El libro que no sé si leyó

Rollover Crashed Car

Se llamaba Jose, y yo desconocía su existencia. Perdió la vida en un trágico accidente de circulación que hubiera sido para mí tan solo un dato más en las penosas estadísticas de Tráfico de no haberme unido a él, sin yo saberlo, un vínculo especial.

Algunos autores afirman escribir para vencer a la muerte, para inmortalizarse en sus obras, para continuar viviendo a través de sus historias. Es posible que así sea, no lo niego. Yo escribo por necesidad, con eso me basta, y no me preocupo de profundizar más en la raíz de mis motivos.

Jose era un gran lector, un excelente lector. Ello le permitió vivir, junto a la suya, las vidas de tantos y tantos personajes históricos y de ficción a los que rescató de sus textos y convirtió en propios introduciéndolos en su imaginación y en su experiencia. A través de la literatura Jose soñó, viajó, aprendió, rió, sufrió, disfrutó, e incluso murió con alguno de esos personajes. Las historias escritas nunca mueren, y sus protagonistas tampoco, porque renacen en la fantasía de cada lector nuevo. Pero, ¿y los lectores? ¿Vencemos a la muerte de algún modo mediante la lectura? Mi opinión es que nos convertimos en protagonistas de esas narraciones y, por tanto, obtenemos un pedacito de inmortalidad con cada libro que leemos.

A Jose le encantaba uno de Eddie From. Se titulaba “El miedo a la libertad”, y le acompañaba en su coche durante el accidente. También le acompañaba el libro de un autor novel e insignificante, una novela titulada “El horizonte desde el malecón” que escribí por necesidad y fue publicada para que pudiera ser leída por alguien como Jose. Desconozco si la había terminado, si le había gustado, si le había cansado, si había congeniado con sus personajes… pero sé que nuestras lecturas se convierten en un rotundo testimonio de nuestra personalidad y, por tanto, al saber que mi libro viajaba en ese coche, me sentí unido a Jose lo mismo que a un amigo. Un amigo al que extraño intensamente pese a no haber podido conocerlo. Y deseo que rescatara de su cárcel de renglones y papel a los protagonistas de mi libro, que devolviera a la vida, desde su individualidad, a todos ellos: a Jacqueline, a Daniel, a los hermanos Blázquez, a la pequeña María, al perverso Diaz-Otero… y les acompañara en su viaje hasta el Caribe. Llegara a hacerlo o no, todos sin excepción siguieron a Jose en su Viaje con mayúscula, y se encuentran a su lado allí donde haya ido.

Porque, ocurra lo que ocurra, “El horizonte desde el malecón” siempre será para mí el libro de Jose. El libro que no sé si leyó.

Y si es cierto que las historias escritas nunca mueren, entonces es seguro que sus lectores tampoco. Por eso me imagino a Jose sentado apaciblemente sobre una nube blanca, sonriente, pasando entusiasmado las páginas etéreas de su libro, acompañado por tantos y tantos personajes a los que conoció a través de la literatura y jamás le abandonaron.

Descansa en paz, amigo Jose.

*   *   *

En enero de 1999 publiqué este artículo en el diario Noticias Jóvenes. Casi dos décadas después, sigo recordando a aquel joven que murió con mi novela dentro de su coche.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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