¿Has hecho los deberes?

Child.

A mí también me ha tocado ponerme a ayudar a mis hijos a hacer sus deberes y, lo reconozco, es un auténtico rollo. Me va a tocar seguir haciéndolo durante unos cuantos años, porque mi hijita pequeña tiene cinco y toda la Primaria, la Eso y lo que siga por delante.

Mucho se está hablando de este tema en todos los ámbitos. Sobre la necesidad, la conveniencia y la importancia de que nuestros chicuelos lleven o no deberes a casa. Sé de lo que hablo: mis dos hijos mayores han tenido que organizarse muy bien para entregarlos cada día, porque desde muy pequeños decidimos que el deporte de competición debía formar parte de su desarrollo; así que han tenido que aprender a gestionar su tiempo de una manera adecuada. Después descubrí, y hablando con sus profesores así me lo reconocieron, que los niños deportistas —por vocación, no por imposición— tienen menos problemas para cumplir con sus obligaciones escolares a diario: se organizan mejor el tiempo libre y no generan fugas o pérdidas de tiempo perjudiciales para su actividad.

Ahora bien, en el equilibrio está la virtud. Es verdad que resulta descorazonador que un chaval se pegue de 5 de la tarde a 10 de la noche haciendo sus tareas. Algo está fallando en algún sitio si esto ocurre, desde luego. Los deberes no pueden ser una sustitución del trabajo necesario en clase, sino un complemento. No pueden reemplazar la dejadez, la incapacidad o la imposibilidad del profesor para cumplir el temario o preparar a sus alumnos. Los padres somos padres, no profesores adjuntos. Y el niño una personita en desarrollo, que necesita jugar, relacionarse y vivir gran cantidad de experiencias durante su aprendizaje.

Sin embargo, atacar a los deberes per se y tratar de erradicarlos me parece un fanatismo peligroso. La verdad es que, en numerosas ocasiones, esta actitud esconde una mentalidad que trata de minimizar valores tan importantes como el trabajo, el esfuerzo, la constancia y la gestión del propio tiempo. Yo creo firmemente en la utilidad de los deberes, pero deben ser moderados, proporcionados y adecuados. Su función es hacer responsables a los chavales y desarrollar en ellos el hábito de la laboriosidad, el cumplimiento de sus obligaciones. Pero no son un castigo, una sanción, ni deben ser una pesada carga.

Abogo por los deberes divertidos, renovados. Con la infinidad de medios técnicos y creativos que existen hoy en día, hay recursos suficientes para impulsar el trabajo de los peques de una manera atractiva, motivadora y formativa. No se trata de hacer las mismas cosas que en clase, ni terminar lo que no han podido hacer a su debido tiempo —aunque, en ocasiones, resulta imprescindible: cada persona es distinta y, a veces, este esfuerzo adicional es necesario para mantenerla al nivel de los demás—, sino un campo experimental y potenciador de nuevos hábitos, habilidades y talentos.

A mí me encanta ver a mi chiquitina leyendo su “cartilla” por propia iniciativa, pintando, copiando los dibujos que yo le hago o resolviendo enigmas matemáticos en la tableta, que la divierten a la vez que la entretienen. También me encanta jugar con ella al parchís, a la oca, a las muñecas o a cualquier otra cosa, hacer series de palabras o conceptos, charlar de sus cositas. No quiero renunciar a nada de eso, pero tampoco convertir a mi pequeñina en una inconsciente, incapaz de trabajar o de esforzarse cuando está fuera del aula.

El aprendizaje, pues, no debe restringirse únicamente a las horas lectivas de clase. Cualquier momento puede ser determinante en la formación de su personalidad. Y asumir la responsabilidad de trabajar fuera de clase es una oportunidad de mejorarla.

Eso sí, sin traumas ni esclavismos, por favor. En la excelencia y el criterio está la clave.

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Acerca de michelsunenmontorio

Escritor, publicista y profesor de oratoria.
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