Trucos, sustos y payasadas diabólicas

A woman with skull make up.

Ya estamos otra vez en Halloween y, más allá de los debates y las voces en contra que surgen cada año, la fiesta norteamericana se está haciendo un hueco permanente entre nuestros usos y tradiciones presentes y futuros. La suerte está echada, amigos: son varios los motivos que están haciendo que se imponga, definitivamente, esta celebración ajena a nuestra cultura. De entre ellas, destacan dos sobremanera: la pasta y la juerga.

decorar-casa-para-fiesta-halloween-dulces-1280x720x80xxHalloween significa negocio. Una excusa más para aumentar el consumo y activar la mal parada economía de múltiples sectores. Se benefician directamente de ello las tiendas de disfraces y golosinas, por supuesto; pero también los centros comerciales, los locales de ocio, los restaurantes, las discotecas, las peluquerías, la industria del maquillaje y el comercio en general, que inventa nuevas promociones y técnicas de venta inspiradas en esta noche de juerga terrorífica. Además del dinero, existe otro factor fundamental en la inevitable, y veloz, consolidación de esta fiesta ajena: resulta extremadamente divertida, casi hipnótica, para grandes y pequeños. A los chiquillos, eso de disfrazarse de malotes y conseguir chuches sin esfuerzo les parece guay —no es para menos—; mientras que a los padres nos resulta muy gracioso verlos de esa guisa, participando en las fiestas escolares, en las ludotecas o yendo por el vecindario, en grupo, para ejercer esa enmascarada forma de coacción que supone el truco o trato. Por no hablar de los jóvenes —y no tan jóvenes— que han empezado a salir de fiesta, disfrazados, estos días; o los cada vez más establecimientos que acondicionan sus instalaciones y atienden a su público de acuerdo con la celebración.

A mí, que me encanta la literatura, el cine y las series de terror, me resulta una estética atractiva, sin duda, la de esta celebración. Nunca he educado a mis hijos en una burbuja, ni los he mantenido de espaldas a la maldad. Incluso los he iniciado en el cine de terror desde pequeños, aunque, eso sí, siempre en mi compañía y con una actitud muy dialogante sobre lo que veían. A partir de esta afición personal, entiendo como nadie que la inocencia y la gracia de estos peques disfrazados de diablillos, brujillas, fantasmas o esqueletos ofrece, frente a la rutina, un contraste rompedor, sorprendente y adictivo que ha impulsado el éxito de Halloween en nuestro país.

Kids in HalloweenOtra cosa diferente es analizar el mensaje y las consecuencias que pueden derivarse de esta práctica que, de entrada, es en sí misma peligrosa: los niños se mueven solos, y de noche, por calles transitadas por adultos disfrazados —es decir, amparados en el anonimato— para asomarse a las casas de desconocidos de toda condición. Además, celebrar el miedo, la muerte, la oscuridad y lo maligno a estas edades tempranas es imprevisible cuando no se apoya en un discurso y una formación en valores óptima, ya que puede confundir y desconcertar a estos chiquillos que, con el tiempo, tal vez tengan menos claros los matices entre el Bien y el Mal, entre la luz y las sombras. Tampoco me gusta en absoluto que esta celebración arrincone el recuerdo de los difuntos y la gente buena y ejemplar que nuestra cultura popular ha venido promoviendo en estas fechas. Difícilmente, si no es desde las familias, nuestros hijos mantendrán la consideración y la función emocional que siempre han tenido los días de Difuntos y Todos los Santos. Es una pena perderlos, sobre todo porque aceptar y comprender la muerte es imprescindible para disfrutar de la vida.

El problema de disfrazar a los niños de malvados y descontextualizar su significado en un entorno festivo, familiar y divertido, es la posible pérdida de los matices negativos que siempre han de asociarse al mal. Lo mismo que el dolor nos ayuda a detectar, prevenir o combatir la enfermedad, únicamente conocer que el mal existe, y respetarlo y temerlo, orienta hacia el bien a nuestros hijos. No debemos olvidarlo: quien no sabe diferenciar lo bueno de lo malo, nunca es capaz de ser libre. Por eso, la pedagogía de los padres vuelve a ser fundamental: no se trata de prohibir estos disfraces y celebraciones, algo en la práctica imposible como consecuencia de la presión social, sino de formar a nuestros peques de la manera apropiada para que aprendan a convivir con ello.

payasodiabolicoUn aspecto que resulta aún más importante si se tiene en cuenta que seguimos importando y propagando estupideces y conductas reprobables, a las que Internet y las redes sociales ofrecen estímulo, amplificación y reconocimiento. ¿Qué otro sentido tiene que algunos tipos se disfracen de payasos diabólicos y se dediquen a asustar al prójimo con superficiales —o perversas— intenciones? No hace falta que os recuerde que también esta costumbre viene de EE.UU. Cuando reírse, presumir, hacerse el chulo, quedar bien o superar un reto es más importante que respetar, cuidar y proteger a los demás, algo gordo está pasando.

Pero, claro, hoy en día estamos demasiado ocupados blanqueando nuestra cara, pintándonos ojeras, escogiendo colmillos, telas de araña, verrugas y postizos negros para reaccionar y hacer algo.

No es cuestión de truco o trato, sino de hacer lo correcto.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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