El peligro de los hijos chicle

Foot stuck into chewing gum on street

Cuando las cosas vienen torcidas, cuando lo esperado no acaba de cumplirse, cuando la tormenta arrecia y las dificultades se multiplican, la teoría no sirve de mucho. Es el carácter, la fortaleza personal, los valores que hemos adquirido a lo largo de nuestra existencia los que nos permiten sobreponernos, salir adelante y continuar avanzando.

Recuerdo un proverbio africano, muy inspirador: “La vida es lucha. Celebremos la lucha”. De eso se trata: de no abandonar nunca. De no reblar. De mantenernos firmes, positivos y beligerantes ante lo cotidiano pase lo que pase.

“Yo he descubierto que aprendo más de mis errores que de mis éxitos. Si alguien no comete errores, señal de que no arriesga lo suficiente”, afirmaba John Scully, uno de los directivos norteamericanos más carismáticos del siglo pasado, que trabajó en PepsiCo y en Apple Computer. Pero la verdad es que, con frecuencia, el fracaso, la decepción o la desilusión se cuelan en nuestra realidad porque sí, sin más razones, después de haber hecho todo lo que estaba en nuestras manos y habernos arriesgado, solo, en la medida justa.

La existencia está llena de vaivenes. De derrotas que son como victorias, desde luego. Pero también, nos guste o no, de derrotas que, simple y llanamente, son eso: no-victorias que dificultan o dinamitan nuestros planes, pero que no deben hundirnos, desesperarnos ni hacernos infelices más allá de la insatisfacción, la decepción y el desengaño que, en buena lógica, nos causan.

Vivir el éxito es sencillo. Cómodo. Liviano. Poco meritorio. Lo admirable es asumir, y digerir, su opuesto. Por fortuna, la victoria nunca es permanente. Es oscilante, caprichosa y puntual. En consecuencia, lo principal es si somos capaces de gestionar esta realidad, de perseguir el éxito, por supuesto, pero sin ser esclavos emocionales de sus garras. No todos lo consiguen. Porque hacerlo significa transitar algo parecido a la felicidad, que siempre ha sido un camino antes que un destino.

boy pull chewing gum with his hand from mothMi  pregunta ahora es cómo estamos preparando a nuestros jóvenes para afrontar esta realidad. ¿Están aprendiendo nuestros niños el valor de la fortaleza, la constancia, la perseverancia, el esfuerzo, el afán de superación y la capacidad de levantarse? Algunos de nuestros chiquitines —nos cuentan espeluznadas ciertas profesoras—, cuando se caen físicamente al suelo ni siquiera se levantan ya, porque deciden esperar a que alguien —papá, mamá o el susum corda— acuda a socorrerlos. Son espíritus blandengues los que estamos alentando. Caracteres sobreprotegidos que no saben asumir las derrotas, ni tan siquiera las dificultades. Almas frágiles a expensas de aprender que no todo sale bien, ni a la primera, y que solo ellos, a largo plazo, serán capaces de sacarse las castañas del fuego.

Así que menos recriminaciones y protestas a los profesores de nuestros angelitos, menos permisividad, menos paños calientes a la hora de decirles a la cara las verdades y mucha más exigencia, responsabilidad y confianza es lo que debemos darles para que se fortalezcan y aprendan a ser verdaderamente autónomos.

Porque, cierto día, cuando se caigan —lo queramos o no—, no habrá nadie alrededor que los levante.

Tendrán que hacerlo solos… o permanecerán adheridos a ese suelo pisoteado, para siempre, como un chicle gastado.

 

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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