cuando el reponedor terciaba que por fin comprendía el porqué de su mal genio, pues Tancredo no parecía, desde luego, un adalid de semental.

Aunque salí en su defensa, el rumor se extendió con rapidez. Dieron aún más pábulo las largas y frecuentes reuniones entre ambos, mantenidas en la intimidad de ese despacho que, todo sea dicho, había incorporado una decoración muy llamativa con nuevo mueble bar y sofá mullido.

—Tancredo no es de esos —medré yo tratando de ayudarle. Vivió con su madre hasta los cuarenta y cinco; cuando una angina de pecho le obligó a ingresarla en el geriátrico. Pasó una mala racha entonces don Tancredo. Venía a trabajar cabizbajo y abatido, abotargado el rostro en una angustia inútil que solo las semanas, nuestras charlas y el quehacer diario mitigaron. Viéndolo tan triste, todos arrimamos el hombro e hicimos horas extras para sacar la empresa a flote. El hombre me lo agradeció después personalmente, en la cafetería en la que me invitaba a churros y café cada dos martes. Allí le sugerí incorporar más personal, vender otros productos y contratar una profesional con experiencia para que le ayudara en casa. Allí me dio un abrazo cierto día, espontáneo, natural, el cual se prolongó algunos segundos más de lo correcto. Y entre el murmullo matinal, el tintineo de las tazas y la atmósfera cargada de cigarros, fritanga y capuchinos comprendí el secreto de Tancredo, ese que lo atormentaba desde adolescente. Lo apreté más fuerte. Su regresión emergió del subconsciente en un torrente, los dedos nervudos rozándome la nuca, el tacto suave, agradable, mezclando la ternura y la impostura, su aliento próximo, sincero, robándome el homónimo. La intensidad cedió con la tensión de sus brazos, se separó despacio, avergonzado, mojó el último churro en la tacita e hice yo lo propio. Volvimos al trabajo lentamente, hablando de gestiones, proyectos, fruslerías. Y fue la calidez de aquella despedida, más incluso que el abrazo, lo que me hace estar seguro de que no se tira a la Asesora, ni ganas tiene. Así que miro de reojo a Mariló, al chaval del merchandising, a los demás, y vuelvo a constatar que la ignorancia es el mal más extendido entre los hombres.

Le sigue la soberbia.

 

Desde que llegó la Víbora ha habido recorte de plantilla, de referencias y de público; por el contrario, han aumentado el margen, la facturación y el beneficio. La Tiparraca husmea por la tienda libremente, sabe de todo, escupe imperativos caprichosos, voces de mando inapelables que todos acatamos al instante. Lo llamamos instinto de conservación para sentirnos menos miserables; de nada sirve: la Fuina encuentra siempre el modo de humillarnos. Ayer hizo llorar a una cajera, pobrecita, apenas ha durado un par de días en el puesto. La llamó analfabeta delante de la gente. Se equivocó con los cambios, nada infrecuente salvo por sendos detalles que le costaron el despido. Primero, el cliente era un vejestorio impertinente con menos ocupaciones que modales. Pidió el billete ausente a voz en grito, faltando a la chavala, que con los nervios se lió y ya no consiguió volver a abrir la caja. Segundo y decisivo: la Arpía estaba allí, viéndolo todo.

—Disculpe a la empleada —salió al quite enseguida—, es una necia. Ahora mismo haré que la despidan.

El llanto de la novata no impidió que el abuelo se fuera a casa ufano. Ni que la Alimaña corriera a Dirección para actuar en consecuencia.

Nadie abrió la boca en todo el día salvo para responder con monosílabos a los clientes. No vi a Tancredo, tanto me hervía la sangre que, en tal caso, le hubiera pedido explicaciones. Para mi desgracia fue la Comadreja quien bajó risueña, escoltada por su trouppe de adláteres, administrativas que por afinidad o por supervivencia la seguían como moscas a las heces. La laca roja de sus uñas me evocó, por antítesis, los repelos encarnados de la chica despedida. Se paseó enarbolando aquella risa chula y esa seguridad incontestable de los que no tienen nada excepto posesiones. Me hirvió la sangre. La quise muerta. Ella me vio de soslayo, heló su sonrisa retadora y yo me di la vuelta, pillado in fraganti. Quise matarla. Un compañero me hizo una pregunta y le escupí un exabrupto por respuesta.

No estoy especialmente orgullo de lo que ocurrió a continuación, nadie hay más imperfecto que uno mismo; pero si he de ser sincero no me arrepiento de haber tenido ese arrebato, aunque sí del posterior. Les contaré qué ocurrió.

Terminé mi jornada laboral a duras penas, centrándome en realizar tareas tan prescindibles como solitarias. El deseo de venganza bullía en mi interior de un modo inexorable. No conseguía alejar de mi cabeza la imagen de aquella risa gélida, la comisura oblicua apenas pronunciada, los labios apretados como una Mona Lisa hija de puta. Me sentí tan atacado que incluso farfullé como uno de esos pordioseros que cruzan las calzadas perdiendo el equilibrio, agitando los brazos exageradamente, igual que espantapájaros malditos.

A la hora en punto recogí mis cosas, salí a la calle, me aposté en un portal próximo e hice acopio de paciencia. Salieron juntos, como sospechaba. La triste estampa de Tancredo se empequeñecía al lado de ella. Se separaron sin besos, carantoñas ni atenciones. Salí tras la Demonio entre las sombras, crucé a su acera y seguí su caminar de escuela de modelos. Les juro que no tenía intención de hacer tal cosa. Sentí un pálpito extraño, repentino. Un brutal impulso físico que no pude gobernar y eché a correr hacia ella; era mi cuerpo, no yo, quien se acercaba. Cuando alcancé su estela lancé mis manos contra sus riñones, la empujé con tanta fuerza que estuvo a punto de caer con sus desplome. Logré mantener el equilibrio y aceleré de nuevo, feliz por mi victoria, espoleado por la conmoción desgañitada de los peatones y por los gritos de dolor de la Marquesa. Jamás en mi vida había corrido tan deprisa. Seis calles más abajo me detuve, sintiéndome más asfixiado que seguro. Mientras llenaba mis pulmones con grandes bocanadas de aire para recuperarme, noté el consiguiente bajón de adrenalina y la liberación inicial dio paso al miedo. ¿Me habrá reconocido? Sentí a continuación un arrepentimiento tan fugaz como sincero. No lamenté haberla empujado, sino haberlo hecho de aquel modo, irracionalmente, sin asegurar los medios para no ser descubierto.

Acudí al trabajo el viernes sin saber qué iba a encontrarme. Supe que Tancredo ya había llegado, organicé mi sección y aguardé con impaciencia la entrada de la Borde. La faena fue abundante, anduve entretenido hasta las doce. Nadie sabía todavía nada de ella, excepto yo, angustiado cada vez que las campanillas sonaban en la entrada. La última hora de esa mañana lunática me resultó tediosa y vacilante, envuelto como estaba en un contradictorio estado de ánimo que me enfrentó a mis compañeros. Tan pronto me mostraba amable y servicial, sintiendo que la Bocas no vendría en todo el día, como estallaba en ira sin motivo.

—Te estás volviendo un ogro. —Me dijo Mariló en un par de ocasiones.

Estuve más calmado por la tarde. La ausencia de la Fiera cuajó en cierto relax y buen ambiente, cercano al que existía meses antes, cuando el propietario decidía y gestionaba solo. Hubiese vuelto a casa satisfecho de no ser por la extraña marcha de Tancredo, diez minutos antes de la hora.

—López, por favor, cierre usted hoy. —Me dijo con una formalidad excesiva, rayando el desprecio a la amistad que nos unía—. Deborah sufrió anoche un accidente. Está ingresada y voy a verla.

—¿Es grave? —balbucí temiendo que la concentración de sangre en mis mejillas pudiera delatarme.

La gabardina de Tancredo, sin embargo, atravesaba ya la puerta de salida.

 

Nunca se supo qué daños sufrió la Bicharraca. Quién sabe, a lo mejor ese dato hubiera cambiado mi destino. Lo cierto es que habría dado cualquier cosa por verla malherida: el tabique roto, un ojo hinchado, el brazo en cabestrillo, una cicatriz horrenda partiéndole la ceja. No supe nada. Cuando reapareció, un mes más tarde, su aspecto era impecable. Jodidamente bueno. Mejor incluso que antes. Tinte favorecedor, cutis tostado, rostro inmaculado… Basilio, el segurata, insaciable observador de estampas femeninas, aseguró que llevaba otra nariz, más estilizada, y, quizás, pómulos nuevos. No puedo confirmar que fuera así, pero sí que su mirada era aún más puntiaguda, como si consiguiera atravesar lo externo y ver directamente el alma sucia; como si no existieran faltas, secretos o recodos para ella. Como si supiera exactamente que yo la había empujado aquella noche y estuviera decidiendo cómo iba a pagar tamaña osadía.

 

—Señor López, venga a Dirección. —Medusa me dejó de piedra. Caminé tras su figura al modo de un fantoche, tan embotado por la incertidumbre como por la empalagosa emanación que desprendía. No reconocí el despacho, totalmente cambiado. Tancredo se sentó a mi lado, cediendo la palabra, y el sillón, a su asesora. La luz entraba a borbotones por el ventanal, desde su espalda, recortando la silueta tenebrosa de la Hiena. Entrelazó sus garras, creó un silencio denso, intimidatorio, durante el cual creí que los latidos de mi corazón se oían desde la silla idéntica a la mía, cuyo usuario mantenía la expresión sombría, indefinible, mientras yo me concentraban en el abrecartas situado sobre el escritorio. La sombra negra estaba hablando, no oía sus palabras, solo el tono altivo, el timbre machacón y furibundo, la mezquindad escupida, contagiosa, secuela de una vida hueca por culpa de una estupidez profunda, unos padres permisivos, un marido rico y un cirujano plástico con dedos de pianista.

—¡Maldita hija de puta, déjanos tranquilos! —exploté de pronto.

La vi a continuación bañada en sangre. Había miedo en su expresión, así deben de mirar los puercos en la matacía. Cuando me abalancé de nuevo para terminar con todo, sentí un abrazo, tal vez un forcejeo. Fui zarandeado, basculé, me di la vuelta y me zafé punzón en mano. Tardé en asimilar lo sucedido: Tancredo agonizaba en un rincón con el abrecartas clavado en su garganta. Comprendí que el hombrecillo se había interpuesto entre ella y yo como el protagonista de alguno de sus libros.

Basilio aprovechó su corpulencia para inmovilizarme. Preso entre sus brazos miré a Deborah Vilches, que taponaba entre sollozos la hemorragia en su antebrazo. Por vez primera fue incapaz de mantenerme la mirada, a tan poco se redujo mi victoria. Dos agentes me sacaron esposado del despacho. Crucé aturdido mi sección, siendo por primera vez el centro de todas las miradas. Mariló lloraba como una Magdalena, espero que mi detención formara parte del motivo. Basilio me acompañó a la puerta, quién sabe si por amistad o por simple cumplimiento del deber. El gentío me esperaba afuera; oí gritos nerviosos, algún insulto incluso, mientras los policías me ayudaban a entrar al coche celular.

Por más vueltas que le doy, sigo considerándome una muy buena persona. No sé qué me pasó aquella mañana. Ella es la Culpable. No hay nadie peor, mujer odiosa. En sus declaraciones a la prensa, frías y perversas, me describió como un asalariado incompetente, desequilibrado, solitario e incapaz de aceptar órdenes:

—Un viejo de ánimo —redondeó la calificación la tía bruja— que no ha sabido adaptarse a una gestión empresarial moderna y eficiente. Don Tancredo le ofreció una prejubilación inmerecida. Y así se lo pagó ese hombre…

Ha mentido siempre. Engañó al pobre Tancredo, nos separó a conciencia. Ella es la verdadera culpable de su muerte, yo solo intentaba protegerlo. Lo tenía cogido por los huevos, era una enorme pinza aplastándole el escroto. No sé qué lo llevó a fiarse de ella; pero no era amor, eso seguro.

Porque él siempre me quiso a mí.

La Asesora no tardó en cerrar la tienda y, por lo que sé, han abierto en su lugar un bazar chino. Nuestros clientes van a Puerto Venecia los fines de semana y a Mercadona cada día. Poco más ha cambiado en nuestro barrio.

Y aunque, como declaré en el juicio, no soy un demente, no he logrado hacerme a la idea de su falta. Lo echo de menos. Con frecuencia veo a Tancredo en el patio, entre los reclusos, y trato de acercarme para pedirle disculpas. Nunca lo consigo. Cada noche, en mi camastro, rememoro aquel abrazo intenso con sabor a churrería. De noche, en mi celda, intento consolarme pensando que aquel día, en su despacho, Tancredo pretendió salvarme a mí y no a Deborah Vilches. Que se interpuso entre los dos para abrazarme, fiel a sus instintos, sin prever que a esa mujer la carga el diablo.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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