El papá desconvocado

El fútbol era su pasión. La pimienta y la sal, el epicentro de su vida. Lo había sido siempre, pero ahora que había llegado a los cien kilos de grasas saturadas lo vivía de otro modo, desde la banda, alentando a su chaval, el primogénito, que era mucho más técnico y habilidoso sobre el césped aunque carecía de la rasmia que a él le había sobrado.

Le faltaba garra al tontolaba. Carácter. Mala folla. Y él, en calidad de padre exfutbolista se esforzaba en recordárselo cada partido, una y otra vez, gritándole desde la grada o a pie de campo, dándole ánimos, chillándole lo que tenía que hacer como si fuera un míster desmelenado, sin importarle que, a menudo, sus dictados no coincidieran con las instrucciones que el verdadero entrenador le dirigía a su hijo.

Al chico, su papá lo intimidaba. Tenía dieciséis años y ya no le afectaba tanto como de pequeño, cuando los gritos de su progenitor le sacaban los colores si no metía el pie con fuerza, soltaba una patada o se achantaba ante un entrada de un rival, pero no le gustaba verlo tan impertinente, tan metido en el partido, tan gritón e impresentable. Y, aunque se había acostumbrado a aquello, si algún día faltaba por motivos laborales o de salud, el muchacho se sentía a gusto, liberado y, según decían todos, disputaba los mejores minutos de la temporada.

Su padre se llamaba Faus, de Faustino. De joven estuvo a punto de ser jugador profesional, tal vez lo habría logrado de no haber recibido aquella entrada criminal que le destrozó la rodilla y de la que tuvo que operarse tres veces seguidas. Arrastraba desde entonces una ligera cojera y, lo peor, un desgarro anímico del que nunca se había liberado. Él también fue centrocampista, un pulmón incombustible que jamás daba un balón por perdido ni una defensa por infranqueable. De haber nacido en Argentina, lo habrían definido como un jugador canchero, pelotudo, de esos que cualquier rival prefiere tener en su equipo que como contrario. Después de la lesión se replanteó la vida y acabó de operario en una imprenta, donde no le había ido mal del todo, aunque no tan bien como soñó en su juventud.

Sus semanas resultan ahora tediosas, rutinarias. Si no fuera por la lectura del Afición lunes tras lunes, los entrenamientos de su hijo de los martes, miércoles y viernes, y su partido del fin de semana, no sabría con qué llenar su tiempo. Él disfruta así, a través de su retoño, del que está seguro que llegaría lejos en el fútbol… si al saltar al césped se pareciera más a él.

El día en el que se jugaban el ascenso, el entrenador tomó la decisión de no alinear de inicio a su chaval. Faus se sintió colérico, frustrado, incapaz de comprender por qué ese borrego con chándal había dejado fuera del equipo al jugador más talentoso en el partido clave, aquel del que dependían los objetivos de la temporada… y el devenir de la próxima. Avinagrado, aburrido, viendo como los contrarios se apoderaban del centro del campo y los compañeros de su hijo se limitaban a lanzar diagonales y despejar al graderío una y otra vez, el hombre sintió hervir en su interior lo peor de su carácter, el diablo que subyace en las entrañas, el resquemor, el infortunio acumulado y la ira tras tantos años de frustración enquistada. Se mordió la lengua a riesgo de envenenarse con su propia mala leche; pero en el descanso se tomó un par de cervezas, calentitas como su ánimo, y nada más reanudarse el juego blasfemó a gritos cuando les marcaron un gol en un córner, mientras su chaval calentaba en la otra banda.

Por fin salió su hijo al campo. Con ganas de revancha. En la primera jugada gambeteó en la línea de tres cuartos hasta que un rival le lanzó a destiempo una patada, que él logró esquivar mientras corría directo hacia la portería. Regateó al guardameta y, en el último momento, cedió el balón a un compañero que anotó a puerta vacía. Fue un espléndida jugada. Espectacular, eficaz… y generosa.

—Mételo tú, joder, alma cándida. ¡No se lo regales al que te está quitando el puesto! —le gritó su padre irrefrenable, como un loco, llenando de saliva la estructura metálica en la que se apoyaba.

El buen juego de su hijo, hipermotivado después de la suplencia, no le resultó balsámico. Ni siquiera cuando estuvo a punto de marcar el gol de la victoria, en el descuento. Su remate lo paró el portero de un modo portentoso, junto a la cruceta.

—Si lo hubieras sacado todo el partido, mamarracho, habríamos ganado —se dirigió al entrenador, que caminaba hacia el vestuario tras el pitido final del colegiado con el inútil empate.

»¡Eres un tonto a las tres y un poco hombre!

»¡Ven aquí si tienes huevos, voy a partirte la cara!

Lo sujetaron entre varios padres del equipo. Aunque, por su corpulencia, el entrenador creyó que iba a lograr golpearlo. Se asustó tanto que terminó orinándose.

La semana fue movida. El club decidió expulsar al chico del equipo, por culpa de su padre, aunque Faus terminó entrando en razón y acudió a las oficinas para disculparse. Pidió perdón una y mil veces a aquel al que había amenazado, quien, pese a todo, no se quedó muy tranquilo.

—No echen a mi hijo del equipo, no ha sido culpa suya —insistió como en un mantra.

El director deportivo tomó la iniciativa: no estaba dispuesto a quedarse sin aquel futbolista de talento por culpa de su padre impresentable:

—Le dejaremos seguir… si no vienes más a verlo. Ni a los partidos ni a los entrenamientos.

Así quedó la cosa. Desde ese día, el chico se salió: se convirtió en un figura.

Después terminó su condición de juvenil, fichó por otro equipo… y su papá volvió a la grada.

Dos años después, el hijo abandonó definitivamente el fútbol.

 

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 154, 02.04.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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