El suegro antifútbol

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Odiaba el fútbol. Lo detestaba. Lo consideraba un asunto de la plebe, un entretenimiento para brutos, uno de esos opios para el pueblo que los mandamases administran a las masas para apaciguarlas, amansarlas y acallarlas. Él era un erudito: un hombre sensible y cultivado que buscaba en la música clásica, el estudio y las artes escénicas el sustento intelectual, y lúdico, que precisaba.

Cuando conoció a su esposa —una poetisa con alma de melómana— y se casó con ella, renunció por completo al balompié y se sumergió en una vorágine de eventos culturales, sensitivos y adorables que a los dos satisfacían. Es verdad, por otra parte, que no siempre fue así. De niño lo pasaba en grande jugando al balón con sus amigos, pero cuando se adentró en la preadolescencia y su cuerpo se estiró desproporcionadamente, volviéndolo arrítmico y muy torpe, dejó de interesarse por la práctica de aquel deporte para el que la naturaleza no le había regalado el físico adecuado. Aun así, aunque nunca fue un hincha ni un fanático blanquillo, seguía los resultados de la Liga e, incluso, veía por televisión los grandes partidos de la selección, las finales y algún que otro clásico.

Después, como hemos dicho, se enamoró y contrajo matrimonio con aquella persona tan sensible, con la cual tuvo dos hijas: ambas guapísimas, encantadoras y extremadamente femeninas. La mayor se decantó por el patinaje artístico, y a fe que lo hizo bien: ganó varios campeonatos y se convirtió en ejemplo para su hermana pequeña, quien superó sus logros. Tanto se involucró en el progreso deportivo de sus hijas que desempeñó diversos cargos y funciones directivas en su club, primero, y en la federación después.

En esa época, en cuanto encontraba la ocasión, lanzaba sus cebos y sus invectivas verbales para captar practicantes:

—Dile a tu hijo que deje el fútbol y se pase al patinaje artístico. Es un deporte mucho más completo y bonito —le decía a algunas de las madres de las patinadoras federadas.

O bien:

—¡Olvídate del balón, muchacho! ¡Apúntate a patinaje: no te conformes con practicar un deporte de brutos!

Sea como sea, en estas circunstancias, fue cumpliendo años al tiempo que sus hijas se convertían en mujeres estilosas, atractivas y muy bien definidas, en gran medida gracias a sus muchas horas de ejercitación con los patines.

Un buen día, una de ellas les presentó a su novio: un prometedor futbolista profesional que acababa de llegar a Zaragoza fichado por el primer equipo. Estaban muy enamorados. La relación cuajó. Y, desde los primeros meses de la misma, al orgulloso papá no le dolió en prendas acompañar a sus hijas y a su esposa, en comitiva familiar, a los partidos que su presunto yerno disputaba en el estadio municipal de La Romareda. El fútbol, al menos el de elite, dejó de parecerle un deporte para cafres. ¡Incluso se animó a ponderar, argumentar y sentenciar en sus canales de redes sociales sobre el Zaragoza, su situación, los futbolistas del equipo y el fútbol en genérico!

Desapareció en él, misteriosamente, ese rechazo instintivo que el deporte rey siempre le había producido. Ahora es más zaragocista que nadie, al menos mientras el novio de su hija siga vistiendo la blanquilla. Conociéndolo como lo conocemos, después ya se verá.

«Hay que acudir a animar este domingo», publica su tuit antes del partido clave. Allí estará él, aplaudiendo y celebrando los goles de su equipo… junto a su amada esposa.

*     *     *

Once años después, ese hombre, ya convertido en abuelo, se incorpora de un brinco desde su asiento de piedra y alza los brazos en actitud inquieta:

—¡No te achantes, hijo! —le grita a su nieto de siete años, que corre detrás de la pelota con sus nervudas garrillas—. ¡Échale rasmia! ¡Mete la pierna, carga con el hombro! ¡No tengas miedo, eres más fuerte que el otro!

A su lado, los padres de la criatura se miran con complicidad. Encantada la mamá, orgulloso el padre que sueña con que su hijo pueda continuar su estela. Su suegro no pierde detalle del partido; de hecho, no se pierde ninguno desde que su nietecico debutó en prebenjamines. Nunca se le ha pasado por la cabeza regalarle unos patines, da por sentado que, con los genes de su padre, lo suyo será el fútbol.

Ahora no se pierde ni un solo encuentro en el estadio ni en la televisión, hace quinielas, se compra el Afición y está intentando enseñarle a su mujer qué demonios es un fuera de juego. Es el abuelo más feliz del mundo cuando ese chiquillo hace un regate, regala una asistencia o marca un gol en un partido. A menudo lo recoge en los entrenamientos, y siempre lo recibe con una palmadita de felicitación, y orgullo, sobre su espalda.

A veces se encuentra con alguna de esas madres a las que lanzaba sus proclamas antifútbol durante su etapa de federativo. Algunos de sus hijos ya son juveniles, otros han dejado el balompié e, incluso, hay un par de ellos que han hecho carrera y están ganando algún dinero compitiendo. Al hombre le encanta presumir de su heredero, y lo hace también ante ellas si tiene la ocasión. Nunca advierte el gesto oblicuo, molesto, con el que varias reciben sus palabras. Ni siquiera se acuerda de aquel tiempo, tan remoto, en el que militaba en contra del fútbol y alardeaba de ello.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 151, 26.02.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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