El hombre que perseguía un nombre escrito en un tablero

Helaba afuera. Un rayo de luz iluminaba la lóbrega habitación en la que contemplaba el mortecino rostro de su madre, todavía hermoso pese a la agonía. Madre señaló un tablero de madera y un rotulador, y él los acercó displicente. Tenían ojos de agua: con lágrimas los de él, con niebla los de ella. La débil mano femenina escribió un nombre en el tablón mientras su hijo contenía el llanto.

—Busca a este hombre. Cuando lo conozcas… serás feliz por siempre.

Y expiró con sencillez, como si morir fuese lo más normal del mundo. El tablero se desplomó a su costado, inerte igual que ella. La conmoción le impidió leerlo: guardó la tabla en la mochila, cogió el dinero y abandonó la casa en la que se había criado sin padre y sin hermanos. Tanta prisa llevaba por localizar al hombre cuyo nombre estaba escrito en el tablero que dejó el pueblo sin despedirse de nadie.

Anduvo más de once años mostrando el rótulo a cuantos encontraba, de un lugar a otro, incansable y medio ido. Hablaba lo preciso, la pena todavía quebraba su garganta; comía lo suficiente para no enfermar y administraba sus bienes con prudencia. De vez en cuando se alojaba en pensiones con estufa, pero prefería dormir en parques o estaciones de metro: de ese modo el tablón era visto también por los transeúntes de la noche. Visitó aldeas y ciudades, recorrió valles, ascendió montañas, atravesó océanos… y mostró el letrero a tanta gente que los brazos comenzaron a dolerle, e incluso se arquearon a fuerza de repetir tantas veces el mismo movimiento. Suscitaba curiosidad y compasión en cuantos lo veían, pero sus preguntas no encontraron ninguna información sobre el hombre al que buscaba. A veces se desesperaba, aunque poco a poco empezó a sentirse más a gusto vagando por el mundo, conociendo gente, observando, escuchando, persiguiendo el objetivo que lo mantenía vivo. Por las noches, cuando la fatiga lo obligaba a tumbarse, pensaba en Madre… y, al hacerlo, ocultaba la cabeza bajo una manta sucia que una viandante le había regalado.

Cierto comentario de cierto desconocido lo llevó a creer que podría encontrar al hombre en América Latina. Consiguió embarcar y cruzó el charco con destino al lugar donde alguien dijo haberlo visto. Preguntó por él durante semanas: nadie sabía nada.

Cierta mañana, el hombre que perseguía un nombre escrito en un tablero, tumbado sobre el césped para descansar, entreabrió los ojos y vio a un adolescente que estudiaba el tablero de madera:

—¿Conoces a ese hombre? ¿Lo conoces? —inquirió mientras agitaba los hombros del muchacho con vehemencia, porque le urgía el sí.

—No sé leer —contestó el chico—. Nadie me ha enseñado.

Era un joven demasiado alto para no saber leer.

 

Meses más tarde, un atardecer de frío glacial, guantes agujereados y repique de molares, el tablón se escurrió entre sus dedos y cayó sobre una placa de hielo. Afortunadamente, solo se astilló. Mientras lo secaba con su antebrazo leyó su contenido y descubrió, sorprendido, que nunca lo había hecho. El nombre escrito en él le resultó vagamente familiar. Pasó toda la noche concentrado en su pasado, intentando recordar de qué lo conocía.

Por la mañana decidió volver a casa. Presentía que el nombre escrito en el tablero correspondía a alguien de su localidad. No se hizo reproches, cuando se marchó era demasiado joven y estaba asustado; metió en su hato el tablero y embarcó hacia la ciudad en la que todo había comenzado.

Llegó de noche. Envejecido, cansado y miserable. Habían pasado quince años desde su partida y su memoria, erosionada en mil y un viajes que no dieron sus frutos, apenas reconocía lo que sus ojos veían. Llegó a su excasa, ahora un polideportivo, caminó hasta la plaza y se arrebujó en los soportales. Nadie lo reconoció, ni siquiera recordaban que hubiera nacido allí alguien como él. Pero no parecía peligroso, seguramente abandonaría la ciudad en poco tiempo.

Con los primeros ladridos de los perros, se puso en pie y emprendió su tarea:

—Busco a este hombre, ¿es usted?

Algunos evitaban su presencia, muchos no le respondían, ni siquiera miraban el cartel; pero él perseveraba hasta obtener una respuesta, que siempre era la misma:

—No.

Insistía:

—¿Lo conoce? ¿Le suena el nombre?

—Lo siento —le respondían antes de alejarse con paso rápido, mirándolo de reojo aunque no parecía peligroso.

Pasó el tiempo y los habitantes de la ciudad se acostumbraron a sus preguntas como quien se acostumbra a la pérdida de una de sus falanges. Hasta que, una tarde, un anciano creyó recordar el nombre del tablero:

—Se fue hacia el norte hace muchos años.

El hombre que perseguía un nombre escrito en un tablero partió de inmediato en esa dirección. Al llegar al primer pueblo preguntó casa por casa, convencido de estar siguiendo, al fin, la pista decisiva. Nadie reconoció el nombre por el que preguntaba. Recorrió otros diez kilómetros y, cuando más desesperado estaba… ¡descubrió otro indicio!

—Estuvo en mi casa —le confesó una mujer de gran belleza y ojos apagados—. Se llevó mi corazón. Prometió que volvería.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace años. Pero regresará algún día. Podemos esperarlo juntos. Nos casaremos, tendremos hijos y seremos felices mientras llega.

Contempló su rostro y, extrañamente, supo que la amaba. Le resultó hermoso sentirse de ese modo y estuvo a punto de estrellar el tablero contra el saliente de una roca; pero al final lo recogió en su bolsa.

—Tengo que encontrarlo. No seré feliz si no lo hago. Volveré. Te quiero.

Y continuó su marcha.

 

Viajó durante seis meses antes de dar con otra pista. Se alimentaba de las hierbas y frutas que encontraba en los caminos, de caza menor que él mismo cocinaba, de sobras que recogía en las basuras y de la comida que le entregaba alguna alma piadosa, aunque él no era un mendigo y jamás pedía nada que no fueran respuestas.

En un pequeño pueblo del Atlántico, un capitán de barco con perfil de bucanero reconoció el nombre sin género de dudas.

—Embarcó hacia América hace años. Era un buen tipo, solitario, como a mí me gustan. Estaba obsesionado con la felicidad, siempre hablaba de ella. En aquella época yo estaba al borde de la ruina. Me dio todo su dinero, gracias a lo cual salvé mi barco.

—¿Dónde está ahora?

—Desde que lo llevé a América no he vuelto a saber de él.

—¿Puedo ir en su barco?

 

Llevaba cuatro años en el continente americano, pero su rastreo resultaba tan estéril como de costumbre. Se había cansado de pronunciar sin éxito el nombre que buscaba, así que volvió a mostrar el viejo letrero de madera. Se acurrucó en la puerta de una iglesia y permaneció allí hasta que un par de botas embarradas se detuvieron enfrente del tablero. Cuando alzó la vista, descubrió a un espigado nativo que estudiaba el cartel con minuciosidad.

—¿Conoces a ese hombre? —le preguntó el vagabundo.

—No, pero el tablero sí. Hace tiempo vino alguien con uno parecido, estaba escrito en él ese mismo nombre: no llegó a decirme el suyo, pero me dedicó su tiempo y me enseñó a leer. Gracias a ello, conseguí un trabajo. Venga conmigo, puede proporcionarle abrigo y comida un par de días.

Recibió más atenciones y cariño que información: le habló sobre un joven delgado y animoso que aseguraba estar buscando al hombre que lo iba a hacer feliz  y que, como él, jamás abandonaba su tablero:

—Tan obsesionado estaba con enseñárselo a todos que siempre recorría las calles tratando de encontrarlo. Me enseñó a leer. Yo no quise que se fuera, pero decidió marcharse al norte.

—¡No estoy loco! —se alegró el trotamundos—. ¡Hay otros que lo buscan!

Y su ánimo experimentó una notable mejoría.

Como era la única información de la que disponía, decidió aferrarse a ella y seguir la pista. El nativo le dio algunos billetes para que cogiera el tren, y así pensaba hacerlo, pero al llegar a la estación encontró a una mujer que abrazaba a dos recién nacidos. Al ver su palidez, les entregó el dinero y continuó su viaje a pie.

 

Un buen día, rumbo al norte, perdió el conocimiento y se desplomó en un cruce. Una ambulancia lo trasladó a un hospital en el que recibió asistencia médica, comida e improvisadas lecciones de inglés durante seis semanas. Congenió con su compañero de habitación, un viejo depresivo que, harto de estar solo, había intentado cortarse las venas.

—Seré feliz cuando conozca a este hombre —le contó al abuelo, enseñándole el tablero—. Confíe en mí y no haga tonterías, volveré a buscarlo cuando lo consiga.

El anciano no volvió a causarse ningún daño y esperó pacientemente el regreso del vagabundo. Una mañana de primavera, mientras oía cantar al ruiseñor que su amigo le había regalado, una plácida niebla le sumió en el sueño del que ya no se despierta.

Siguiendo las indicaciones de un desheredado neoyorquino con el que, supuestamente, el hombre del letrero había compartido una botella de licor en Central Park, el hombre que perseguía un nombre escrito en un tablero volvió a Europa. Visitó Londres, París, Bruselas, Amsterdam, Berlín, Praga, Viena… y no llegó hasta Moscú porque el invierno y la salud se lo impidieron. En Budapest conoció a una familia de zíngaros con la que regresó a su pueblo. Se hicieron muy amigos, incluso les convenció para dejar sus trapicheos con las drogas.

—¿Por qué no vendéis esos pastelitos caseros que a mí tanto me gustan? —les animó.

Y aunque nunca se enteró, tuvieron tal aceptación que jamás volvieron a pasar necesidad.

 

Trece años después de haberse ido por segunda vez, volvió a tumbarse en los soportales de su iglesia. Helaba. Eran las doce de la noche y nadie, excepto el viento, le hacía compañía. Resignado a no encontrar jamás al hombre del que dependía su felicidad, recostó su cabeza sobre la alforja y durmió sin saber por cuánto tiempo. Al despertar intentó retomar su rutina indagadora. La voluntad no lo había abandonado, pero los años hacían flaquear sus fuerzas.

Los lugareños se acostumbraron a verlo. Ya no les importaba que siempre preguntara por el nombre escrito en su tablero, había algo entrañable en él, incluso hubo quien, para animarlo, le siguió la corriente y afirmó haberlo visto en un pueblo cercano. Pero en lugar de mejorar, cuando regresaba de ese pueblo lo hacía aún más débil y abatido.

 

Habían transcurrido treinta y tres años desde la muerte de Madre. Helaba. Le chirriaban los dientes y ya no sentía los dedos que sostenían el viejo letrero de madera. Los ciudadanos le decían buenos días al pasar y le llevaban mantas o comida cuando las necesitaba. El vagabundo era amable y conservaba la lucidez, incluso le permitían dialogar con los niños, contarles leyendas extranjeras e improvisar pequeñas representaciones teatrales de las que había aprendido con los zíngaros. De noche se refugiaba en los soportales de la iglesia y dormía a pierna suelta, tenía la conciencia tranquila, y de vez en cuando recordaba con nostalgia a algunas de las personas que había conocido durante sus viajes. Jamás se alejaba de esa plaza, apenas le quedaban fuerzas para hacerlo, así que se aferraba a la esperanza de que el hombre al que buscaba lo encontrara a él, algún día, en esos soportales.

Así transcurría su vida, sin sobresaltos, entre sueños, ilusiones y conversaciones agradables.

 

Una tarde de un buen día, un chiquillo pelirrojo con el que había bromeado un par de veces se acercó hasta él y lo contempló con expresión de médico forense.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó el pequeño.

—No tengo nombre.

—Todo el mundo tiene nombre.

—El mío… lo olvidé.

—Tendremos que buscarte uno —dijo el niño mientras trataba de encontrar una fuente de inspiración—. ¡Ya sé cuál! —estalló, entusiasmado, tras una pequeña pausa—. Ese de ahí, el que está escrito en el cartel que siempre llevas.

—Ese no es mi nombre, sino el del hombre al que busco.

—¡Pues ya lo has encontrado! —rió.

Lo vio partir con sencillez, como si lo que acababa de afirmar fuera lo más sensato del mundo. No pudo conciliar el sueño, una idea le golpeaba el alma. Por la mañana, como pudo, llegó hasta el cementerio. La quietud del camposanto lo tranquilizó. Vagando entre las tumbas encontró una lápida sin flores. Allí estaba Madre, inconfundible, con su mirada dulce y su precioso rostro en blanco y negro. Rompió a llorar, y la imagen de la fotografía sobre el mármol pareció hacerlo con él. Se arrodilló, rezó y habló con ella durante dos días enteros. Al terminar se levantó de un salto, sus lágrimas habían desaparecido, y sintió inmensos deseos de reír.

—¡El niño tiene razón! ¡Es mi nombre! ¡Era a mí a quien tenía que encontrar!

Antes de marcharse lanzó un beso al aire y depositó junto a la lápida el tablero que ella le había regalado.

Salió veloz hacia la plaza:

—¡Lo he encontrado! ¡¡¡Lo he encontrado!!! —gritó tan alto que los vecinos de toda la comarca, sorprendidos, se echaron a la calle. Sentía una euforia contagiosa, por eso cuando vio al niño pelirrojo lo abrazó con tanta fuerza que las articulaciones dejaron de dolerle. Ambos rieron y saltaron hasta caer exhaustos. Los habitantes del lugar, congregados en la plaza, se sintieron tan felices que todos bailaron y cantaron hasta la madrugada.

 

El hombre que perseguía su propio nombre escrito en un tablero aceptó un empleo en la biblioteca de la ciudad; pero antes pidió que lo llevaran al pueblo vecino, en el que ella todavía lo esperaba, más paciente y hermosa que en la vida.

Cuando reunieron el dinero suficiente, partieron en busca de su anciano amigo americano. No estaba ya en el hospital. En el camposanto le dijeron hasta pronto con serenidad, no temían a la muerte: sabían que nada, ni nadie, podría arrebatarles la felicidad que habían conquistado.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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