Las ligas de debate… a debate

Han llegado a España y se están poniendo de moda en cada vez más centros educativos. Las ligas de debate son competiciones intelectuales en las que se enfrentan equipos de oradores, a través de intervenciones sucesivas, para vencer en una confrontación dialéctica sobre un tema controvertido y de actualidad. La postura que adopta cada equipo se sortea justo previamente a las intervenciones y un jurado de expertos evalúa el intercambio oratorio antes de decidir quién ha ganado.

Se trata de una fórmula muy extendida en Estados Unidos y Gran Bretaña, en la que participan universidades de gran prestigio, como Oxford o Harvard. Ahora ha desembarcado en nuestro país y, desde luego, supone un estímulo para el aprendizaje y la puesta en valor de la comunicación oral.

Muchos jóvenes se están sintiendo atraídos por este formato y comienzan a trabajar el desarrollo de la eficacia de su elocuencia. Lo cual es excelente y necesario. Pero…

Un planteamiento en entredicho

Existen dos grandes escuelas oratorias: la norteamericana y la nuestra. La primera vendría a ser la que emplean casi todos los políticos —y otros comunicadores mediáticos—, quienes se convierten en intérpretes (actores) de discursos que otros elaboran y definen, con intereses muy concretos, para captar voluntades y adhesiones sin importar de qué modo. No todo el mundo —en realidad, muy pocos— estamos dotados para ello. Y, lo peor: la percepción que se tiene de estos oradores, a largo plazo, no suele ser buena. ¿O acaso consideramos un comunicador fiable a alguno de nuestros políticos actuales?

La otra escuela oratoria sí que está al alcance de todas las personas. Podemos comunicar con eficacia, todos, si somos naturales, sinceros y coherentes, y hemos trabajado antes lo suficiente para convertirnos en expertos en la materia a tratar y en su público. Así, contamos con ideas propias —interiorizadas, no prestadas de otros— que nos emocionan, nos entusiasman y conmueven. La fuerza de estos sentimientos y el dominio de los conocimientos nos usarán como canales —”medios”— para interesar, convencer y seducir a los oyentes.

Cuando un joven sin experiencia previa se adentra en el debate sin haber aprendido y dominado antes la oratoria correcta, el peligro es doble. En primer lugar, el diálogo se convierte en espectáculo, confrontación y batalla, como ocurre en la televisión, con ganadores y vencidos. En realidad, toda conversación debería ser una investigación de la verdad, un intercambio llevado a cabo con ansias de descubrirla y espíritu de servicio.

Por otra parte, dado que las posturas se asignan por sorteo, la ideas propias, el convencimiento, el compromiso y la sinceridad son improcedentes. Hay que defender una cosa y su contraria. Se fomenta la empatía —eso está bien, desde luego—, pero se trata de un mero ejercicio didáctico, un entrenamiento que no debe elevarse nunca a la categoría de fin en sí mismo. Es peligroso que así sea. Porque en el momento en que se acepta este principio, se abre la puerta al uso de las técnicas oratorias —que en realidad no son buenas ni malas, depende del uso que se les dé— para manipular, engañar, tergiversar y aprovecharse de los otros.

En mis clases universitarias de oratoria, mis alumnos —de entre 18 y 25 años— antes o después me preguntaban si Hitler fue un buen orador. Desde el punto de vista de la oratoria norteamericana, sin duda, uno de los mejores. Con respecto a la comunicación eficaz, honesta y de servicio que otros especialistas proponemos —y que a todos nos conviene—, podría argumentarse lo contrario: que manejó muy bien las técnicas oratorias, pero no puede ser considerado un orador bueno, de calidad, porque manipuló a las masas.

Si enseñamos a hablar en público a nuestros herederos solo con debates, estamos errando el tiro en algo imprescindible. Debatir está muy bien como entrenamiento, pero nunca debe ser un fin en sí. Si los comunicadores del futuro no tiene claros los verdaderos fundamentos de la oratoria eficaz, honesta y de servicio, estos debates juveniles terminarán siendo kaláshnikov de última generación en manos de chiquillos.

No parece muy prudente.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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