Una de cuernos

Solo quería morirse. Terminar con todo de una puta vez y detener el sufrimiento que le carbonizaba el alma. Su desconocimiento se había convertido en la más dolorosa realidad. Definitiva. Inesperada. E insufrible. Había regresado a casa cuarenta minutos después de haberse ido. Jugaba el Zaragoza en La Romareda y él, fiel a su rutina, había salido con dos horas de tiempo para tomarse unas jarritas en los Porches del Audiorama, con sus colegas de grada, y comentar el partido mientras se empapaba del ambiente, arropado por los cánticos de los Ligallo y mirando de reojo el encuentro televisado sin importarle cuál fuera. Llevaba tiempo notándola algo extraña. Con unos cambios de humor que él achacaba ─no tanto por machismo como por ignorancia─, a la menopausia que nadie le había dicho que tuviera, pero que él imaginaba que, a su edad, era la causa de sus altibajos. A veces la encontraba con los ojos enrojecidos, como si hubiera llorado, y otras llegaba a casa más tarde de lo normal y sonreía quedamente, de una manera similar a como él lo hacía los lunes de victoria blanquiazul. No tenían hijos. Ni iban ya a tenerlos, no solo por la edad ─ni por la menopausia─, sino porque llevaban tantos años de abstinencia sexual que ya habían perdido la cuenta de los mismos.

─Me voy al fútbol, ¡hasta luego! ─se despidió con una parquedad insulsa solo explicable por esa pátina amorfa con la que la rutina y la dejadez los habían impregnado.

─Pásatelo bien ─le contestó ella con voz cantarina, cercana a la alegría, la misma que siempre utilizaba los días de partido en vivo.

Se fue un poco más aturullado de lo normal porque se había despistado con el Partidazo de la tele. Tras cambiarse en el sofá del comedor sin perder de vista la pantalla, salió zumbando para coger el autobús con diez minutos de retraso sobre el horario previsto.

Tardó poco más de media hora en darse cuenta. Mientras escuchaba el carrusel deportivo con sus auriculares, se palpó el bolsillo interior de la chaqueta y comprobó que no había cogido la cartera. Le faltaban, pues, el abono, el DNI y el dinero para las cervezas. Farfulló entre dientes, se jiscó en lo que no procedía y se dio la vuelta lamentando su torpeza, la cual le iba a impedir disfrutar de la previa como de costumbre.

Sacó las llaves del vaquero, franqueó el portal, subió en el ascensor y entró en la casa con paso acelerado. Lo recibió una oscuridad extraña: pensó que su mujer estaría trasteando en la terraza, así que no se preocupó demasiado. Ni siquiera cuando oyó unos crujidos extraños, y algo así como jadeos, que asoció a alguna de esas películas de sobremesa que a su parienta tanto le gustaban.

El dormitorio lo recibió con la luz de la lamparita de bombilla roja que, cuando la pasión aún existía, utilizaban para acrecentarla. No fue consciente de lo que significaba. Estuvo a punto de no verlos, porque se volvió azorado hacia la cómoda en donde había dejado la cartera.

─¿Qué haces aquí? ─exclamó su mujer, sobresaltada, con una angustia tan evidente que lo obligó a mirar hacia la cama.

─Me he dejado la… ─No pudo terminar la frase. Ella lo enfrentaba con menos zozobra de la imaginable, despeinada y desnuda, junto a aquel tío que, para colmo, se parecía al árbitro ese calvo al que tanto detestaba, el tal López Amaya, que siempre perjudicaba al Zaragoza─. ¿Qué estáis haciendo? ─balbució como un idiota, acrecentando la sensación de ahogo y desesperación que lo invadía.

Todavía intercambiaron varias frases que él nunca recordó. Salió de allí vencido, con su desgastada carterita de cuero entre las manos, un auricular en una oreja, otro colgando a la altura de los muslos ─Luis Rubio estaba dando la alineación de los rivales─ y una sensación de incredulidad, de irrealidad, que le incapacitaba para reaccionar.

De pronto se encontró en el puente, inclinado sobre la fría piedra y escuchando aquella voz que le decía «tírate, para qué quieres vivir si te ha puesto los cuernos, termina de una vez con todo y págale el engaño con el remordimiento de haber causado tu muerte». Desconoce cuánto tiempo estuvo allí parado, con la panorámica del Pilar como escenario, contemplando el vaivén acuoso, menos cristalino que grisáceo, de las aguas agitadas de aquel Ebro dominical que reclamaba su cuerpo.

─¡Ahoga tus penas! ─le susurró un remolino.

Y se encaramó al murete.

Se incorporó, se puso en pie y, como sonámbulo, inspiró por última vez una bocanada de cierzo mientras alzaba los brazos en dirección al cielo.

─¡Qué está haciendo! ─reaccionó una voz anónima.

─¡No se tire! ¿Está usted loco? ─gritó otro transeúnte─. ¡Socorro, que alguien lo ayude!

El burlado estaba ido. Con la mirada perdida y el auricular en marcha, no oía otra cosa que el latido doloroso de su corazón, el ardor de aquella estampa adúltera en su habitación y la metástasis de los recuerdos de su vida conyugal, traicionada, que se acumulaban en su mente.

Tensó los músculos para tomar impulso. Dudó un solo segundo, cuando se preguntó si sería mejor lanzarse de cabeza o de otro modo. No supo responder, jamás se había interesado por cómo suicidarse. Y fue en ese pequeño instante de vacilación, de duda razonable hecha consciencia, cuando lo sobresaltó el grito arrebatado en el oído. Inconfundible. Regenerador. Atisbo de esperanza:

─¡Gol, gol, gol, gooooool de Ángel Rodríguez! A los cincuenta segundos de partido, golazo de nuestro delantero: Real Zaragoza, uno…

No escuchó el nombre del rival, ya lo sabía. Saltó con decisión ante la perplejidad de los presentes que, asustados, lo estaban rodeando. En cuanto sus pies tocaron suelo, los esquivó en zigzag y salió corriendo hacia La Romareda.

─¡Déjenme pasar, ¿qué hacen parados?! ¡Si me doy prisa llegaré al segundo tiempo!

El triunfo fue por cuatro a cero. Los blanquillos se pusieron a un punto del play off.

Cuando volvió a casa, el fulano ya no estaba. Aquel lunes no sonrió tanto como las otras semanas de victoria. Aún no ha decidido qué hacer con su señora.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 157, 12.05.17

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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