Día de lluvia

La vida es demasiado cruel, a veces, para casi todos, pero Rafael siempre tuvo el descaro suficiente para esquivar sus manotazos. Una fina lluvia calaba el desaliento más que los contornos. A tres filas de tumbas de distancia, observó la multitud de vecinos apenados, tristes o abatidos que formaban el sepelio, y advirtió la dramática espalda de su hija, tambaleante, protegida por los brazos que deberían haber sido los suyos. ‘Siempre hiela en este cementerio’, pensó para mantener ocupada su conciencia. Con todo, se tambaleó antes de encogerse en el gabán un par de tallas y recordar con desconsuelo los desencuentros con esa niña que nunca vio nacer. Por un momento deseó aplastar el barro que los separaba, apartar a la gente arremolinada en torno suyo y llevarla lejos de esa estampa, a otra diferente. Por desgracia, nunca supo a cuál.

Ni siquiera el llanto podía liberarlo, hacía años que había abandonado la capacidad de emocionarse. En otras circunstancias habría estrenado la viudez junto a esa joven, secaría sus lágrimas con el respeto de todos sus paisanos, mitigaría la pena vagando ensimismado por el monte. Arreció la lluvia. El párroco dibujó en la gris atmósfera el gesto irremediable de la cruz; él buscó refugio en el ciprés más próximo. Notó los calcetines empapados y volvió a la escena como lo que era: un mirón cobarde; contempló la descorazonadora uralita sobre la que imaginó la hermosa virgen, las flores aguadas, la hija en trance, sostenida a medias por la medicación y por los familiares que hubieran sido suyos. Sintió el desprecio al bien de algún viejo rival, la expresión vacía de antiguos camaradas, la amarga transparencia de los indeseados. Permaneció en silencio, ausente y presente como un mero ornamento. Al cabo, el familiar aroma montañés lo trasladó a la golfa juventud despendolada; a los pinares, refugios y recodos; a los besos ganados o robados, al amor, al abandono.

Vio marcharse a su chiquilla con la masa, como un muñeco roto. Debió haberse acercado, pero consideró que la distancia era insalvable. Encendió otro cigarrillo con dedos temblorosos y aguardó a que el cementerio recuperara su tenue mansedumbre. Solo entonces se acercó hasta la tumba de quien debería haber llevado su apellido, taciturno como jamás lo habían visto. Se sintió hasta tal punto impelido que balbució una justificación tardía, e inexacta, a su partida. Depositó sobre la cubierta una caricia y recordó con nostalgia la hermosa comunión de dos almas desnudas, los cuerpos inocentes alentados por la lumbre aquella noche única. Después partió despacio, cansado, envejecido. Subió al coche, empapado, y enfiló la carretera sin secar los ríos de agua que perfilaban su rostro. Tenía otra familia abandonada en algún sitio y, como siempre, muchos kilómetros de noche por delante.

____________________________

Relato publicado en la revista Barataria. 2005.

Anuncios

Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
Esta entrada fue publicada en Otros relatos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s