La Manada… de hijoputas

Wild gray wolf eyes in Wyoming

“El poder del lobo reside en la manada” es el texto del tatuaje que uno de los detenidos por la violación múltiple de San Fermín 2016 a una chica de dieciocho años lucía en su pierna con orgullo. Con el mismo, posiblemente, que wasapeó su cobarde “hazaña” en el grupo que titularon Peligro, sin duda porque eran plenamente conscientes de los actos delictivos que allí difundían, promocionaban, comentaban y jaleaban.

Este grupo de cinco hijos de puta —nunca un insulto resultó tan apropiado— comparten una actitud psicopática, animal y primaria, cuya pertenencia a un grupo violento y su posición de fuerza para humillar a las víctimas compensa su mierda de vida cotidiana, su baja autoestima, su inseguridad y su vacío existencial y humano. Seguir a un macho alfa, a un líder en estas descerebradas andanzas los hace sentir valiosos, duros, importantes, auténticos y, en cierto modo, admirados por el resto de lobeznos que viven sus detestables aventuras desde la distancia, por medio de sus chats.

No fueron novatos ni impulsivos ni cegados por el alcohol cuando violaron en grupo a esa pobre chica en Pamplona. Fueron de caza. Querían divertirse a costar de arruinar la vida de esa criatura, movidos por el afán de poder más que por el deseo sexual. No era la primera vez que lo hacían. Cuatro de los cinco detenidos ya abusaron de otra desgraciada en Córdoba, durante el mes de mayo. Tenía 21 años. La drogaron con burundanga —un represor de las terminaciones nerviosas y cerebrales que genera efectos sedantes hasta provocar la inconsciencia, la pérdida de la voluntad y la amnesia—. En sus conversaciones privadas, la bautizaron como La Bella Durmiente. Ella no podía despertarse mientras le tocaban los pechos, le rompían la ropa íntima o la besaban con sus bocas repugnantes. Hicieron con la pobre lo que les dio la gana. Y no contentos con ello, inmortalizaron sus ultrajes y su felonías grabándolos en vídeo, en los que se esforzaban por ser reconocidos, por mostrar su rostro para ganar estatus en el grupo y despertar la admiración de los demás salvajes.

Lástima que ya no existan las galeras. No creo que ninguno de esos tipos sea recuperable para nuestra sociedad. Los mantendremos alejados de sus víctimas durante una prolongada —espero— temporada. En ello invertiremos unos cuantos miles de recursos públicos, para alimentarlos, ocuparlos y mantenerlos encerrados. Quién sabe si, como Miguel Carcaño, se pasarán las horas muertas jugando a la Play Station en sus celdas. Muy posiblemente acudirán al gimnasio penitenciario para ponerse cachas con el fin de que, una vez de nuevo fuera, puedan ejercer un mayor abuso y coerción sobre su próximas víctimas.

Actuar en grupo, elegir a las personas más indefensas, violar y destrozar sus vidas y jactarse de ello con una prepotencia, soberbia, descaro y maldad que rayan lo inhumano denota unos rasgos tales de psicopatía que los convierte en seres irrecuperables y, para siempre, enormemente peligrosos. Los antecedentes forenses reflejan que este tipo de chusma, estos violadores, suelen ir a más hasta convertirse en asesinos; casi nunca abandonan sus conductas detestables ni se reconvierten en corderitos sociales.

burundanga1Además,  me parece extremadamente grave el uso de la burundanga. Una sustancia, por cierto, que nuestro código penal todavía no contempla. Desde aquí, modesta aunque enérgicamente, pido ¡tolerancia cero! para sus distribuidores y poseedores. Nadie puede utilizarla para nada bueno. Tan solo para doblegar, y dominar, la voluntad de otros. Su finalidad únicamente puede ser perversa. Abogo por regular la burundanga cuanto antes y penar su mera posesión con muchos, muchos años de cárcel. En cuanto su uso se generalice —tiempo al tiempo—, nuestras hijas, nuestras madres y nuestras mujeres estarán expuestas a un peligro cierto e imparable. No podrán salir ni de día ni de noche, ni tomar nada en ningún sitio, ni relacionarse con desconocidos sin quedar expuestas a un riesgo gravísimo. Y no solo ellas: cualquier niño, adulto o anciano podremos ser privados de nuestra voluntad y obligados a hacer lo que los otros deseen, desde sacar y entregar todo el dinero de nuestro cajero hasta arrojarnos desde un puente.

No cabe esperar más. Hay que extirpar la burundanga de nuestra sociedad desde ya mismo. Antes de que sea tarde y los malvados, los desalmados y los psicópatas se familiaricen con ella. Debería ser una de esas decisiones legislativas inaplazables. Con o sin gobierno, no se puede retrasar ni un minuto más. Hay que combatir las plagas antes de que se concreten en manadas. Si piedad ni concesiones. Por el bien de casi todos.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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2 respuestas a La Manada… de hijoputas

  1. Qué tristeza por la chica y qué indignación con aquellos…

  2. Raul dijo:

    Lo que hicieron estos seres (para ser persona hace falta más) es repugnante.
    Espero que sepamos educar a nuestros hijos para que ninguno se quede en el nivel de estos hijoputas.

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