El regalo de ser padre

Antes de tener tu primer hijo, intuyes que tu vida va a cambiar sustancialmente, pero nunca te imaginas cuánto. Todavía eres incapaz de asimilar que el centro de flotación de tu existencia virará radicalmente en una dirección imprevisible. Que, en efecto, renunciarás a gran parte de tu tiempo para cedérselo a ese cachorrillo al que, una vez nacido, no podrás imaginar de otra manera. Antes de ser padre eres incapaz de barruntar la regresión progresiva que experimentarás hacia tu infancia: los juguetes, los personajes, las canciones, las películas que habías olvidado adquirirán, de nuevo, un gran protagonismo.

Y los aromas, cómo ignorar los aromas: ese olor inconfundible a escuela, mezcla de papel, clarín y humores infantiles; ese aroma a polvos de talco, toallitas y colonias de Nenuco; ese olor a ti que nunca habías percibido y que ahora puedes disfrutar introduciendo tu nariz entre los pliegues de su cuello. Regresan tantas vivencias, tantas experiencias y aprendizajes remotos… Vuelves a cursar primaria de su mano, a actualizar tus conocimientos básicos mientras repasas sus deberes o le preguntas las lecciones del siguiente examen. Vuelves a tumbarte sobre el suelo y a hacer voces estrambóticas, agudas o graves según el muñequito al que se las asocias. Vuelves a jugar al pilla pilla, a disfrutar de los parques, a convertir en un campo de fútbol el pasillo de tu casa.

Inevitablemente, en cuanto nacen tus hijos estos se convierten en parte esencial, e indispensable, de tu vida. Lo normal es que ya no puedas concebir sin ellos tu existencia. De este modo, somos y seremos capaces de darlo todo por esos angelitos, de renunciar a cualquier cosa, incluso a ellos mismos si esto fuera, realmente, necesario.

Cierto es que nos aportan también nuevas preocupaciones y tormentos, e infinidad de obligaciones y exigencias. La principal de ellas, encarnar el mejor ejemplo en el que puedan inspirarse hasta llegar a ser la mejor versión de sí mismos. No solo se trata de cuidarlos, alimentarlos y protegerlos, que también; sobre todo se trata de ayudarles a modelar su carácter e inocularles buenos hábitos y sabios pareceres. A los hijos se los quiere, simple y llanamente, por quién son, no por cómo son. Incluso los más rebeldes y problemáticos siguen siendo amados por sus padres en las circunstancias más extremas. Es la aceptación sin límites, la entrega decidida, el amor incondicional lo que brota en nuestros corazones cuando tenemos un hijo. Todo cambia tras la llegada de cada uno de ellos. Absolutamente todo. La lucha cotidiana transforma su escenario, su modelo y su objetivo. Y los mejores momentos se sustentan ya en torno a esos chiquillos: esa carcajada que te llena de alegría, ese progreso ansiado que se hace realidad, esas primeras palabras, ese orgullo de buen padre en los momentos puntuales y, desde luego, esa recompensa incomparable que supone asomarse por la noche a su habitación y verlos descansar tan guapos, tan tranquilos, tan inocentes, tan tuyos, tan perfectos. Suspiras, reventado por el cansancio del día, y cierras la puerta a tus espaldas con una enorme sonrisa. Todo adquiere entonces su sentido. Ya puedes irte a la cama, o al sofá, y descansar plácidamente junto a tu pareja. Juntos habéis hecho algo inmenso. Maravilloso. Genuino. Juntos habéis dado la vida a un ser humano único y, por ello, imprescindible. Y os habéis asegurado, de este modo, un merecido hueco en la posteridad.

*               *              *

En la semana del Día del Padre, recupero este artículo publicado en La Oca Loca y que todavía no había incorporado a este blog.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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