Siempre juntos

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Leandro es un hombre cabal, sensato, sosegado. Viste entre semana trajes de corte italiano, corbatas estrechas, camisas en tonos pasteles y zapatos oscuros de aspecto elegante. Es asesor financiero, lleva el pelo engominado y no pasaría apuros a final de mes de no haber firmado aquella hipoteca desmedida, convencido por su esposa, para comprar el chalé de tres plantas en Montecanal. Linda, su mujer, es diseñadora de interiores, cliente habitual de Escada y madre de familia los fines de semana, porque sus ocupaciones de diario apenas le dejan tiempo para cuidar a su hijo que, por otra parte, ya es mayor y cuenta con la ayuda de la señora Evelyn, la criada, a la que tiene muchísimo cariño.

Carolo es un tipo diferente. Es un hombre bohemio que suele moverse en bicicleta y viste ropas anchas, estampadas, sudaderas con capucha, pantalones deportivos y sandalias cangrejeras. Es pintor, su especialidad son los trabajos en altura; de hecho, fue uno de los pioneros del sector en Aragón. Le pareció genial, en su momento, convertir su pasión por la escalada en el argumento de su profesión. Y, con un par de colegas, montaron el negocio que todavía subsiste, aunque con la crisis apenas les da para ir tirando. Su mujer se llama Espe y trabaja como monitora de comedor en un colegio público. Está afiliada a un sindicato y se compra ropa en Mango, Zara y, sobre todo, en los mercadillos y las ferias medievales que van llegando a Zaragoza. También tienen un hijo, se llama Acher, y fue compañero de clase de Leandro Junior —el hijo de Leandro y Linda— durante toda la primaria.

Antes, cuando los chicos eran críos, ambas familias hacían cosas juntos, bajaban al parque, compartían planes de fines de semana e incluso apuntaron a los niños al mismo equipo de fútbol, del que los cuatro progenitores se hicieron seguidores incondicionales. La vida transcurrió y los llevó por derroteros diferentes. Los negocios de Leandro y Linda se consolidaron, prosperaron, ofrecieron pingües beneficios. Por el contrario, la empresa de Carolo atravesó serias dificultades y tuvieron que aguantar, como pudieron, cuando la crisis se alargó mucho más de lo previsto.

Espe, que había conseguido su trabajo a través del sindicato, radicalizó sus opiniones políticas y abogó por un partido emergente; mientras Linda, que siempre había sido más bien conservadora, aplaudía y defendía con ahínco las decisiones del presidente del gobierno. Los desencuentros entre sus esposas obligaron a Leandro y Carolo a distanciarse, así como la vida misma: Junior cambió la práctica del fútbol por el pádel y Acher fichó por otro equipo.

Hubo una época en la que estas dos familias se veían a diario, eran cómplices y se buscaban para compartir sus preocupaciones y apoyarse mutuamente en la aventura de educar. Acher y Junior fueron uña y carne: jugaban juntos en el parque, en el recreo, en los entrenamientos y los partidos de su equipo. Ahora solo se ven, como sus padres, dos veces al mes. Nunca faltan a esa cita. En ese escenario legendario, en sus asientos envejecidos y manchados que ocupan desde hace más de diez años, sus diferencias quedan aparcadas y el sentimiento compartido se impone al resto. Allí, ni las cazadoras de La Española de Leandro, ni las camisolas y los abalorios ibicencos de Carolo, ni la manicura francesa de Linda ni las rastas de Espe tienen la mínima importancia. Porque allí, ambas familias, se identifican con los mismos símbolos, aplauden al unísono, se levantan juntos y palpitan con las mismas emociones. Con sus bufandas blanquiazules y sus emociones desatadas celebran cada gol local, cada triunfo zaragocista como si no hubiera mañana. Se abrazan, se saludan, se reúnen en torno a ese sentimiento que lo puede todo, que lo cose todo, que lo supera todo: el amor zaragocista que siempre han compartido.

A menudo, los cuatro progenitores recuerdan cómo decidieron en la terraza de un bar, hace una década, abonarse juntos al Real Zaragoza. Y la ilusión que encontraron en los ojos de sus hijos al darles la noticia.

Allí siguen, infatigables y constantes, cumpliendo ese ritual social que los hace reencontrarse con su esencia cada quince días.

Porque gracias a estos días de partido, pese a sus diferencias, las dos familias continúan siendo amigas.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 143, 16.10.16

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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