La gilipuertada

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Se le llenaba la boca llamándose zaragocista en las redes sociales, escribiendo mensajes de ciento cuarenta caracteres para expresar su condición y vocación blanquillas, sus ganas de participar en el ascenso a Primera, de salir al balcón del Ayuntamiento para celebrar el anhelado objetivo con los aficionados. Era un chico joven, emotivo, que siempre había despuntado en los equipos inferiores y que ahora llamaba con fuerza a las puertas del primer equipo, con el que había disputado algún que otro partido con desigual rendimiento. Con todo, era uno de los futbolistas más prometedores del filial, un chico con calidad y mucha técnica, internacional español en categorías inferiores y con una visión de juego inhabitual en el fútbol moderno.

Tenía el futuro por delante.

Y la ilusión de convertirse en futbolista profesional en el equipo de su corazón. Y de su tierra.

*                   *                   *

Wenceslao Mendieta era hijo de un exitoso hombre de negocios. Había convertido su pasión, el fútbol, en su medio de vida, y para hacerlo se había convertido en agente FIFA y representante de jugadores, con el firme compromiso de triunfar y hacer triunfar a sus pupilos, generando, para todos, pingües beneficios. Él, en realidad, no era ya de ningún equipo. Bueno, la verdad es que sí: de aquellos que contaban con directores deportivos afines a su causa, incluidos en su ámbito de influencia. El sentimentalismo no cabía en su negocio: se debía a los balances y las cuentas de pérdidas y ganancias, a los gastos fijos y la obtención de beneficios.

Él era el agente de Jerónimo Prim, el joven futbolista talentoso del que acabamos de hablar, y buscó rentabilizar aquella relación comercial desde el primer momento. De todos es sabido que los representantes suelen ser comisionistas: se llevan un porcentaje de los ingresos generados por los transacciones de sus futbolistas. Empresarialmente hablando, no le interesaba la renovación del contrato de Prim en su club de siempre en las condiciones pactadas. El margen no era suficiente. La vaca podía exprimirse mucho más. Y, además, tenía un contacto muy valioso en la dirección deportiva de un club de élite francés. Blanco y en botella… ¡horchata! Cogió al chaval por banda y comenzó su interesada estrategia:

—Tú vales mucho, Jero. El éxito es de los valientes. Tengo a media Liga francesa preguntándome por ti —le comentó—. Si me dejas, hablaré con Juliá para conseguir una mejora de tus condiciones. No es serio que, con tu caché, vayas a cobrar tan poco.

El chico era zaragocista, tenía a la familia —y a la novia— en la ciudad y estaba satisfecho con lo que había firmado. Pero, desde luego, a nadie le amarga un dulce. Y una mejora en el contrato es, para cualquiera, una bolsa de chuches.

El proceso se enquistó. El club decidió hacer valer el documento ya firmado y las discrepancias se convirtieron en disputa cuando Wenceslao Mendieta amenazó con romper unilateralmente el contrato y llevarse al jugador al extranjero.

—Si quieres ser profesional —le dijo a Prim y a su familia— y ganar mucho dinero, tienes que actuar con la cabeza. Hay que aprovechar las oportunidades cuando llegan. Aquí no te valoran. Ya tendrás ocasión de volver, por la puerta grande, cuando estés consolidado.

Lo convenció.

Y el muchacho, que dejó de publicar mensajes prozaragocistas en Twitter, aguardó pendiente del teléfono el desenlace del culebrón.

Alentado por su representante, se declaró en rebeldía y no acudió a entrenar con los zaragocistas. El club anunció que no iba a renunciar a sus derechos por el jugador, mientras el agente tiraba de teléfono para acomodar al chico en el club francés acordado.

Pero en el fútbol, un simple saque de banda puede cambiar el resultado. El director deportivo amigo de Mendieta cambió de aires y el nuevo responsable técnico no conocía a ningún Jerónimo Prim —ni tampoco a Mendieta—, por lo que desestimó el fichaje. El jugador se quedó compuesto y sin equipo. Su apoderado tiró de agenda y contactó con todos los equipos a su alcance. Alguno incluso llegó a negociar con el Real Zaragoza, pero ninguno lo vio claro estando aquel contrato firmado de antemano.

Y llegó el cierre del mercado. El prometedor futbolista corría el riesgo de quedarse sin equipo. Su agente tuvo que envainársela sin vaselina y volvió a la sede blanquilla para no dejar al chico en el paro.

Firmaron el contrato del que habían renegado.

Y a continuación, el club de los amores traicionados de Jerónimo Prim decidió prescindir de aquel futbolista que no había mostrado el compromiso necesario. Le encontraron acomodo en otro equipo de segunda, adonde lo vendieron por procedimiento de urgencia.

Mendieta consiguió su comisión, aunque no tan jugosa como pretendía.

Y Prim cambió de aires. Tiene la oportunidad de reinvindicarse como profesional y labrarse su destino. El futuro es suyo.

Pero no lo hará en su tierra, ni junto a los suyos, ni en un club con solera.

Alguien le cambió el corazón por la cartera.

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Relato publicado en Aragón Deportivo, nº 141, 17.09.16

Descárgate la revista completa: www.seguimos.net/revistas

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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