Educar en zapatillas

Child Swimming in Pool

No es fácil ser padres. Orientar, apoyar y estimular a cada uno de nuestros hijos en función de su individualidad, su personalidad y sus talentos. Las influencias sociales son incontrolables y cada vez más peligrosas. Tan perjudicial es arrojarlos al entorno sin la formación necesaria como aislarlos de él introduciéndolos en una falsa y caduca burbuja. Más pronto que tarde deberán enfrentarse a numerosas situaciones, convivir con ellas y tomar sus propias decisiones para decir sí o no a lo que las circunstancias les propongan.

Día a día se nos van haciendo mayores, lo sé por experiencia: tengo un adolescente de 16 años, una preadolescente de 13 y una princesita de 5. Es decir, como padre, no me queda otra que estar en todos los ajos.

Sé que nuestros pajarillos acabarán volando antes de lo que quisiéramos y tendrán que enfrentarse a la realidad, por sí solos, mucho antes de lo que nos gustaría. Por fortuna, cuando llegue el momento de aceptar o rechazar una litrona, de decir no a las drogas, de ayudar a un colega en apuros, de enrollarse o no con alguien, o de evitar un problema no van a estar completamente solos. Llevarán consigo nuestra impronta, nuestros consejos, nuestras opiniones, las experiencias que les hemos regalado y, sobre todo, nuestra coherencia y nuestro ejemplo. Por otra parte, ellos siempre han sido y seguirán siendo libres: tienen que pisar sus propios charcos y no siempre se encuentran en la etapa idónea para convertir las enseñanzas de sus padres en sus referencias prioritarias.

Una microsociedad muy formativa

Flexible little girl gymnast doing acrobatic feat on white backgroundSi algo tengo claro respecto a la formación de los hijos es la importancia del deporte en su desarrollo personal. Y no solo porque reduce el riesgo de obesidad infantil y otros problemas físicos, dinamiza su espíritu y les ayuda a gestionar mejor su tiempo y a rendir más en los estudios —lo  aseguran un buen número de expertos y mi experiencia personal, hasta la fecha, me lo ha demostrado con creces—. Estas son también cuestiones importantes, desde luego. Si bien lo principal, para mí, es que hacer deporte los sitúa en un entorno saludable, estimulante y de exigencia progresiva que los motiva a esforzarse y mejorar día tras día, a superarse, afrontar retos y relacionarse con sus compañeros.

Cualquier club deportivo es, en realidad, una microsociedad: un grupo humano con objetivos compartidos e intereses personales que deben aprender a armonizar; con normas, reglas y principios que hay que compartir, con exigencias y retos continuados, con sus alegrías y sus sinsabores, sus éxitos y sus fracasos. Con momentos de gloria y otros de desilusión. Con aciertos, azares, injusticias, tropezones e inoportunas lesiones. Con compañeros —en los deportes colectivos— y roles que exigen compromiso, humildad, generosidad y mucho sacrificio; o con una soledad inescrutable y responsable en los deportes individuales.

Practicar deporte les enseña a vivir: aprenden a comprometerse, a no conformarse, a trabajar en equipo, a decidir en circunstancias límite y a asumir las consecuencias de sus actos. De este modo crecen en valores y descubren que, en la vida, no todo es controlable; pero que, sin embargo, el trabajo y la constancia siempre dan sus frutos, aunque no sean exactamente como los imaginábamos.

Cada niño es diferente, desde luego, y no se debe obligar a ninguno a realizar un deporte con el que no disfruta. Pero las opciones son inagotables: desde el ajedrez al judo, pasando por el fútbol, el patinaje, el baloncesto, el atletismo, el pádel o cualquier otra disciplina. Es una de nuestras responsabilidades paternas animarlos a vivir experiencias educativas positivas. Y el deporte, sin duda, ofrece muchas de ellas. Otra decisión importante es elegir entre el deporte escolar o el de competición, algo que, en mi opinión, depende sobre todo de la motivación y la aptitud de los pequeños.

Soy consciente del enorme sacrificio de entrega, tiempo e incluso dinero que nos exige a los padres el deporte de nuestros pequeños. Pero merece la pena. Mis dos hijos mayores han sido campeones de Aragón en su momento, uno en fútbol y la otra en patinaje artístico, mientras que la chiquitina ya ha comenzado a emular los pasos de su hermana. Resulta bonito para mí ver de nuevo los recuerdos fotográficos o audiovisuales de aquellos éxitos. Sin embargo, mucho más lo es saber que han aprendido a ser compañeros, autoexigentes, perseverantes y a aceptar las derrotas con deportividad y espíritu de lucha.

Por eso, cuando los veo caerse, sé que están preparados para levantarse con determinación y entereza, lo cual me hace sentir orgulloso… y un poquitín más tranquilo.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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