Misterio en el estadio

El guardameta no estaba. El árbitro volvió a contar a los jugadores del equipo local y se sorprendió al constatar la ausencia inesperada. Miró a su alrededor, buscando a alguien que pudiera ofrecerle una explicación plausible o, tal vez, la presencia del desaparecido fuera de su sitio.

─¿Dónde está el portero? ─le preguntó a Zapater, que se encogió de hombros con una expresión honesta que mezclaba desconcierto y disgusto.

Se separó del futbolista y consultó por el pinganillo al cuarto árbitro, quien se sintió importante al recibir el encargo de preguntarle al delegado.

─Pensábamos que ya había salido ─se disculpó el aludido─. Se habrá quedado en el vestuario por algún motivo. Ya han ido a buscarlo.

─Esto no es serio. Dile que tiene a veintiún futbolistas, quince mil espectadores y la televisión que sustenta este tinglado esperándole. ¡Si no fuera el portero haría que comenzase ya el segundo tiempo! ─vociferó el colegiado, que tenía tanta fama de buen árbitro… como de pésimo carácter, obligando a su colega a fingir un enfado que todavía no sentía.

El juez principal perdió la paciencia definitivamente cuando su compañero le informó de que el guardameta no estaba en el vestuario:

─¡Es como si lo hubieran secuestrado! ─apostilló al final, repitiendo lo que el delegado zaragocista acababa de decirle.

─Rafa, no me jodas. Que salga otro portero. Diles que se prepare el suplente cuanto antes y hagan el cambio ya mismo. Voy a ir a buscarlo dentro, en cuanto salga reanudaré el partido con diez o con once jugadores.

Echó a correr hacia el túnel de vestuario con ese trote de gacela altiva que lo caracterizaba. Bajó las escaleras tras lanzar sendas miradas oblicuas, de reproche, al entrenador local, primero, y al delegado, después. El público reaccionó con cachondeo ante lo inédito, sin saber qué estaba ocurriendo. Ni siquiera Salvador Asensio, Jorge Hernández o Pepe Borque eran capaces de explicar lo que pasaba en sus emisoras de radio respectivas.

─Voy a echar una meada ─se dijo el árbitro mientras llegaba a su vestuario, intranquilo y, por ello, con la próstata en modo urgencia a causa de los nervios. Como buen profesional que era, antes de acudir al mingitorio se había asomado a la puerta del vestuario local y llamado al portero desaparecido a gritos─. ¡Me cago en mi madre! ¡O sales enseguida o reanudamos el partido sin ti!─. No obtuvo respuesta.

Le sorprendió la fetidez que había inundado su vestuario. Con todo, se dirigió con rapidez hacia el aseo y giró el pomo sin pensarlo, mientras con la mano libre comenzaba a deslizar el pantaloncillo corto para acelerar su acción evacuatoria.

Así lo sorprendió lo inesperado: el pantalón bajado al nivel de las rodillas y el miembro en posición de premicción. Allí estaba el portero, sentado en la taza, ojiplático y avergonzado, con los pómulos del mismo tono que su camiseta roja.

─¿Qué estás haciendo aquí?

La respuesta era evidente. Permanecieron en silencio, incapaces los dos de reaccionar, con los pantalones abajo, uno sentado en la taza que no le correspondía y el otro con el pito al aire ─no nos referimos al silbato─ delante de un desconocido que trataba de ocultar el suyo con el libro que hasta entonces había sostenido.

─¡Eso es mío! ─se dio cuenta al fin el árbitro─. ¿Qué estás haciendo aquí… con mi novela?

─¡Es buenísima! ─se animó el cancerbero─. He leído ya varias de este autor y me encantaron. Cuando pasé hacia el campo la vi por la rendija y entré a curiosear. Solo un momento, no sabía que había publicado un nuevo título. Mientras leía la contraportada… me ha entrado una rayada y no he tenido más remedio que tomar prestado su retrete. ¡Sabía que iba a darme tiempo de volver al nuestro!

»Así que me he sentado aquí y, entre tanto, me he puesto a leerla. ¡Estoy enganchadísimo!

─Es una pasada ─pareció relajarse el colegiado, que había colocado la cinturilla elástica de su pantalón en el lugar debido─. Yo no conocía a ese escritor, Míchel Suñén, pero me atrajo la portada en un escaparate y, sobre todo, la sinopsis. Me la he comprado esta mañana y, oye, no he podido dejarla en todo el día.

─Me he leído en este rato quince páginas. Era incapaz de levantarme sin saber qué demonios lleva entre sus brazos la mujer aparecida en Los Alfaques.

─¡Es un bebé! ─cayó en el spoiler, instintivamente, el colegiado, justo en el momento en que el delegado entraba en el pestilente cuarto donde ambos conversaban.

─No encontramos al… ¿Qué estás haciendo aquí, chaval? ─se sorprendió al verlos compartir tan animada como estrambótica charla. Sin embargo, al reconocer el libro que el portero sostenía, no fue capaz de refrenar su entusiasmo─. ¡Desde las entrañas!, de Míchel Suñén. ¡Una novela cojonuda! La he terminado de leer esta mañana. Es un thriller adictivo, de verdad, no puedes soltarlo hasta el desenlace.

Afuera, los profesionales y el público habían comenzado a impacientarse. Los futbolistas tocaban balón para no quedarse fríos, los linieres hablaban por el comunicador cada vez más intranquilos, el entrenador visitante pedía explicaciones al cuarto árbitro, mientras que el local, que había mandado calentar a su portero suplente, se debatía entre la incertidumbre y el deseo de prolongar la espera para dar más tiempo a la activación de su pupilo. Los aficionados, incrédulos, habían dejado de cantar himnos de aliento y aguardaban expectantes.

Adentro, el portero, el árbitro y el delegado continuaban ajenos a la realidad. En aquel mundo paralelo de ficción, alimentaban su charla apasionada… desde las entrañas.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 158, 28.05.17

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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Una respuesta a Misterio en el estadio

  1. jajaja Muy bueno!! Me encantó!

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