La ruptura

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Su cuerpo era incapaz de responderle. La modorra, la apatía y la desesperación lo habían derrotado. Las sábanas se aferraban a su piel, a sus extremidades, a su voluntad, con una firmeza irreductible que le impedía moverse. Menos mal que era domingo. Porque nada, ni nadie, hubiera logrado incorporarlo para ir a trabajar en otro caso. La penumbrosa luz del mediodía se colaba entre las líneas de la persiana, iluminando caprichosamente uno de sus párpados, el cual apretaba firmemente para blindarlo de ese brillo insoportable. Sintió náuseas. Y esas ansias crónicas, esos deseos de llorar a moco tendido, como una colegiala, desde que la tarde anterior le habían destrozado el corazón y él había decidido romper para siempre con su amor, volvieron a vencerle.

Había renunciado, definitivamente, a todo aquello que hasta entonces le había dado la vida. Estaba tan vacío que el sudor que lo adhería a las sábanas le consolaba. No tenía fuerzas, ánimo ni ilusión para hacer nada. Solo deseaba permanecer tumbado allí, de aquel modo grotesco, en aquella cueva de seguridad, silencio y aislamiento en que su habitación se había convertido. Le dolían las articulaciones, como si antes de marcharse su amor le hubiera propinado una paliza. Pero no era eso lo que había sucedido. Ni mucho menos. Se preguntó, de nuevo, si había hecho lo correcto renegando para siempre de sus sentimientos. Y no halló la certeza. Se había cansado de sufrir, de ser lastimado, de desilusionarse, de sentir que aquella relación no le ofrecía lo que él necesitaba. Como si de un hijo arruinado por la droga se tratara, al que se sigue amando y por el que se daría la vida todavía, pero que, sin embargo, solo trae ya zozobra, disgustos, dolor y desesperación porque ha dejado de ser aquel que era, así sentía a su amado compañero, al que había expulsado de su vida y por el que ya nunca quería volver a ilusionarse.

─Es mejor así, no puedo seguir sufriendo de ese modo. Prefiero no sentir, que sentir esto ─intentaba convencerse mientras los efluvios hediondos de la cobertura de la almohada que había impregnado de saliva, transpiración y miedo durante sus continuas pesadillas nocturnas no conseguían apartarlo de aquella insana obcecación.

Pasadas las cinco de la tarde, venciendo con heroicidad el dolor que, desde el corazón, había colonizado cada milímetro de su corporalidad, el hombre consiguió incorporarse y avanzar entre las sombras, en dirección al salón, donde se tumbó abatido, derrotado por tan terrible esfuerzo. Tenía hambre, mucha hambre. Pero experimentó aquel agudo malestar físico como una insufrible desazón anímica, una bola de pelo en el estómago que le producía náuseas nada más pensar en la comida. Miró a su alrededor. En otras circunstancias, antes de haber renunciado a su pasión, hubiera encendido la televisión para comprobar, noticia tras noticia, cómo acontecía todo. Por un instante, tomó el mando entre las manos y estuvo a punto de encender el sintonizador de los canales de pago, pero en el último momento apartó de sí aquella diabólica obsesión y lo lanzó lejos, haciéndolo impactar contra el parqué a unos cuantos metros de distancia.

Miró a su alrededor: todo le recordaba a su amor. El cuadro colocado sobre la mesa del comedor, la bufanda situada en un lugar privilegiado del salón, encima mismo del sillón en el que se sentaba los días de partido, los marcos de plata con las fotos sobre la librería, la colección de entradas, abonos y recortes, el mismo color de las paredes, blanquiazul, que había elegido de ese modo en homenaje a sus sentimientos tan profundos…

Cerró los ojos otra vez y trató de aislarse. El sueño acudió en su auxilio nuevamente, pero no fue reparador, sino contradictorio, porque le regaló una serie de vívidos recuerdos de lo que habían disfrutado juntos: cuando se conocieron gracias a su padre, los flirteos iniciales, su extraordinario poder de seducción, las tardes gloriosas, las conquistas, los placeres y esa sucesión de sentimientos que lo habían llevado a caer perdidamente enamorado de aquel club de fútbol histórico con el que había ganado seis copas del Rey y una Recopa.

Sobresaltado, el aficionado se despertó en un ovillo, con la taquicardia sacándole el corazón fuera del pecho, con los ojos encharcados de lágrimas contenidas y ese temblor espiritual del que no había logrado desprenderse desde que Jorge Valdés Aller había pitado el final del partido en la vieja Condomina murciana y el Zaragoza había vuelto a cosechar una deshonrosa derrota en la categoría de plata, indigna, en la que militaba.

Fue entonces, abrumado por la dolorosa imagen mostrada por su equipo, la bajeza de la actitud y la aptitud mostradas por los jugadores, y la falta de identificación con aquella cuadrilla de matados que, en su mayoría, no merecían vestir esos colores, decidió romper para siempre con su amado equipo. No estaba dispuesto a sufrir más. Tenía suficiente.

Sin embargo, después de aquel sueño recopilatorio por el que habían desfilado algunos de los mejores momentos que habían compartido, el deprimido aficionado vio su silueta recortada en el televisor apagado y, de refilón, miró la bandera del león que presidía la pared principal de aquella estancia.

Tardó algunos minutos en reaccionar, debatiéndose entre la angustia y la calamidad.

─Joder ─se dijo finalmente─. Todavía quedan jornadas suficientes. Si hoy pinchan los de arriba y reaccionamos la próxima semana, aún podríamos meternos pronto en promoción y, quién sabe, igual hasta ascendemos.

Quiso creer en su amor.

Y una vez más le concedió la oportunidad de continuar creyendo.

─No puedo abandonarte ─le confesó por fin─. Pero tienes que cambiar, esto no puede seguir así. Tienes que volver a ilusionarme.

Hay amores tan profundos que siempre permanecen.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 149, 29.01.17

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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