Resurrección

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Nunca llueve a gusto de todos. Manu Abadía andaba sumido en una profunda depresión futbolística que le impedía rendir al cien por cien en los entrenamientos, convencido como estaba de que su entrenador no solo no confiaba en él, sino que no estaba dispuesto a hacerlo nunca. Había regresado a aquel equipo, el de sus amores, con la ilusión de un alevín y la experiencia futbolera de quien se ha curtido en los campos ásperos de la Segunda B. Siempre había sido un futbolista de toque, un extremo habilidoso que se manejaba bien por ambas bandas.

En ese exilio había aprendido a sacrificarse por sus compañeros, a sudar la camiseta y a darlo todo, también, en tareas defensivas. Sus buenas actuaciones no habían pasado desapercibidas para su club de origen, que lo había repescado para una temporada renovada en la que el objetivo, de nuevo, volvía a ser recuperar la máxima categoría. Lloró, abrazado a su novia, al recibir la noticia. Siempre había sido un gran zaragocista ─de niño, su padre lo sentaba en sus rodillas en la Grada Norte de La Romareda─ y ahora el destino le brindaba la oportunidad que siempre había soñado: defender la elástica blanquilla del primer equipo.

Sin embargo, el destino teje las victorias con espino. Nunca supo por qué el nuevo entrenador no contaba con él cuando sus compañeros de banda caían lesionados. Una y otra vez prefería reubicar a otros jugadores, cambiar el esquema u organizar alineaciones imposibles antes de sacarlo a él y permitirle triunfar, o fracasar, sobre el terreno de juego. Al principio se aplicó en los entrenamientos y se esforzó en rendir al máximo en cada ejercicio, rondo o partidillo; pero conforme los hechos se fueron repitiendo y, una y otra vez el míster miraba hacia otro lado al decidir las alineaciones, Manu empezó a venirse abajo y la apatía emocional se apoderó de sus piernas. Tan solo había disputado un partido de copa, a buen nivel, por cierto, y unos cuantos minutos finales en los que no se había sentido demasiado cómodo, probablemente porque las dudas habían empezado a nublarle la razón y se estaba cuestionando si, en realidad, no estaría persiguiendo un imposible.

—Igual no estoy capacitado para jugar en el Real Zaragoza —le confesó a su chica después de un desahogo carnal, y emocional, que no consiguió quitarle la preocupación de la cabeza—. Si no juego ahora que están todos lesionados, no voy a hacerlo nunca…

Su novia, una atractiva comercial de productos de cosmética que lo acompañaba desde la adolescencia, guardó silencio mientras le acariciaba dulcemente el torso desnudo, con la mirada fija en su perfil moreno, serio, preocupado y abstraído.

—Confío en ti, mi amor —le dijo al fin—, no dejes tú de hacerlo. Triunfarás en cuanto el entrenador te ponga.

—Ese es el problema. Que no quiere verme ni en pintura.

Así, progresivamente, se fueron desinflando sus anhelos y el juego del extremo comenzó a secarse como la piel de una pasa. Viendo el panorama, su agente le propuso buscar alguna opción para el mercado de invierno, pero el chico prefirió esperar un poco.

Fue entonces cuando los resultados quebraron al míster, que empezó a ser cuestionado, primero, y sustituido después. El fin de unos suele ser el principio para otros. Así le ocurrió a Manu. Cuando el nuevo entrenador dirigió su sesión inaugural, las piernas dejaron de pesarle y la apatía mental dio paso a una motivación extraordinaria. Las lesiones de sus compañeros le permitieron ser titular por vez primera y supo que aquel era el punto de inflexión que precisaba.

—Vas a jugar un partidazo —le susurró su novia cuando le dio el beso de despedida, en el vestíbulo de casa, antes de conducir su coche al punto de salida de la expedición del equipo.

Abadía estuvo concentrado durante todo el viaje. En el vestuario, antes del partido, se vio marcando un gol y dando una asistencia. Saltó al campo el penúltimo, con ganas de comerse el mundo y hacer realidad aquellos sueños.

Las cosas pudieron haber ido mejor: no lograron la victoria. Manu Abadía hizo un buen partido, participó en uno de los goles y fue sustituido cinco minutos antes del descuento. Se las tuvo tiesas con un tipo rival, bregado y cabroncete, que lo increpó mientras se retiraba hacia el vestuario.

Fue entonces cuando su zaragocismo lo llevó a mostrarle, con orgullo, el escudo leonado de su camiseta. Las cámaras inmortalizaron aquel gesto.

Su resurrección se había consumado.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 145, 13.11.16

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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