¿Me está rondando la muerte?

Face of scary woman with evil eyes

Ayer me sucedió un poltergeist en la oficina. Uno de esos fenómenos extraños, bizarros, que hacen añicos la rutina de un modo completamente inesperado. Me marché de la agencia a las 13:00 horas, dejándolo todo en orden. Fui el último en salir y el primero en volver, a eso de las 15:35 h, y no advertí nada inusual en ella a mi llegada. Después de unos minutos, mi vejiga me convenció para ir al baño y, ¡sorpresa!, encontré dificultades para abrir la puerta, la cual, al desplazarse, produjo unos sonidos inquietantes, cercanos a chillidos o lamentos tenues.

Cuando pude al fin entrar, el panorama que encontré fue desolador. El cuarto se había convertido en un espacio caótico, salpicado de cristales, esquirlas y angulosas estructuras que se habían repartido desordenadamente por todos los rincones: el suelo —sobre todo—, la pila del lavabo, el inodoro, el protector de la escobilla, el alféizar y cualquier parte que alcanzara mi vista.

Tras el shock inicial, como animal pensante que soy y apasionado seguidor del género negro, una inspección ocular más sosegada me permitió identificar la causa del desastre: el espejo se había desplomado y, en su caída e impactos sucesivos, se había convertido en ese cementerio de vidrios esquinados de todos los tamaños y formatos. ¡Menos mal que no había nadie dentro cuando sucedió!

Como no podía ser de otra manera, me puse manos a la obra y recogí el desastre. Constaté, sobre la marcha, diversos daños colaterales: una muesca profunda en la tapa del retrete, una grieta sobre el azulejo y un pinchazo inesperado en mi dedo pulgar, del cual empezó a manar una sangre roja que salpicó el entorno.

Pero, en fin, mi trabajo dio sus frutos y al cabo de un ratito el aspecto del aseo había mejorado, hasta el punto de que era nuevamente utilizable. Solo una papelera, la que había utilizado para ir acumulando los irregulares fragmentos del cristal, alteraba su apariencia cotidiana.

Después llegó lo peor: la digestión de lo ocurrido. Parece ser que la luna se despegó del soporte de sujeción antes de estamparse, quién sabe si por el frío, por desgaste o por cualquier otro motivo. No soy supersticioso, pero ¿quién no ha oído hablar de esa creencia que asegura que la rotura de un espejo anticipa siete años de desgracias? Para colmo, a alguien de mi entorno se le ocurrió buscar en internet el significado esotérico de lo ocurrido. Y, voilá, os transcribo el resultado:  “Un espejo que se rompe al caerse sin que nadie lo haya tocado es señal de muerte inminente. Sin embargo, existen varios antídotos para las desgracias que pueden sobrevenir cuando se rompe un espejo. Uno de ellos consiste en enterrar los trozos rotos bajo tierra, y otro lanzarlos a una corriente que fluya en dirección sur, de manera que las aguas laven ese maleficio”.

Y así ando yo ahora, un tanto confuso, sin saber qué hacer con todos esos restos. ¿Cómo me deshago de ellos? ¿Debo preocuparme e intentar contrarrestar tan pésima energía? Y, más allá de las supercherías y los temores irracionales, ¿dónde narices tiro esos residuos? ¿Tengo que llevarlos a un punto limpio?, ¿o al contenedor del vidrio? Mientras me decido, pasaré por Ikea para comprar un espejo sustituto… y una buena pala, por si me decido a cavar la fosa necesaria para enterrar los cristales.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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