El músculo podrido

─Papá, ¿por qué no ganáis nunca?

Cuando su hijo le formulaba esa pregunta, en un paréntesis del cuento que le leía cada noche al acostarlo o mientras lo llevaba en coche al cole, a Eloy Mangón se le rompía el alma. Afortunadamente, no ocurría todas las semanas, el chiquillo era prudente o inconstante en esa reflexión. Pero igual daba. Cada lunes, cada inicio de semana, en cuanto recordaba la última derrota volvía a escuchar en su cabeza esa vocecita infantil repreguntándole que por qué perdía siempre, o no ganaba nunca, que para el caso era lo mismo.

¿Cómo explicárselo al niño, tan inocente, si ni siquiera era capaz de explicárselo a sí mismo? De joven, mientras se esforzaba por mejorar en cada entrenamiento porque había decidido ser futbolista profesional, jamás imaginó que esto podía ocurrirle. Era indignante, insufrible, vergonzoso… Por desgracia, inevitable. No era solo que su carrera se hubiera estancado definitivamente, que hubiera tocado fondo sin elevarse siquiera, que su equipo ocupara el farolillo rojo más encarnado del fútbol profesional español. Era peor todavía. Un rojo tan intenso que se le subía a las mejillas a diario, por mucho que se esforzara en ocultarlo. Especialmente a su hijo.

Lo vio entrenar aquella tarde con la misma ilusión con la que él empezó. Comiéndose el césped detrás de cada balón y disfrutando del juego, del deporte, de toda su emoción antes, durante y después de los partidos.

─Será mejor que estudie. ─Se repetía una y otra vez como si así, alejando de su primogénito ese veneno que a él le corroía, fuera a sentirse mejor. Pero no era tan sencillo. Porque cada mañana él tenía que acudir al mismo vestuario, atarse las botas como si de verdad fuera importante, saltar al césped con la repugnante teatralidad que le exigían y dejar los escrúpulos en la taquilla, guardados junto a la cartera.

A menudo lo insultaban. Su propia afición. Lo hacían con la mayoría de sus compañeros. Estaban hartos. Desencantados. Hasta los cojones de ser el hazmerreír de los equipos de la categoría y encadenar derrota tras derrota a cuál más vergonzosa.

La última fue en su propio campo: cero a catorce. Un gol tras otro, con otros tantos saques de centro más el del inicio del partido. Y él corriendo por la banda con cara de jugador de póquer estreñido, mientras hacía el paripé junto a la línea de cal, como si de verdad tuviera la intención de disputar ese esférico que, en el último momento, dejaría que se llevara su rival para anotar un nuevo y lucrativo tanto.

Había dejado de mirar a sus compañeros a la cara. Él no fue el primero en pringarse, fue de los últimos. Lo hizo cuando se dio cuenta de que su actitud de negación, protesta y combate lo había llevado a enfrentarse con su entrenador, primero, y con el representante de ambos después, del cual dependía su futuro y, por ende, el bienestar de su familia. Porque no era un jugador de élite, no lo había sido nunca, tan solo un trabajador que se calzaba sus botas y pateaba un balón para poder dar de comer a su familia. Así que se pringó, del todo, aquel día que el míster le volvió a pedir su implicación, pues resultaba cada vez más sospechoso que el mejor jugador de la plantilla no saltara al campo nunca ni un solo minuto, con los malos resultados que obtenían.

Al final dijo que sí. Su equipo recibía idénticas goleadas con él ─o no─ en el campo. Nada cambiaba su ausencia. Excepto que hacía peligrar su próximo contrato y le impedía engrosar su cuenta con las plusvalías que casi todos sus compañeros obtenían.

─Somos profesionales, tío ─le dijo uno de ellos, que se sentaba a su lado, tras felicitarlo por haber cambiado de opinión─. Estamos aquí para ganar dinero. No somos héroes, solo currantes de una profesión cortísima y sin jubilación, a la que tenemos que exprimir al máximo antes de retirarnos.

Desde entonces se cambiaba taciturno, apenas hablaba, nunca sonreía en el trabajo.

Cuando su compañero, el africano, harto de todo confesó en televisión el tinglado y denunció el amaño de resultados en el que participaban la mayoría de los jugadores, el entrenador y los nuevos directivos del equipo, Eloy Mangón entró primero en pánico. Después en cólera. Muy pronto en agradecimiento. El chico tenía la razón: era imposible seguir viviendo de aquel modo, era preferible malvivir que seguir haciendo aquello. Quedarse sin trabajo, o ir a la cárcel, que continuar siendo un delincuente. Un títere de capos. Un vendido. Estafador. Un sinvergüenza.

Por la mañana lo vio todo más claro: fue el primero que apoyó públicamente a su compañero denunciante, y confesó su lamentable participación en esa estafa, internacional y millonaria, de apuestas amañadas.

A su hijo, que aún era pequeño para comprenderlo, el revuelo mediático lo confundió del todo:

─Dicen en el cole que te has dejado ganar todo este tiempo. Yo les he dicho que es mentira ─le confesó por la noche.

─No caigas en sus provocaciones ─le contestó el padre, derrumbado, sintiéndose peor por tener que omitir para ayudarlo.

Hubiera querido decirle que perdió para ganar. Para ganar más dinero con el que cuidarlo a él y a su mamá. Lo hizo para mejorar, como hacían los otros.

Y también que estaba equivocado, porque perder voluntariamente acaba por perderte. Por pudrir cada uno de tus músculos, especialmente el corazón.

No fue capaz. En vez de ello, sacó de su bandolera una bolsa de golosinas y le ofreció un par de gominolas antes de cambiar de tema para siempre.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 155, 16.04.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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