Míster quebrado

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La suerte estaba echada. La crisis de resultados del equipo había desembocado en ese match ball definitivo en el que solo valía la victoria. Sito era un hombre tranquilo, mesurado, que no expresaba sus sentimientos en exceso y que siempre proyectaba una imagen educada, medida y sosegada.

Le había costado mucho esfuerzo, trabajo y sacrificio llegar hasta allí. Nadie le había regalado nunca nada, desde que comenzó a entrenar con quince años a prebenjamines hasta que alcanzó su sueño de convertirse en primer entrenador del equipo de su tierra. El fútbol profesional nunca lo hace: ni un balón dividido, ni una victoria, ni un puesto de trabajo ni un merecido homenaje. Sito Villar era consciente de que aquella irrechazable y maravillosa oportunidad podía condenarlo al ostracismo, de vuelta a ese purgatorio futbolero que eran las categorías regionales, si no conseguían ganar aquel partido decisivo. Él había puesto todo su empeño, su saber, su paciencia y sus conocimientos en sacar el máximo partido a aquella plantilla limitada, mucho más de lo que parecía desde fuera, formada por un desigual plantel de futbolistas tan heterogéneo en lo mental como en lo técnico, entre los que se repartían la calidad, la rasmia, la apatía, la indisciplina, la falta de implicación y la debilidad emocional de manera aleatoria.

El equipo, pese a todo, no era tan lamentable como había parecido en los últimos partidos, cuyas estrepitosas derrotas no habían sido provocadas, tan solo, por el mal juego de sus pupilos. Era verdaderamente injusto que su puesto de trabajo, su carrera profesional, dependiera del azar de los postes y los largueros que les habían impedido anotar un par de goles, y de los desaciertos arbitrales, los cuales les habían costado en los últimos cinco partidos dos penaltis injustos en contra, uno ignorado a favor, una expulsión demasiado rigurosa y un desigual aplicación de las tarjetas amarillas respecto a los rivales. Pero Sito Villar sabía que el fútbol… era así. Nadie se acordaría de esos detalles si volvían a perder y lo sustituían por otro entrenador. Estaba plenamente convencido de que, en cuanto rompieran la racha negativa, su equipo entraría en una dinámica positiva que los devolvería a las posiciones de cabeza. Necesitaba que el balón entrara, aunque fuera con la mano y en el tiempo de descuento. A menudo visualizaba ese momento: tenía formación en psicología motivacional y creía firmemente en ello.

Así, el míster mantenía la apariencia de serenidad y la mesura en las ruedas de prensa, en los despachos, en las reuniones con los directivos y, sobre todo, en los entrenamientos, en los que se esforzaba por mostrar —y contagiar— una confianza plena que no siempre sentía. Mientras veía entrenar a los de siempre, se preguntaba hasta qué punto era conveniente dar la oportunidad a algún chico del filial y dejar en la banqueta a los capullos de todas las semanas. También sabía, sin embargo, que la mayoría de esos cabronazos eran muchísimo mejores y solventes que cualquiera de los pipiolos del filial. No lo tenía nada claro. Ninguno le convencía al cien por cien, pero algo había que cambiar. En realidad sentía que nadie le estaba intentando hacer la cama dentro del vestuario, pero en un mundo tan interesado y siniestro como en el que se movía no se atrevía a jurarlo.

En casa se mostraba circunspecto, más callado aún de lo habitual y un tanto melancólico. ¡Qué distinto —pensaba su mujer— a cuando consiguió los dos ascensos consecutivos! Cuando, en el pasado verano, firmó su contrato profesional con el Real Zaragoza y le aseguró, brindando con cava, que no iba a desaprovechar aquel regalo. Ella estaba preocupada, aunque se esforzaba en disimularlo y ofrecerle el cariño, el respaldo y la calma que necesitaba.

La tarde del partido su esposa se acomodó en el salón de casa y enchufó el televisor con el corazón y el ánimo encogidos. El árbitro silbó el comienzo y los blanquillos empezaron el partido perdiendo el balón rápidamente. Ella no era experta en fútbol, lo poco que sabía se lo había enseñado su marido, pero tenía claro que, en todo grupo humano, la motivación y el compromiso lo son todo. Oyó el llanto de su bebita, recién despertada de la siesta, y corrió a buscarla, le cambió el pañal y le dio pecho, lo cual le hizo perderse un par de ocasiones de peligro y la jugada que decidió el partido.

Cuando el colegiado señaló el final, no pudo quitarse a su marido de la mente durante el resto del día. Las horas se le eternizaron, y permaneció despierta hasta que, de madrugada, oyó su llave en el bombín de la cerradura, girándolo despacio. Se levantó, corrió hacia él y lo llenó de besos.

—Te quiero, mi amor —le susurró al oído.

Sito Villar tuvo claro que continuaba siendo un hombre afortunado.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 144, 29.10.16

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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