El paripé

Antes del partido, todos permanecían callados a la espera de la alineación. A pesar de lo que se jugaban, los futbolistas estaban mucho más tranquilos que en los encuentros precedentes. Estaban convencidos de que iban a lograr el objetivo. El cuadro carecía de las mandíbulas tensionadas, las miradas ausentes y el silencio espeso, preocupado, de los anteriores prepartidos. La alocución del míster fue también menos intensa y más breve. Estaba todo dicho. Necesitaban un punto para salvar la categoría en tan nefasta temporada, y aunque no era el último cartucho porque todavía debían disputar otra jornada, todos sabían que era ese el partido en el que iban a lograrlo. No podían jugarse el descenso, y la más que probable desaparición del club, a noventa minutos de desesperación.

─En la portería, Invisible ─comenzó el entrenador─. Defensa de cuatro: banda derecha, Teatro; izquierda para Escénico; centrales, Simulación y Cuento. En el centro de campo, Impostura de pivote, Afectación y Fingimiento, por dentro; Farándula y Farsa por bandas y, en punta, Inactivo.

Los chicos del filial cruzaron sus miradas con expresión tranquila, eran conscientes de que aquel no era su partido. Sus compañeros, los profesionales, los que habían llevado al equipo a aquella situación extrema, inadmisible, permanecieron en calma.

─Todos tenemos claro lo que debemos hacer ─continuó el entrenador─. Vamos a manejar el partido según nos interesa. El cero a cero nos salva. Y ellos suben a Primera. Necesitamos templanza, tranquilidad, cordura. Manejo de balón, toque, toque, asegurar los pases, estar organizados, tocar y pasar, con sensatez. No digo más, sabéis lo que hay que hacer.

Y así empezó el partido: pausado, cohibido, recogidos ambos conjuntos en sus respectivos campos y jugando en horizontal una y otra vez, sobando el balón sin generar peligro, como dos púgiles cobardes que tienen miedo a golpear primero y despertar a la bestia rival.

En la grada, los aficionados locales consultaban el reloj con manifiesto desdén, conscientes, viendo lo que había, de que aquellos minutos no eran otra cosa que tiempo de basura, un trámite protocolario inevitable cuya única función era preceder a los festejos del ascenso que, estaba claro, iba a producirse.

Seguramente por la falta de tensión en el precalentamiento, Fingimiento sintió un pinchazo en el recto anterior y se arrojó al suelo con gesto dolorido. Fue sustituido de inmediato: salió en su lugar Tablas y todo continuó del mismo modo.

En el descanso, el entrenador insistió en que todo estaba yendo bien, según el guion de lo previsto, y que no tenía dudas de que iban a lograr el objetivo:

─¡Seguimos igual, chavales! ¡Vamos allá!

─Míster ─lo interrumpió Honesto, titular hasta ese día, por lo que su suplencia había resultado sorprendente─. No me encuentro bien, me noto mareado. No sé si hemos tomado algo en mal estado en la comida, Honrado y Veraz están igual que yo.

En verdad tenían mala cara: estaban pálidos, ojerosos, con los labios secos y una evidente laxitud en todo el cuerpo. El entrenador no sospechó de ellos, los conocía bien y sabía que no eran capaces de inventarse algo como eso, ni siquiera ese día. Lamentó su mala suerte y calculó, mentalmente, qué posibilidades de cambios le quedaban. Excepto Maula, el portero suplente, solo le quedaban los dos chicos del filial: Pichichi y Díscolo.

─Doctor ─llamó a su compañero─: ¿puede darles algo?

Tras examinarlos, anunció que tenían mala pinta y que prefería no arriesgarse a recetarles algo que pudiera dar positivo en el control antidopping:

─Mejor que no juegue ninguno ─respondió al final─. No los veo bien, ¿para qué correr el riesgo?

Mientras recorría el túnel de vestuario en dirección al campo, el entrenador mascullaba entre dientes que, una vez más, no era un tipo afortunado:

─No haré ningún cambio ─concluyó.

Pero como los paripés los carga el diablo, el delantero Inactivo también se sintió indispuesto poco después de comenzar ese segundo tiempo. Se aproximó al banquillo y anunció que se encontraba mal. El doctor lo examinó: mostraba los mismos síntomas que sus compañeros enfermos.

─Habría que cambiarlo ─dijo el médico.

─¡Que aguante un rato más, cagüen la puta! ─explotó el entrenador haciendo gestos ostentosos, mientras mandaba a calentar a los dos chicos del filial, Pichichi y Díscolo, sin terminar de confiar en ninguno de ellos.

El delantero enfermo se arrastró por el campo durante quince minutos, hasta que no quedó más remedio que sustituirlo porque era evidente que estaba como ido. El entrenador deshojó la margarita cabalmente: se decidió por Díscolo.

─Pichichi está en racha y todo lo que toca acaba en gol ─reflexionó─. Tengo que sacar al otro.

Y así debutó Díscolo en la competición con la que tanto había soñado.

─Juega tranquilo. Toca y pasa, mantén la posesión, presiona, reparte juego… Haz lo que hay que hacer, no te compliques.

Díscolo se mostró obediente. Pero, poco a poco, conforme fue entrando en calor y empezó a olvidarlo todo, comenzó a venirse arriba buscando fintas y regates imposibles, cayendo hacia las bandas y presionando con más ímpetu del necesario a los defensas rivales. Su entrenador no se atrevió a reprimirlo, por miedo al qué dirán, pero sus compañeros sí se aproximaron a él en varias ocasiones, incluso los jugadores rivales, para pedirle un poco más de calma.

Cuando faltaban dos minutos de la prolongación, con los aficionados iluminando el campo con sus teléfonos móviles mientras coreaban ¡A primera! entusiasmados, Díscolo recuperó un balón en la zona media y, por instinto, percibió adelantado al guardameta rival y disparó a lo Nayim, por intentarlo, ya que era virtualmente imposible marcar de aquella forma.

El balón besó el larguero antes de la red. Un gol de bandera que los dejó a todos helados, especialmente a sus compañeros.

Su equipo se salvó con dos puntos de más, los cuales reportaron unas perricas extra para el presupuesto salarial del año próximo. Los locales las pasaron muy, muy zorras en la última jornada.

Díscolo no supo qué decir al acabar el partido.

____________________________________________

Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 159, 10.06.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Real Zaragoza / Fútbol y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s