El estilete

aragon-deportivo-9-12

Siempre había sido un tipo solitario. Germán era un programador informático, centrado en el teletrabajo, que pasaba demasiadas horas solo delante del ordenador. Era metódico, susceptible, obsesivo, concienzudo, uno de esos ingenieros exóticos con rasgos de frikismo a quien le gustaban los videojuegos, el manga japonés y el fútbol mucho más que las personas. Su pésima forma física le impedía practicarlo como antaño: había adquirido la costumbre de engullir bollería industrial, refrescos azucarados y gominolas variadas mientras trabajaba o buceaba por las redes sociales; lo cual, además de ensuciar el escritorio y el teclado de su ordenador con restos de azúcar, chocolate y cercos de bebida, había contribuido todavía más a arrinconar, quién sabe si para siempre, cualquier clase de iniciativa deportiva.

Eso sí, continuaba siendo un incondicional de su equipo. De hecho, participaba en todos los foros y chats en los que se hablaba sobre él. No dudaba en criticar, insultar e incluso amenazar a los que discrepaban de sus opiniones, y se desdoblaba en un troll molestísimo cuando el contexto así lo requería.

No llevaba nada bien los malos resultados. Los años de purgatorio futbolístico en una categoría que no correspondía a su historia y su grandeza, los disgustos y las decepciones continuadas, los sucesivos proyectos fracasados y la angustia acrecentada por la caída del club de sus amores a puestos de descenso lo estaban desquiciando.

Mientras bebía un prolongado trago de su tercer Red Bull consecutivo, después de regodearse con un sonoro eructo, tomó la decisión con la que deseaba poner fin a aquella espiral continua de fracaso, pasividad y vacío. Si los responsables eran incapaces de hacer reaccionar a aquellos jugadores, los hinchas como él estaban obligados a actuar. No estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados mientras su equipo se hundía en las cloacas de la Segunda B.

—¡Os vais a enterar! —balbució mientras sus dedos gordezuelos tecleaban las palabras clave necesarias para encontrar la información necesaria—. Dentro de hora y media hay entrenamiento. ¡Voy para allá!

Se vistió de negro, con esa camiseta print tan aceitosa como su peinado, los pantalones tejanos y las bambas obsoletas. Cogió el estilete de cazador con mango de alpaca y cuerno de ciervo que su padre le había regalado antes de morir, se enfundó su trenca militar y se guardó en el bolsillo derecho el pasamontañas de punto que confería a su presencia un plus de anonimato. Se desplazó en tranvía e hizo trasbordo de autobús hasta el lugar del entreno. Llegó con tiempo. Pacientemente, se ocultó entre una columna y un muro de carga que formaban un espacio recóndito en el que su figura quedaba completamente oculta. Esperó en silencio, acariciando su arma blanca con fruición. Del primer vehículo salió un canterano con cara de niño al que nadie culpaba de nada; a continuación, presenció el desfile de automóviles de alta gama que esperaba.

Cuando estacionó el último de ellos —el del portero que cobraba infinitamente más de lo que merecía—, clavó sus ojos en las anchas espaldas que marcaba su ajustada camiseta fashion . Aguardó a que el cancerbero se alejara de su coche y salió tras él, despacio, sigiloso, como un depredador, con el pasamontañas ocultándole la cara, una inquietante sonrisa oblicua dibujada en su expresión y el amenazante cuchillo en posición horizontal.

Tragó saliva con dificultad cuando alcanzó su objetivo. Respiró profundamente antes de descargar en él su frustración, su furia, su violencia. Clavó el punzón una y otra vez, de un modo metódico, atravesando la superficie con tanto desdén como paciencia, con más dificultad de lo previsto, mientras dirigía miradas huidizas hacia la zona de paso. De hecho, se vio obligado a acuclillarse en una ocasión, frente al objeto de su ataque, para evitar ser sorprendido.

Después volvió a su casa, orgulloso, convencido de que había hecho lo correcto. En cuanto se difundió la noticia y las redes sociales ardieron, él se convirtió en el principal pirómano. Les había dado a aquellos futbolistas un merecido escarmiento. Confiaba en que su lección produciría una inmediata reacción en aquellos acomodados jugadores que apenas sentían el escudo.

Cuando, al terminar de entrenar, estos regresaron a sus coches y observaron el desastre, la conmoción inicial mutó en una indignación justificada. El guardameta fue el primero que encontró el mensaje en la carrocería de su bólido:

—Gana partidos —leyó el texto rayado y subrayado en la chapa del vehículo—, no dinero.

También los automóviles del entrenador, el centrocampista organizador, el interior talentoso y el delantero argentino que no había cumplido con las expectativas que su fichaje había generado presentaban leyendas similares. Pusieron las denuncias oportunas. Los agentes de seguridad intentaron identificar al vándalo a través de las imágenes recogidas por las cámaras, pero no les resultó posible.

El equipo ganó el partido siguiente por tres goles a cero. El cancerbero detuvo un penalti en el minuto cinco y el artillero gaucho firmó un fantástico hat-trick que valió tres puntos. Exultante, Germán no fue capaz de dominar su entusiasmo: dejó entrever que había sido el inductor de aquella reacción en un sucesión de tweets intempestivos que lo convirtieron en sospechoso, primero, y en imputado después.

Hoy está esperando juicio. Se consuela pensando que su equipo, al menos, está mucho más cerca de la promoción que hace unas semanas.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 147, 11.12.16

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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