Pesadillas de papá

Betrunkene Frau liegt bewusstlos auf Strae

Continúo con mi resaca parental tras las fiestas del Pilar y no soy capaz de quitarme de la cabeza otra imagen inverosímil con la que me tropecé una de esas noches. La visión a la que me refiero me dejó, incluso, más tocado que la que os conté la semana pasada en mi post Sexo libre… pero no tanto, protagonizada por tres treceañeros que se montaban un trío de morreos en un parque infantil a media tarde.

Como bien sabéis los que sois, como yo, padres de adolescentes en Zaragoza, las zonas “más calientes” para los chavales en Pilares son la ribera del Ebro y el River Sound Festival, situado en el parking norte de la Expo, donde los menores son separados de los mayores de 18 años y no pueden comprar alcohol durante los conciertos, lo cual no les hace falta porque la explanada que rodea el recinto se convierte en un macrobotellón continuado antes, durante y después de las actuaciones.

La escena que me dejó paralizado la encontré, no obstante, en la otra zona de botellón por excelencia: la ribera, en las inmediaciones del C. N. Helios. Este espacio de borrachera púber se plantea en dos niveles: la parte superior, al final del puente de Santiago, denominada como Ribera Pija, y la inferior, en el parque Macanaz, donde se congrega lo más granado, descabellado y dañino del bebercio de la chavalería.

706436_1Qué os voy a contar a vosotros, papás de adolescentes, que aunque confiamos en nuestros hijos sabemos que estas fechas son especialmente peligrosas. De regreso a casa con mi mujer, decidimos pasar por allí para ver, de primera mano, cómo es eso y a qué nos enfrentamos. Serían las doce de la noche y la marabunta de litronas y borrachuzos había empezado a desalojarse cuando lo atravesamos. Había basura por doquier, grupúsculos de chicos y chicas demasiado jóvenes para estar allí haciendo lo que hacían, y un cierto ambiente de tristeza, deshumanización e impertinencia en el entorno. También había un grupo de negros —podían haber sido baturros, latinos, musulmanes o gitanos, no estoy calificándolos, tan solo los describo— demasiado mayores para estar allí, que me inquietaron bastante. Rodeados de chiquillas, a cuyos padres se les habría caído el alma al verlas de ese modo, desentonaban en el escenario tan inquietantemente como un sicario encapuchado en la misa del domingo. Pasamos de largo, no sin cierta aprensión en nuestro ánimo.

botellonY entonces lo vimos allí, solo, desamparado, despertando una profunda tristeza. Tendría alrededor de quince años, posiblemente menos. Vestía ropa moderna con estilo, llevaba el pelo encerado siguiendo las últimas tendencias y mostraba una expresión ausente, desnortada. Estaba solo. Completamente solo, aunque miraba a uno y otro lado sin conseguir ocultar los deseos de comunicación y contacto humano que lo dominaban. Sujetaba con afán su vaso transparente de un litro, cuyo contenido —calimocho— estaba a la mitad. Bebió un trago prolongado cuando pasamos a su lado. Estoy seguro de que buscaba compañía en él. Lo miré, apesadumbrado; pero él no me veía. No era un borracho cualquiera. Era un chico realmente especial, tanto como el protagonista de mi relato Un hincha extraordinario, publicado en la revista Aragón Deportivo y en este mismo blog. Tenía síndrome de Down y estaba en ese parque, bebiendo solo, intentando comportarse como los chicos “normales”. Deseé pararme, decirle algo, llevármelo a otro sitio y ayudarle a ser él mismo de un modo verdadero. No fui capaz de hacerlo, se me encogió el corazón, se me embotó el cerebro, se me quebró la voluntad al presenciar aquella escena.

Allí se quedó el chico, solo junto a su litrona, intentando parecerse a los que no lo merecen.

Lamentablemente dice mucho de nosotros, los padres de hoy, esa imagen tan terrible.

Aquella misma noche, mi hija de trece años me llamó llorando al móvil, aterrada, para que fuera a recogerla. Estaba en la ribera de los pijos cuando unos delincuentes armados con navajas corrieron hacia donde estaban para robarles. Ella salió corriendo junto a una amiga y, aunque las persiguió uno de ellos, consiguió refugiarse en el hotel NH Ciudad de Zaragoza hasta que fui a recogerla. Los asaltantes eran veinteañeros, de piel negra, y llevaban navajas plateadas. Negro y en bidón, petróleo: me acordé de aquellos morenos que tanta impresión negativa me habían causado en Macanaz.

De vuelta a casa con mi niña, todavía sofocada aunque ya a salvo, no pude dejar de pensar en aquel muchacho con síndrome de Down, allí abajo tan solo, emborrachándose entre fieras, soledad y sinsentidos.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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