Me pierden la formas

Two office workers starting to fight

Cada vez más jóvenes y no tan jóvenes se escudan en esta máxima para justificar su escasa habilidad para relacionarse con los otros, a la cual convierten en un eximente total para sus comunicaciones ofensivas, chillonas, malsonantes, hirientes y agresivas. Los reality show —especialmente toda la camada granhermana— y las tertulias televisivas en general estimulan y difunden esta clase de intercambios humanos, hasta el punto de que a los concursantes y los tertulianos que no gritan, faltan, ofenden o hacen aspavientos mientras argumentan se les acusa de muebles, zapatos o pasmados.

Y, claro, el ejemplo, cuando es malo y comodón, cunde enseguida. Nuestros jóvenes se están formando expuestos a este tipo de superposiciones de mensajes, aprendiendo como único lo que habría sido necesario haber desaprendido como opción: que dialogar consiste en yuxtaponer groseramente monólogos aislados, en los que el ingenio, la oportunidad y la razón dependen de la interrupción, el desequilibrio y el aplastamiento del interlocutor, sin buscar nunca la puesta en común ni la exploración compartida de ideas o posibilidades.

gran-hermano-17-1Marshall McLuhan, uno de los comunicólogos más importantes de la historia, impulsó con su mítica sentencia “El medio es el mensaje” una premisa que, hoy en día, estamos ignorando. El medio —la forma— influye en cómo emitimos y cómo percibimos los mensajes. Afecta a la comunicación, la modula, la altera, la favorece o la perjudica según las circunstancias. Así, hay gags visuales que difícilmente pueden representarse con palabras y, al contrario, textos tan extraordinarios que una presentación audiovisual los distorsiona. En el ámbito de la comunicación oral humana, los estudios realizados por Albert Mehrabian en los años 80 determinaron que la influencia del lenguaje corporal (el gesto, la postura, la mirada) en una comunicación humana supone el 55 % del total; mientras que a la voz (volumen, tono, entonación y matices) le corresponde el 38 %. Es decir, y aquí va lo más llamativo: solo el 7 % del impacto final depende del factor verbal, o sea, de las palabras pronunciadas. Si tienes dudas, prueba a decir sí mientras mueves tu cabeza de derecha a izquierda: ¿qué crees que ha percibido tu interlocutor?

Esta realidad, firmemente contrastada —con todos sus matices— ha dado pie a investigaciones y disciplinas científicas como la sinergología, capaces de identificar e interpretar las emociones y los procesos cerebrales de los interlocutores a partir de su lenguaje del cuerpo. Las fuerzas de seguridad, el neuromarketing y las relaciones directivas están incorporando estas técnicas para negociar o interrogar a delincuentes, predecir procesos de compra y mejorar el liderazgo o la selección de personal, entre otros campos.

Conversar para crear

Pero volvamos al principio: toda conversación debería ser una investigación de la verdad. Cualquier diálogo entre dos o más personas tendría que buscar el conocimiento de los hechos, no la imposición de nuestras opiniones. En caso contrario, el ego es mucho más importante que la realidad. Cuando dos sordos mentales vociferan e improvisan argumentos, contrargumentos y ataques retóricos contra el otro en lugar de escuchar con los oídos y con el corazón para entender no solamente lo que dice, sino también lo que pretende decir, la comunicación desaparece. La analogía es fácil: es como comparar a dos onanistas desconocidos que se masturban frente a frente con dos enamorados que comparten una relación sexual placentera y positiva.

gran-hermano-17-2El medio es el mensaje. El lenguaje corporal y la voz determinan la percepción humana del mismo. Es decir, las formas, al comunicar, son más importantes todavía que el fondo. Cómo decimos las cosas determina más que las palabras que escogemos y las ideas que presentamos. O sea: cuando olvidamos las formas, irremisiblemente hemos destruido el fondo. Por otra parte, y a la inversa, con frecuencia esas formas indecentes y ofensivas permiten esconder la ausencia de conocimientos, reflexión e ideas propias. Cuando alguien nos pregunta y desconocemos la respuesta, gritar, ofender o ser mordaces desvía la atención y nos evita dejar en evidencia nuestro desconocimiento.

Pero, nada, sigamos por la senda de la incomunicación. Dejemos que nuestros cachorros presencien alelados esos espectáculos grotescos de broncas, ofensas, vapuleos y descalificaciones verbales en los que se chilla mucho y no se dice nada. Después nos quejaremos del vacío existencial y la incomprensión humana. Y de nuestros políticos, la mayoría de los cuales hacen exactamente lo mismo.

En verdad es muy difícil: en una sociedad donde todo el mundo grita, el silencio no se escucha. Y, sin él, no puede haber observación ni reflexión. Por eso ya no existe la verdad, solamente mis verdades, tus verdades, sus verdades… y, en consecuencia, ninguna. Todo son opiniones subjetivas. Y así nos luce el pelo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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