¡Culpable!: mi hijo juega al fútbol


Hay imágenes tan lamentables que hablan por sí mismas. La vergonzosa pelea  de Mallorca entre padres que presenciaban un partido de fútbol de sus hijos es un fiel reflejo de lo peor y más detestable de nuestra sociedad. Sin duda, los responsables deben ser duramente castigados: para eso está la ley y, si no sirve, la cambiamos.

Ahora bien, lo que no entiendo ni comparto es esa predisposición de algunos medios y cada vez más gente guay de estigmatizar este deporte, que más allá de las pasiones multitudinarias que desata, desempeña una labor educativa y socializadora incuestionable.

“El fútbol es agresivo”, “es un deporte violento”, “un juego para bestias”, “los niños no deben competir, solo divertirse” o “es mejor cualquier otro deporte” son algunas de las perlas que muchos han utilizado, a favor de corriente, como si el trasfondo de la polémica no fuera analizar la realidad con objetividad, para solucionar lo detestable, sino ideologizar el debate para, como siempre, arrimar el ascua a la sardina propia.

Mis tres hijos hacen deporte. Es una decisión educativa que, como padres, tomamos de un modo consciente. El chico, de 17 años, lleva en el fútbol base, federado, desde los cuatro. Las chicas, de 14 y 5 años, hacen patinaje. Así que, al menos desde mi experiencia, puedo hablar del tema. Lo mejor del deporte es, en mi opinión, que coloca a los chavales en una microsociedad estimulante que reproduce con fidelidad cuanto los rodea —aquello a lo que van a tener que enfrentarse cada día—, todo lo bueno y lo malo, dándoles el protagonismo y un cúmulo de experiencias, vivencias, responsabilidades y exigencias adaptadas a su edad. El deporte es formativo. Social. Saludable. Divertido. Con él aprenden valores, a respetar las normas, a relacionarse, a trabajar en equipo, a esforzarse en pro de un objetivo, a darse a los demás y a gestionar el éxito… Pero también los fracasos. Porque la vida, no nos engañemos, no es un lienzo inmaculado. Es competitiva. Incluye personas y situaciones violentas. Conductas anormales, injusticias y situaciones complejas. Y los peques, a través de su deporte favorito, aprenden a afrontarlas.

Dicho esto, insisto una vez más en que es fundamental poner todos los medios disponibles para erradicar la violencia, los malos rollos y las conductas intolerables de las instalaciones deportivas de base.

El fútbol en el disparadero

Después llega la política. Y los mismos que aseguran que el fútbol es alienante, un deporte de bárbaros que solo sirve para embrutecernos, pretenden promover en sus ayuntamientos iniciativas que obligan a los clubes de base a montar equipos femeninos. Muchas voces interesadas afirman que esta violencia se da, únicamente, en el fútbol. No es cierto. Se da en la sociedad que compartimos y, por ello, en cualquier disciplina deportiva. Porque depende mucho más de las personas que de las circunstancias. Yo he presenciado comportamientos de abuso de autoridad, exclusión, difamación y pésimas maneras en otros deportes infantiles. En patinaje, en varias ocasiones. También en baloncesto, hockey y balonmano me ha contado experiencias muy poco agradables. Evidentemente, después de tantos años, también he presenciado broncas, conatos y comportamientos reprobables en los campos de fútbol, dentro y fuera del césped. Las peores, sin duda, las protagonizadas por los espectadores.

Quizás el consumo incontrolado de cervezas, carajillos y copazos antes, durante y después de los partidos influye mucho en ello. Más, desde luego, que la propia naturaleza futbolera. ¿No debería prohibirse en el deporte base, como ya se ha hecho con los cigarrillos, la venta y el consumo de alcohol? Si ya se está haciendo en los campos de primera y segunda división, para evitar la violencia, tal vez podríamos plantearnos también esta medida. Porque he visto a padres lamentables, desquiciados y chispados avergonzar a sus hijos en un partido de basket y en una competición de patinaje. Pero, claro, resulta más sencillo enmerdarlo todo a voz en grito y difundir un análisis parcial, interesado, sobre el rey de los deportes. Es opio para el pueblo, un juego de chusma y hay que erradicarlo, se jactan en decir.

A mí me encanta el fútbol. Ha formado parte indisociable de mi desarrollo y, sin falsas modestias, no me ha ido tan mal. Por eso estoy encantado de que mi hijo lo practique y se esfuerce por ser competitivo en el deporte. Los que de verdad lo amamos, porque lo vivimos, somos los que más detestamos esas conductas violentas, detestables, cuando se producen.

Por eso digo sí al deporte y no a la manipulación.

Por eso abogo por tomar medidas para erradicar estos comportamientos incívicos. Pero de un modo estratégico, no puramente táctico. Porque el fútbol no es la causa, sino la víctima de esas carencias y taras sociales que nos afectan negativamente a todos, y a todos los deportes. ¿Se dan con más frecuencia e intensidad en el balompié, como muchos aseguran? En más número y con mayor repercusión mediática, seguro. Porque el total de los partidos, las competiciones, las familias y los chiquillos que mueve todos los fines de semana es exponencialmente mayor que el de cualquier otro deporte.

Es una cuestión numérica, no cualitativa.

Así que no me importa reconocerme culpable por haber inoculado la pasión por el balón a mi chaval. Ni la necesidad de hacer deporte a todo mi familia.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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