Campeones desde el cielo

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Cualquier catástrofe aérea resulta siempre dolorosa, terrible, lamentable, porque supone la pérdida irreparable de decenas de personas únicas. El accidente aéreo del avión en el que viajaba la delegación del Chapecoense ha dejado, provisionalmente, 71 muertos y 6 supervivientes. No es una tragedia mayor ni menor que cualquier otra. Es igual de importante que cualquiera, porque todas las personas somos insustituibles. Pero las historias humanas que dan forma a este drama también son únicas y no deben pasarnos desapercibidas.

chapecoense-624x351El Chapecoense es un club de fútbol modesto y esforzado, nacido hace poco más de cuatro décadas y que ha sido capaz de ascender de cuarta a primera división de manera prodigiosa. La fusión del Atlético de Chapecó y el Independiente Futebul Clube en 1973, dos modestos equipos del Estado brasileño de Santa Catarina, se vio impulsada por algunos empresarios y numerosos aficionados de la zona. Sus responsables pusieron en marcha una gestión prudente, equilibrada, junto a un trabajo constante y mesurado que fue dando sus frutos.

En 2013 ascendió definitivamente a la máxima categoría del fútbol carioca, se estabilizó en ella y, a fuerza de victorias, estaba a punto de disputar su primera final internacional, la Copa Sudamericana, contra el poderoso Atlético Nacional de Colombia. Junto a ellos, una afición, una comunidad, un pueblo que alentaba esos colores y sentía como propias sus victorias, sus derrotas, su lucha y sus valores.

Hasta Medellín viajaban sus futbolistas, técnicos, directivos, periodistas y allegados, junto a la tripulación aérea, con los sueños, las ilusiones y los nervios de los posibles campeones. Querían ser leyendas, pero los aguardaba un desenlace mortal que los ha convertido en lo que buscaban… de un modo dramático.

Plane wreck in wildernessLa muerte es siempre igual de inmisericorde para todos. Las vidas, los vínculos, los apegos y las expectativas que siega jamás pueden reemplazarse. Por eso mismo, cada catástrofe queda salpicada de anécdotas y matices personales que, al conocerlos, agrandan la magnitud de la tragedia. Así, Thiaguinho, el autor del último gol del Chapecoense, murió tras enterarse una semana antes de que iba a ser papá. Su entrenador, que había asegurado poder morir tranquilo después de aquella clasificación, murió y fue afortunado al mismo tiempo: su hijo no pudo viajar con ellos a la final que fue el final porque descubrió en el aeropuerto que se había olvidado el pasaporte. La inicial frustración de Martinuccio, al que una lesión inoportuna iba a impedir disfrutar de aquella fiesta deportiva, se convirtió en dolorosísimo alivio al saber que su dolencia lo había desconvocado de la muerte. El guardameta Marcelo Boeck, que no entraba en los planes de su entrenador, salvó la vida porque pidió no viajar junto a sus compañeros para poder celebrar su cumpleaños en casa.  Alan Ruschel, uno de los supervivientes, quien se encuentra en serio riesgo de perder la movilidad por un daño en la médula, pidió a sus salvadores que guardaran su alianza de boda a buen recaudo. O el dolor insondable de Paulo Paixao, que ha perdido a su hijo Anderson en este vuelo mortal tras haber padecido también la muerte de otro hijo futbolista, en 2002, por una parada cardíaca mientras jugaba con el Gremio. Todas las historias personales de los 77 seres humanos tan irrepetibles como sus familias que han protagonizado esta catástrofe no tienen cabida en estas líneas, pero sí en cada uno de nuestros corazones.

imagesPadres, hijos, parejas, hermanos, amigos y cercanos en general lloran hoy la muerte de cada ser querido con una desesperación irreprimible. En un segundo plano, aunque también más mediático, los miles de aficionados del Chapecoense tratan de asumir ese trágico paso de la ilusión a la pérdida, el duelo y el lamento más incomprensibles. La muerte nos acecha a todos. No entiende de sentimientos, ilusiones ni proyectos. Solo de finales… pero no de fútbol. Entre tanto, el mundo balompédico trata de recomponerse del impacto. Y lo hace de un modo ejemplar, ofreciendo extraordinarios ejemplos de humanidad y bonhomía, gracias a gestos tan loables con la  solicitud oficial realizada por el Atlético Nacional, el otro finalista, para que el Chapecoense sea considerado campeón de este importante trofeo. En una dirección semejante ha surgido la iniciativa impulsada por nueve equipos brasileños —entre ellos el Cruzeiro, el Fluminense, el Vasco y el Sao Paulo— para ceder jugadores gratis al club de Chapacó, para evitar que descienda, durante las tres próximas temporadas.

Tristemente, y afortunadamente a la vez, la vida sigue. El fútbol, como la existencia —que no la muerte—, siempre ofrece nuevas oportunidades para levantarse. El dolor, el recuerdo, la solidaridad con las víctimas y sus allegados deben servir de acicate, de estímulo, para concienciarnos de que nuestra existencia es un préstamo de tiempo que debemos saber administrar, compartir y exprimir al máximo.

El fútbol, para quienes lo amamos, es un ingrediente sustancial de nuestro día a día. Un aderezo placentero y un atributo del vivir capaz de darnos alegrías y tristezas, de hacernos sentir un amor incondicional del que nunca renegamos y de unir corazones, voluntades e inteligencias a lo largo del planeta. Hablamos un idioma único los que adoramos este deporte que, como cualquier otra actividad humana, encuentra su auténtica expresión en el encuentro, la conexión y los vínculos interpersonales.

Por eso, todos somos ahora seguidores de este modesto, y admirable, Chapecoense brasileño. Porque, como los deportistas sabemos, no siempre es necesaria la victoria para convertirse en campeones.

Descansen en paz todos ellos.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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