El regalo de Reyes

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Sus padres estaban preocupados. La carta de Reyes de Damián, su hijo único, solo incluía una línea. Un deseo. Y lo que pedía no estaba a su alcance conseguirlo ni, posiblemente, tampoco al de sus Majestades de Oriente.

—¿Qué juguetes quieres este año? —le preguntó mamá, siempre delicada, mientras lo sentaba en sus rodillas a la manera de Melchor en los centros comerciales y le acariciaba la nuca—. ¿Te apetece que los elijamos en este catálogo?

—No, mamá. Este año no tendré juguetes.

—¡Pero si has sido muy bueno! Te has portado genial, estamos contentísimos contigo. Te mereces unos regalos fabulosos.

—Gracias, mami. He pedido otra cosa. Solo una, es lo que quiero este año. El resto… puede esperar para el próximo.

También su padre habló con él, aunque no consiguió sacarlo de sus trece. La abuela, su madrina, incluso un tío soltero en cuya casa siempre dejaban los Reyes Magos alguna sorpresa la víspera del día seis, intentaron sonsacarle qué tipo de presentes le hacían ilusión, pero él siempre se remitía al texto de su carta.

La mañana de Reyes, pese a todo, el árbol de su casa apareció rodeado de paquetes envueltos con papeles de colores. Damián no madrugó, como siempre había hecho en esa fecha, y fue su madre quien lo animó a levantarse de la cama para abrir los regalos.

—¿Para qué, mamá? Lo que he pedido no me puede llegar hoy. Sé que tengo que esperar, no me importa. Pero os acompaño para que podáis abrir los vuestros.

Así lo hicieron. Papá y mamá destaparon sus perfumes, sus calcetines, sus electrodomésticos y algunos de las complementos y los libros que esperaban. Sin embargo, lo hicieron tristes, preocupados, pesarosos, porque su pequeño se negó en redondo a desenvolver todo aquello marcado con su nombre.

—No lo entendéis, papás. ¡Si abro esos regalos no tendré lo que he pedido! Y eso es, más que ninguna otra cosa, lo que verdaderamente quiero.

Lo más extraño es que a Damián no se le veía ceñudo, enfadado, ni siquiera alicaído mientras lo decía. Se mostraba completamente convencido de que, su sacrificio, obtendría en unos meses el resultado anhelado.

«Que suba el Zaragoza», volvieron a releer sus padres la única línea escrita, con caligrafía infantil, en aquella carta decorada con tres reyes barbudos, sonrientes, divertidos, agradables.

Damián tampoco abrió sus regalos en casa de los yayos ni de su tío favorito. Actúo con coherencia y una fuerza de voluntad incontestable.

Terminó la Navidad. El chico volvió a clase y tuvo que afrontar algunas burlas de sus compañeros, que no podían entender por qué no había recibido ningún tipo de regalo.

—¿Te has portado mal? ¿Ni siquiera carbón? —le preguntaban, extrañados, mientras le enseñaban sus balones, sus coches teledirigidos o sus móviles de última generación con ostentación y orgullo.

—Solo he pedido una cosa. Y hasta junio no puedo recibirla.

Pasaron los meses: el 2017 avanzó con esa rapidez insospechada que a todos nos alcanza. In extremis, el Real Zaragoza jugó la promoción. La afición zaragocista pasó de la decepción a la esperanza con un gol postrero, inesperado, que metió al equipo en la fase final de ascenso a Primera. La taquicardia acompañó a los mañicos en aquel último partido de Liga, quienes consiguieron la clasificación en el tiempo de descuento.

Solo Damián mantuvo fe en la remontada hasta el final.

Que aquel gol decisivo lo marcara un futbolista de color le hizo pensar en Baltasar. Pero ahora quedaban dos eliminatorias en las que, sin duda, Melchor y Gaspar iban a ser determinantes.

Cuando sus compañeros de clase, sus amigos, sus vecinos y, en general, la mayoría de los niños de sus ciudad ya habían amortizado sus juguetes navideños e incluso los habían olvidado, Damián tenía más presente que nunca la magia de la Navidad… en el verano.

El Zaragoza llegó hasta la final, gracias a la asombrosa actuación de su portero en los dos partidos previos. Los guantes de Gaspar, sin duda, resultaron salvadores.

En el último partido, tras el empate a cero insustancial del primer choque, el blanco de Melchor fue el protagonista. Todo el equipo blanquillo jugó de maravilla. Nuestro Real Zaragoza barrió del campo a su rival y le endosó tres goles, disputando, posiblemente, el partido más completo y plácido de la temporada.

—¿Lo ves, papá? Tenía razón, ¡he recibido mi regalo! —gritó Damián, entusiasmado, en su localidad del Fondo Norte al acabar el partido.

Sus padres respiraron aliviados, y orgullosos, de su hijo. Pero Damián no quiso abrir, ni siquiera cuando llegó a casa, los juguetes navideños que continuaban guardados en las baldas del trastero.

—Eso sería hacer trampas, papis. Y no quiero que el Zaragoza descienda el próximo año.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 148, 08.01.17

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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